En la escucha de Jesús para vivir la fraternidad
Estudio de Evangelio de José Luis Cejudo (Jaén)
Revista El Prado nº 172


EN LA ESCUELA DE JESÚS
PARA VIVIR LA FRATERNIDAD
Este estudio de Evangelio nos presenta la fraternidad como un don, como la obra de Dios en nosotros. Jesús es el Maestro, el que cuida, educa y hace crecer al grupo de los Doce en la vida fraterna. Los discípulos, una vez formados en la fraternidad, están capacitados para la misión. Este itinerario y este proceso han de marcar también nuestra formación, de tal manera que comprendamos que no se puede realizar la misión apostólica si no vivimos con hondura la fraternidad sacerdotal con todas sus implicaciones.

INTRODUCCIÓN
Antes de adentrarme en el estudio propuesto he querido tener en cuenta dos consideraciones que, aunque sean obvias, no deben darse por supuestas al reflexionar sobre la fraternidad apostólica tal como la aprendieron y vieron los discípulos en la escuela de Jesús
1. - En primer lugar, quería hacer este estudio en continuidad con lo que iba trabajando desde la asamblea anterior. La unidad de vida en el hacer pastoral pasa por tomar en serio la fraternidad con los hermanos del presbiterio (también el obispo), con los hermanos del Prado, con los pobres a quienes somos enviados y con los seglares, con quienes somos corresponsables en la Iglesia.
En el presente estudio de evangelio solamente me refiero a la fraternidad con los hermanos del presbiterio y de la familia pradosiana.
2.- La segunda consideración consiste en tener en cuenta que las palabras que nos transmitieron los evangelistas no fueron transmitidas sólo como palabras pronunciadas por Jesús, sino también como palabras que eran guardadas e interpretadas por las comunidades.
De aquí salen dos conclusiones para la comprensión de la fraternidad apostólica:
A) Que el Espíritu ayuda al equipo a interpretar las Escrituras, de modo que la fraternidad debe ser vivida por nosotros cuando estamos reunidos; y que, sin este fundamento, las tareas comunes, surgidas de una reunión, no pasarán de ser “pastoral de conjunto”, pero no llegarán a la calidad de ser acciones de una familia conducida por el Padre en el Espíritu.
B) La fraternidad apostólica se aprende en la experiencia cotidiana de la vida de equipo, asumiendo los errores cometidos en el intento de vivirla, como sucedió con los Doce.

I EL ORIGEN DE LA FRATERNIDAD ESTÁ EN EL PADRE
La fraternidad no arranca de nosotros, sino del Padre que nos ha ido llamando a trabajar en su viña en distintas horas de nuestras vidas, y nos ha incorporado a un único trabajo: cuidar su viña (Mt 20,1-7). En su proyecto sobre cómo trabajar la viña entraba el contar con los Doce, (también con los setenta y dos), no sólo con uno de nosotros, ni sólo con aquellos con quienes sintonizamos bien; él nos invita a vivir una fraternidad abierta para construir el cuerpo de Cristo.
1 Don de Dios
Aunque en el primer encuentro de los discípulos con Jesús intervienen las mediaciones humanas (Jn 1,25-51), sin embargo, quedarse con él, seguirlo de una parte a otra, ser su discípulo o su amigo es un regalo de la libre opción de Dios “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15,16); “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn 6,44; cfr Jn 6,70; 15,15). Pablo igualmente se siente alcanzado por la iniciativa del Señor y presenta el fundamento de su vocación: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles” (Gal 1,15-16). Y es Aquél quien lo incorpora a los hermanos apóstoles.
En nuestra vocación sacerdotal y pradosiana han actuado mediaciones eclesiales, pero es bueno y justo reconocer que el atractivo por Jesús, Salvador, y por los pobres, sus preferidos, nos viene como regalo de Dios. Y eso lo reconocemos en el resto de los hermanos sacerdotes y pradosianos. La familia del Prado, el presbiterio no es otra realidad distinta a unos hermanos que han recibido una misma llamada de Dios y han respondido a ella desde sus limitaciones, con sus imperfecciones, como también es mi caso.
