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El sacerdote es un hombre comido
Artículo de Felipe Fernández Alía

Revista El Prado

Julio-Septiembre 2002 / Núm. 172

EL SACERDOTE ES UN HOMBRE “COMIDO”

El sacerdote es un hombre comido. Esta experiencia se hace casi desgarradora, incluso podría decirse que devoradora, en un continente y en unas culturas tan diferentes como las del continente africano, concretamente en Guinea Ecuatorial. Uno ha de desnudarse, descalzarse, vaciarse de su estructura y sistema de ideas, incluso de tantas creencias, para algún día poder comprender algo. Hay que abajarse y comenzar a balbucear, a dar los primeros pasos, abrirse a un mundo que no se conoce, para poder percibir, para entrar en el alma de estos pueblos y culturas y poder sembrar el evangelio.

La gracia de la imposición de las manos ata al sacerdote al misterio de la Eucaristía. De ella ha de vivir, su gracia ha de prolongar.
“En la celebración de los sacramentos, particularmente de la Eucaristía, es el presbítero, con más plena verdad que en otros ministerios, signo, símbolo, figura y reproducción del Señor. Presta visibilidad y corporeidad a los gestos salvadores de Cristo. Una prestación puramente externa, sin identificación e implicación interior, no recoge el alma de los gestos de Jesús. Desde el punto de vista teológico un ministerio que se ciñe a una ejecución correcta, sin comprometer su interior, es, en palabras de Von Balthasar, “una posibilidad imposible”.
Esta vinculación teológica a la acción eucarística in Persona Christi apela a la identificación permanente y progresiva con el movimiento y el latido de Jesús, que da vida al gesto exterior
Atreverse a decir con fe las palabras: “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”, han de hacerse palabras personales del sacerdote y significarán: esto es mi cuerpo, es decir, mi persona, mi vida, mi tiempo y mi humor, mi pensamiento y mi trabajo, mi fatiga y mi desvalimiento, mi gozo y mis lágrimas... Lo que soy, cuanto tengo en mi haber... lo entrego por vosotros. Es vuestro, porque a vosotros, mi pueblo, me pertenezco entero. “Haced esto en memoria mía”.

1 El sacerdote es un hombre “comido”.
Es admirable y a veces hasta encandila, que hombres cabales hayan sabido ir más lejos del sentido común (que no ha de faltarnos) y apostar por el camino de los excesos. “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta los excesos” (Jn 13,1).
Podría parecer que muchos en la Iglesia nos hemos resignado a lo eclesialmente correcto, cuando las exigencias de la evangelización y el humus evangélico de la cultura moderna pueden estar pidiendo un poco de locura y de apuesta por los excesos.
El sacerdote es un hombre “comido”. Así ha de ser. Pero no conviene abusar de las palabras, gastarlas. Han de ser acompañadas de tal manera, que “sepan a verdad”. Más silencio y gestos más claros.
Ante la invitación a formular unos folios sobre este tema, he preferido echar mano de algunas de mis notas del “cuaderno de vida” durante mi estancia en Guinea Ecuatorial. Hago poco más que poner titulares a algunos párrafos.

2 Comido, expoliado, en tu propio acerbo cultural.
Otro pueblo, otro rostro, otra lengua, otra cultura y otra alma. He entrado en otro mundo, abierto de alma, generoso de sentimientos, con recia resistencia psíquica, cultural y espiritual en toda mi estructura humana. Leo y medito, una y mil veces: “siendo de condición divina, no se aferró a su categoría de Dios. Se despojó” (Flp 2,7).
Recuerdo mis palabras que formulaba al salir de Ávila:

Me voy ligero de alijo,
descalzo, a un pueblo nuevo,
aunque hará trampa la historia
que se ha filtrado en los huesos.

Creo decirlo sinceramente, pero sin saber lo que me decía. Luego, por los caminos de África, tuve sentimientos de asalto y de secuestro, con una impresión de algo que se me partía por dentro, resistiéndome a mi forma de interpretar, de gozar y de sufrir, sobre casi todo.
Había que entrar más adentro en la espesura de la propia estructura personal, de la configuración del propio corazón, y hasta de la misma experiencia religiosa. El “pan bueno”, que quería ser, era menos bueno; el “pan para ser comido”, se resistía a ponerse sobre la mesa abierta. Creo que no estaba engañado, pero me percibía mal “cocido”.
Este pueblo te expolia, te purifica, te come. Siempre con mi tono divertido, lo formulaba así al dejar Guinea:

Me voy,
con el cuenco ya viejo
de mis años largos,
humilde de mí mismo.

Quise venir descalzo
y me vuelvo desnudo,
más pobre que estos pobres
en saber.