Los Doce no se habían elegido mutuamente, por eso había tal disparidad en el grupo, como resaltan los Sinópticos al identificar a cada uno de los elegidos (Mt 10,2-5; Mc 3,16-19; Lc 6, 13-16). Cuando Pablo trata sobre los partidos en la Iglesia de Corinto y les hace caer en la cuenta de “quiénes habéis sido llamados” (1Cor 1,26), les termina argumentando que “el hombre naturalmente no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él (tanto la necedad de la cruz como la pobreza de los escogidos para la fraternidad de Corinto). Y no las puede entender, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque ¿quién conoció la mente del Señor para instruirlo? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Cor 2,14-16).
2 Una nueva familia
Los hermanos del Prado o del presbiterio han sido seleccionados por el dueño de la mies, por eso la comunidad que surge es anterior a las afinidades de unos con otros y supera las particularidades de cada uno. No hemos nacido de la carne, ni de la sangre, sino de Dios: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.” (Jn 3,5-7; 1,13). Sólo desde este origen puede asegurarse que “ya no hay judio ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).
La gloria de Jesús consistió en ser Hijo de Dios y manifestarse como tal al mundo. Ser hijos del Padre es la gloria que el Hijo nos quiere transmitir: “Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,12). Por esta filiación, don de Dios, somos introducidos en la fraternidad con los otros hijos que el único Padre se ha procurado mediante la sangre de su Hijo. He aquí el origen de nuestra fraternidad.
Los discípulos habían comprendido que necesitaban nacer de nuevo en el Espíritu para entrar y acoger esta familia nueva que el Padre ofrecía: “No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3,7). Por eso se repetían estas palabras de Jesús los unos a los otros, descubriendo así el fundamento de la fraternidad cristiana, de la Iglesia. Esto que se dice de la Iglesia en general es necesario aplicarlo a quienes formamos la fraternidad apostólica.
3 Unión con Cristo y los hermanos
Los apóstoles tenían conciencia de que era el Padre quien los había puesto en las manos de Jesús: “He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado” (Jn 17,6; 6,44.65; 17,9). La cohesión de los hermanos se mantiene en la medida en que nos mantenemos unidos a Jesús como sarmientos de una única vid (Jn 15,4-5); a la vez, la unión con Cristo debemos vivirla como una exigencia de unión con los hermanos.
El mero entusiasmo por Jesús puede ser una actitud de la persona que tiene su fuente en ella misma; lo mismo puede decirse de la opción por los pobres; pero el descubrimiento de Jesús con los títulos antes mencionados y los demás que le da el Padre, la atracción por los pobres como lugares teológicos, eso viene como don y no tiene su origen en las fuerzas del ser humano; por eso, la adhesión a Cristo y, por tanto, a quienes ha llamado sus “amigos” se vive como don recibido al que se debe ser fiel en la vida fraterna. El paso a los pobres se vive igualmente como un envío comunitario, al que también se debe ser fiel en comunidad (Jn 17,18; 20,21).
En su raíz estas verdades teologales son, en palabras de A. Chevrier, “el lazo fuerte e indisoluble que une los corazones verdaderamente deseosos de seguirle” (Cartas, nº 56).

II UNIDOS EN JESÚS
La iniciativa del Padre es la que nos conduce a Jesús y en él a la fraternidad. En este segundo momento del estudio vamos a ver qué es lo que mantiene a los apóstoles en la fraternidad iniciada.
Lo que caracterizaba a la primera comunidad no era el mero conocimiento y entusiasmo por Jesús, sino la aceptación de su persona como el Anunciado por los profetas (Jn 2,13-22), el Enviado por Dios (Jn 6, 67-69; 17,8), el Camino hacia el Padre (Jn 14,5), el Sacramento del Padre (Jn 14,6), el Maestro (Jn 13,13)... No se trataba de un asentimiento en el orden del conocimiento, sino de la aceptación de una verdad sobre la persona de Jesús que originaba relaciones interpersonales entre él y los seguidores, unas relaciones de Maestro-Discípulos, ya que para permanecer en el grupo era necesario permanecer en el discipulado.
La fraternidad se dispersa en Getsemaní y durante la pasión, cuando los discípulos creen que el Señor se ha ausentado, se lo han llevado, pero se irá reconstruyendo en la medida en que los apóstoles van descubriendo a Jesús presente en sus historias, ligado a sus historias, y, a su vez los discípulos unen su futuro a la trayectoria pascual de la que el Maestro les había hablado mientras caminaba con ellos.
Cuando Jesús falte permanecerán unidos, primero por el miedo a los judíos, pero después por la espera del cumplimiento de las palabras de Jesús: la venida del Espíritu Santo, la lectura pascual de la historia de Jesús y la misión.
No nos puede mantener fraternos el miedo a un enemigo común: la secularización de la sociedad. El lazo que une al equipo es la esperanza en el Espíritu de que las palabras de Jesús se cumplirán y luchamos porque así sea, esta es la misión encomendada. Tarea de la fraternidad será escuchar e interpretar juntos, como las primeras comunidades, a la luz del Espíritu, la vida de Jesús, para ser fieles a ella en nuestro tiempo y el sentirnos enviados a proseguir la misión.

III JESUS, MAESTRO DE LA FRATERNIDAD
Los discípulos reciben las lecciones sobre la fraternidad conviviendo con Jesús. Y en esa convivencia con el Maestro van aprendiendo a vivir juntos entre ellos y a anunciar juntos el Evangelio.
La fraternidad en la Iglesia no puede hacerse de otra manera que conviviendo con Jesús, es decir, viviendo nuestras vidas con la vida de Jesús y con las vidas de los hermanos; la fraternidad se va haciendo al hilo de la vida. Es bueno no olvidar este dato pues de la misma manera que podemos equiparar agenda, organización con unidad de vida, también podemos situarnos erróneamente si equiparamos reuniones, programación diocesana o arciprestal con fraternidad.
1 Los Discípulos aprenden a trabajar por el Reino desde la pobreza de sus personas y de sus medios.
Jesús, como buen pedagogo, iba poniendo al grupo en situaciones de una necesaria actuación y los provoca para que sean ellos los que busquen una salida: “Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: ¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?” (Jn 4,5). De esta manera les iba descubriendo sus posibilidades, y también su verdadera disponibilidad de servir al Reino. Así los discípulos conocían de sí mismos dos cosas: primero, si estaban dispuestos a despojarse de lo que tenían, aunque fuera poco, y, en segundo lugar, si estaban dispuestos a fiarse de Dios. Y, una vez vista su actitud personal, Jesús les invita a que experimenten la sobreabundante acción de Dios cuando actúan en su nombre: “Dijo Jesús: Haced que se recueste la gente... Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda...” (Jn 6,10-13; 21,6).
Después los conduce a una posterior reflexión sobre lo sucedido: “Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: “¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes?... ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis? Doce, le dicen...” (Mc 8, 19-21).
Como los apóstoles, cuando el equipo se encuentra ante una realidad pastoral insuperable, podemos tomar la decisión de remitir el problema a otras instancias, sin habernos dado antes la oportunidad de escuchar las llamadas que nos hace Jesús desde esa historia, inventar nuestras verdaderas posibilidades para abordarlo y descubrirnos la disponibilidad que tenemos de involucrar esas “posibilidades” en la construcción del Reino. Debe ser el equipo de apóstoles el lugar donde nos ponemos a la escucha del Señor que nos pide colaborar con él, el lugar donde vemos nuestras reales posibilidades, y donde nos estimulamos para ponernos al servicio de Dios, confiados en su poder.
Reunidos en la eucaristía nos invita la Iglesia a orar con estas palabras: “Concédenos aun aquello que no nos atrevemos a pedir”. Cuando oramos así, estamos diciendo a la vez que nos comprometemos a emprender aun aquello que no nos atrevemos a emprender. Sólo cuando nos atrevemos a lo que nos sobrepasa llegamos a conocer al Dios que sobrepasa todo conocimiento.
2 El Maestro sitúa la fraternidad ante los peligros
Después del triunfo de la multiplicación de los panes Jesús los aleja de la orilla de los aplausos y los va a introducir en una situación de peligro: “al momento obligó a sus discípulos a montar en la nave” (Mt 14,22; Mc 6,45). En esta situación de hundimiento el grupo escuchará del Señor: “No temáis. Yo soy” (Jn 6,17-20).
Aquel que en aquella prueba arriesgó más, Pedro (Mt 14,28-31), será el que en otra ocasión, en el mismo lago, “se lanzará al mar” (Jn 21,7), porque ha descubierto al Maestro; aunque en esta ocasión no será él sino otro del equipo el que lo descubra y lo comunique a los demás.
Esta es otra de las riquezas que debe ofrecer el equipo de hermanos: en momentos de zozobra alguien del equipo descubrirá a los demás el paso de Jesús por la historia y los otros aceptarán esa palabra evangélica del hermano, que anuncia que “Yo soy” está con nosotros. Cuando el equipo hace esta experiencia “obligado” por las circunstancias descubre que “Jesús sube con ellos a la nave y se calma el viento” (Mt 14,32; Mc 6,51); experimenta que Jesús les ha preparado las brasas, el pez y el pan... y los invita a comer (Jn 21,9-12).
Esta última escena de Jesús con los Doce, compartiendo el fracaso de la pesca primera, y la esperanza de las futuras pescas, que harán fundados en su palabra, nos invita a preguntarnos qué lugar tiene la eucaristía en nuestras reuniones de equipo; si realmente es un acto de fe en la fuerza del Resucitado, o un acto más en el horario fijado.
Jesús no sólo no quiere a los discípulos instalados en el éxito popular, sino que los conduce a profundizar en lo que acaban de participar: Él es el Pan de vida. Los va llevando hasta las consecuencias duras que esa verdad reporta para sus vidas alimentadas con el milagro de Jesús. Casi todo el grupo hizo ese recorrido hasta descubrir: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,69-70). Esta declaración conforma, da forma a la fraternidad de los Doce: “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él” (Jn 6,66).
Así, en el grupo, al contarnos los “éxitos”, también los miedos, los peligros, las experiencias frustrantes, nos debemos ayudar a avanzar más allá de los hechos. No basta con que nos contemos las historias pastorales o personales, es necesario que las acojamos como responsabilidad de todos, para avanzar todos con la historia de cada uno hasta identificarnos en una fe común. Todos vamos creciendo con el Cuaderno de Vida de cada uno.
3 El Maestro los acerca a la muerte por el Reino
En otra ocasión Jesús los arrastra hasta la casa de Lázaro para compartir con él el riesgo de la muerte, aunque no comprendan entonces la trascendencia del camino que quiere hacer con ellos: “Dice a sus discípulos: ‘Volvamos de nuevo a Judea’. Le dicen los discípulos: Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?” (Jn 11,5-9); sin embargo, es así como crecerá la fe de los discípulos: “Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos allá” (Jn 11,14-15).
Alguna vez entenderán que, para dar vida, es necesario estar dispuesto a perder la propia: “Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí...” (Jn 16,1-4); y correrán este riesgo con la certeza del triunfo en Cristo: “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí... Pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
Jesús revela a los Doce la necesaria conexión entre misterio pascual y misterio de fecundidad, incluso les deja a ellos que capten que él se introduce en ocasiones en este misterio con ansiedad y con miedo: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre. Vino entonces una voz del cielo: Le he glorificado y de nuevo le glorificaré” (Jn 12,27-28). Invita a que los discípulos se le unan en ese recorrido hacia la eficacia de la vida, perdiéndola por él y por el Reino: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,24).
En equipo debemos cuidar para que la prudencia no sea tan prudente que evite situaciones de muerte, al contrario, siguiendo al Maestro, el equipo debe ser un lugar de estímulo para morir a sí mismo, sabiendo que “cuanto más muerto se está, más vida se da” (C de St. Fons).
4.- El Maestro enseña a los discípulos los límites del servicio
En el lavatorio de los pies (Jn 13,2-15) el Maestro y Señor les enseña a los Doce hasta dónde deben estar dispuestos a servir a los demás y entre ellos mismos para construir la fraternidad con un estilo diferente al mundo, a los comportamientos normales del mundo: “Mas Jesús los llamó y dijo: Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20 25-28).
Una fraternidad así, en medio del mundo, hace creíble lo que se anuncia por boca de los discípulos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35). La pastoral de conjunto pone esto como fundamento de la misma; sin la base del amor las acciones serán conjuntadas pero no la realidad del equipo que las desarrolla.
En esta línea, dentro del equipo nos debemos estimular a vivir la vida sacerdotal como un servicio, también entre nosotros, incluso rebajándonos, “despojándonos” de nuestro “rango” sacerdotal, debemos descubrir juntos la dicha de poner en práctica el mandato de Jesús: “Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís” (Jn 13,17), pues no siempre la experiencia de ser un “hombre comido” la vivimos con gozo. En el equipo cada uno es responsable de que el resto se convierta en “buen pan”.
5.- El Maestro los envía a Galilea
En bastantes ocasiones Jesús actúa ante los ojos, a veces atónitos, de los discípulos rompiendo códigos de comportamiento entre los judíos. Por ejemplo, cuando se detiene a hablar con una mujer junto al pozo. Después los discípulos verán la necesidad de trabajar en unos campos ya maduros por encima de unos códigos sociales establecidos: “Les dice Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega” (Jn 4,34-35.39-42). Les hará comprender que también esos marginados son trabajados por Dios y que ya están maduros para que los discípulos se pongan a trabajar entre ellos. Igualmente los enviará como grupo a Galilea con la certeza de que él irá delante, preparando la mies y esperando que lleguen los trabajadores: “Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Mc 16,7).
El equipo será el espacio eclesial donde nos despojamos del miedo a “pasar a los bárbaros”, como hizo A. Chevrier, porque nos aseguramos que el Espíritu de Jesús ha llegado antes que nosotros a ellos y ya los está trabajando. Es verdad que, como dice Marcos, los apóstoles se callaron entonces por miedo y no comunicaron tal envío a Galilea: “Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo...” (Mc 16,8), pero también es verdad que después de Pentecostés se atrevieron a pregonarlo y lo dejaron escrito para nosotros, para que también nosotros fuéramos a Galilea. Dentro de la Iglesia puede darse el miedo a “los bárbaros” de hoy, pero es dentro de ella donde debemos gritar el Evangelio, la Buena Noticia, de que Jesús va delante, ya está en ellos, y de que allí lo veremos, y, fundados en este anuncio, traspasar los límites del miedo e ir a ellos.
Cuando en la fraternidad pradosiana nos animamos a ir a los márgenes de la Iglesia y la sociedad para anunciar allí el Evangelio no es que nos creamos más capacitados para desempeñar esas tareas, en ocasiones muy difíciles, o que tengamos unos instrumentos pastorales experimentados en esos campos, lo que nos hace ir a ellos es una lectura de fe de esas realidades, la certeza de que el Espíritu nos ha precedido y está trabajando ya entre ellos. Algo así como le sucedió a Ananías cuando fue a casa de Judas preguntando por uno de Tarso, llamado Saulo (Hch 9,10-19)

IV AL SERVICIO DEL REINO
“Para que el mundo crea que Tu me has enviado, que todos sean uno” (Jn 17,21). El apóstol Juan nos trae explícitamente la relación entre la unión de los apóstoles y la eficacia de la misión. El repetido deseo de Jesús, convertido en plegaria al Padre, respecto a los Doce, y respecto a quienes después crean en él, es que vivan unidos para que esa fraternidad sea el signo que convenza al mundo de que Jesús es el Enviado por Dios (Jn 17,11.20-21).
1 La fraternidad al servicio de la misión
La fraternidad apostólica no es algo construido para la mutua contemplación, como si fuera una “comuna” crítica frente a la realidad, un jardín cercado para placer de sus socios, sino que entra en el proyecto de Jesús como instrumento al servicio del Reino en el mundo. La fraternidad es un don del dueño de la viña entregado a los viñadores para cultivarla mejor, para que el trabajo personal sea más eficaz, sin los otros no podríamos cultivar la viña.
Cuando esta fraternidad sea vivida con signos, el mundo podrá saber que el amor de Dios se ha derramado en los corazones de los hombres: “Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,22-23); a quienes estaban divididos por los códigos sociales del mundo Dios los ha capacitado para amarse y trabajar juntos en una misión común. La fraternidad luce en medio del mundo, dividido por el enfrentamiento, como la obra de Dios (Ef 3,10. 2,14-16).
La fraternidad concreta se realiza en la apertura a las mediaciones eclesiales más cercanas (presbiterio con el obispo), equipo del Prado diocesano, sabiendo que ellos me son dados por la Providencia “para vivir mejor nuestra condición de discípulos y realizar mejor la obra de Dios en medio de los pobres” (Const. 15).
Es Juan quien, bajo el símil de la vid, habla de que los sarmientos unidos a él, permaneciendo en su amor, en su mandamiento, darán fruto; por el contrario, “el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid” (Jn 15,4). Si nuestras acciones pastorales no pasan por la fraternidad siempre habrá motivos para dudar de si nuestros afanes van levantando la obra de Dios, aunque mucho nos estemos esforzando: “Si Yahvé no construye la casa, en vano se afanan los albañiles, si Yahvé no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia” (Sal 127,1). Si no construimos sobre el mandamiento de Jesús, ciertamente construimos sobre arena (Mt 7,26-27).
Es Juan quien nos recuerda la relación entre la fraternidad que guarda sus mandamientos y la eficacia de la oración del grupo: “lo que pidamos, lo obtendremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada” (1 Jn 3,22).
Juan recuerda a las Iglesias, con el ejemplo de la resistencia de Pedro a dejarse lavar los pies, que, si no nos ponemos al servicio de los demás y no aceptamos su servicio, no tenemos parte en la obra de su Reino: “Llega a Simón Pedro; éste le dice: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? Jesús le respondió: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde. Le dice Pedro: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,6-8).
El mismo Juan identifica como único mandamiento la fe en Jesús y el amor a los hermanos: “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros según el mandamiento que nos dio” (1 Jn 3,23)
La fraternidad, fruto de la plegaria de Jesús y de la fuerza del Espíritu derramada sobre nosotros, no es una experiencia cualquiera de solidaridad, sino la experiencia de permanecer en las obras de Jesús, como él permaneció en las del Padre (Jn 10,37-38). Es el signo que ponemos para que el mundo reconozca que el Espíritu de Jesús sigue vivo: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis” (Jn 14,19). Por ella sabemos que Jesús sigue vivo.
2 La vida fraterna como alabanza al Padre
La proclamación de la Pascua de Jesús exige una unión entre sus “profetas” vinculados por la caridad, por el amor de Dios que en el Espíritu ha sido derramado en nuestros corazones; no nos vincula la amistad, ni la identidad de ideas, “unidos en la caridad... proclamamos su resurrección” (Prefacio Común V).
Por tanto, no estamos ante una cuestión opcional de cara a la evangelización de los pobres, sino ante una interdependencia necesaria entre misión y unión de los apóstoles, aunque esta relación la comprenderemos a la luz del Espíritu, no dentro de unas lógicas mundanas: “Lo que yo hago, no lo entiendes ahora: lo comprenderás mas tarde” (Jn 13,7), “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13).
También tiene su lugar en la fraternidad la alabanza a Dios por las maravillas de su historia de salvación, que debe ser cantada en el grupo de agraciados. El salmista cuenta su historia personal, dentro de una historia de “humildes” que han experimentado a un Dios que escucha, que está cerca, que libera: “Cuando gritan, Yahvé los oye y los libra de sus angustias; Yahvé está cerca de los desanimados, él salva a los espíritus hundidos” (Sal 34,18-19) para alegrarse con ellos y alabar al Señor: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre” (Sal 34,4). Como María invita en el Magnificat a alabar a Dios, dentro de una historia de “humildes enaltecidos” (Lc 1,52). El reconocimiento de que el Reino ya ha llegado también es un servicio al mismo y se vive en la forma de una alabanza.
Así Pedro contaba a las Iglesias sus negaciones y la misericordia de Jesús con él para que “tuvieran vida en su nombre” (Jn 20,31). Las historias particulares de los miembros de la fraternidad, como la de Pablo, nos las contamos en el equipo para que se devuelvan al Padre como objeto de alabanza, pues de él las hemos recibido. Esto especialmente sucede en la eucaristía.

V DIFICULTADES EN LA FRATERNIDAD
Una primera dificultad nos viene de las mismas exigencias que lleva consigo la llamada de Jesús. Ya hemos visto anteriormente cómo las “duras palabras” del Maestro echan hacia atrás a algunos que venían siendo miembros del grupo (Jn 6,66).
Otra gran dificultad nos viene dada por el mismo equipo de sacerdotes con quienes vivo la misión. Es cierto que la fraternidad, los hermanos, son un regalo de Dios, pero a la vez es una tarea, pues cada día el liberalismo circundante (“déjame hacer a mi manera”) amenaza con la ruptura. La fragmentación y atomización de la postmodernidad (“respeta los variados carismas”) también la vivimos al interior de nuestras Iglesias locales. Precisamente en el campo de la Iglesia las rupturas vienen por la idea que cada uno tiene sobre la misión de evangelizar, a quiénes dirigirse, con qué mensaje y con qué medios. Con los que compartimos la tarea de evangelizar nos cuesta más vivir la fraternidad.
Y, sin embargo, Jesús es quien me “obliga” a vivir la fraternidad en medio de las tensiones; no me envía a otro territorio que a aquel en que estoy situado hoy histórica y geográficamente, es decir, Jesús me desafía a vivir y hacer fraternidad con aquellos hermanos del presbiterio y del equipo con quienes hoy cuento. La situación actual no es un paréntesis en la llamada y en la urgencia de anunciar el Reino desde una fraternidad sacerdotal.
La soberbia de Pedro, que se considera superior a los demás, seguro de su fidelidad al maestro, “aunque los otros fallen”, obliga a Jesús a desestabilizarlo no sólo en el momento de la cena: “Pedro le dice: ‘¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti’. Le responde Jesús: ‘¿Que darás tu vida por mí?’ En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces” (Jn 13,37-38), sino también en el momento de devolverle la responsabilidad sobre el rebaño: “¿Más que estos?” (Jn 21,15). Estas frases que Jesús había dirigido a Pedro, Juan las recogía para todos nosotros. Una situación de enfrentamiento en el equipo puede y debe convertirse en ocasión para crecer en humildad.
Las apetencias de soberanía de los Zebedeos siembran la discusión en el grupo; pero esto lo convierte Jesús en motivo para que el grupo reflexione sobre los criterios mundanos que pueden introducirse entre ellos al desempeñar ministerios: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos parecía ser el mayor. Él les dijo: ‘Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores’; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve…” (Lc 22,24-27). Jesús no suprime el deseo de todo hombre de ser importante, incluso el más importante, sino que sitúa ese interés en otro orden de valores. Estas situaciones de enfrentamientos dentro del grupo pueden ser un momento para hacer el trabajo de ir de nosotros hasta él, de pasar de nuestros caminos a los suyos.
En definitiva, construyendo esta fraternidad, vivimos el despojo y la humildad, la cruz y la obediencia, la entrega hasta dejarse comer por el pueblo.

José L. Cejudo M
Jaén

Actualización viernes, 18 junio 2004 a las 21:04:48
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