Este es nuestro lenguaje pradosiano: “los pobres son nuestros maestros”. He podido experimentar, con una fuerza vivísima, la verdad de estas palabras. Ellos son maestros originales y agudos, que penetran hasta las fisuras del alma, te desinstalan, te desnudan, te desconciertan, y te ponen en verdad. Si acoges la gracia, te salvan.
El peligro es el gesto de rechazo o el repliegue hermético del corazón. En este caso, si los pobres no te salvan, temamos que no nos salve Dios.
Ellos han podido entrar y desvelar la verdad más ambigua y oscura del corazón y te ponen en vigilancia de los espejismos de tu conciencia.

3 La pérdida de si por “salir fuera”.
Así anotaba en mi cuaderno: “Estoy más lejos que los miles de kilómetros que me separan. Recuerdo y me río de las palabras de Chopi, un abulense que me ha precedido: “un guineano y un español en lo que más se parecen es en el color de la piel”.
Fatiga en el esfuerzo “por salir”. Cómo se resiente uno ante la impotencia por comprender... He pedido a varios seminaristas que me ayuden a leer, a interpretar, a comprender... Estoy confundido. A mis años, luego del camino andado, soy un pequeñito aprendiz.
El sí, sí / no, no, de nuestra coherencia castellana, no le encuentro traducción en muchas palabras y gestos de estos muchachos. Hay otra clave de lectura, porque hay otra historia de existencia. Y la desconozco por ahora.
Pero no desisto del esfuerzo, aunque se me vaya en ello parte del alma. El sacerdote es un hombre “comido”.

4 Asaltado en tu tiempo, tu descanso, en tus prioridades.
Pocos meses después de llegar a Bata, adolescentes y jóvenes del barrio de Nkolombong, donde está ubicado el Seminario Mayor Interdiocesano, solicitan beneficiarse de la luz del Seminario, que se pone a las 6’30 de la tarde. ¡Cómo no!
En un mundo de pobres todo gesto humano de acogida y bondad se constituye en un riesgo de abuso y hartura. Te comen, por todos los costados, sin medida ni cálculo, sin tiempo. Ellos llevan su herida en el cuerpo o en el alma, y eso les puede, sin poderse someter fácilmente a reglas de orden y atención. Te asaltan en fila, te comen hasta la fatiga.
Uno echa mano de lo que cree: para qué esperar a comprender e intentar vivir: el sacerdote es un hombre comido. Ahí está la mesa. Ese es el menú.

5 Desconcierto hasta en los criterios educativos.
Ha sido para mí una fuente permanente de dolor, de perplejidad. Es evidente que las tripas no esperan ni se someten dócilmente a procesos educativos, que son siempre largos. Hay que mantener los criterios educativos, pero, ¿cómo ? No he sabido.
M. Obama, un pequeño adolescente, viene a las 6 de la tarde y me dice: “padre, desde la mañanita no he comido”.
En principio se tiene establecido que la ayuda ha de ganarse trabajando en la huerta. Pero tantas veces se me ha oscurecido el criterio, y si tengo una lata de sardinas, la he dado. Ellos te pueden, quebrando o, al menos, flexibilizando, tus propios criterios de acompañamiento educativo.

6 Quiebra de tu propia resistencia.
La fortaleza, virtud singularmente misionera. Para allá y para acá. Resistir, saber resistir sin quejas, sin que mengüe la espera y la esperanza, es un milagro de Dios, que la naturaleza no alcanza.
V. Oyono me viene por quinta vez herido de enfermedad venérea. No tiene más de 17 años. Hemos hablado multitud de veces, he usado todos los resortes y criterios a mano: dignidad de la chica, valor de un hijo acogido, querido y amado, el abuso del juego del placer, las enfermedades, el sida... Calla, calla, siempre, sin levantar la cabeza. Como mucho: “sí, padre”. Es todo lo que acierta a decir.
Hoy le he amenazado con no facilitarle ni médico ni medicinas. Se ha ido con sus palabras en la boca: “Sí, padre”.
Rezo un poco: “setenta veces siete, setenta veces siete”. “No tienen necesidad de médicos los sanos, sino los enfermos”. “He venido a salvar lo que estaba perdido”. Y recuerdo, como tantas veces, el consejo de S. Felipe Neri a sus muchachos: “Sed buenos, si podéis. Yo, en todo caso, os espero”.
África me ha desvelado y me ha acercado a un abismo de pobrezas que desconocía. También me desconocía a mí mismo. Eso de ser pan bien amasado, puesto sobre la mesa, disponible para el que te quiera comer o vomitar, no era en Antonio Chevrier una frase estética, sino un camino eucarístico: “haced esto en memoria mía”.

7 Despertar en el mejor sueño.
Todos sabemos el gozo y la esperanza del corazón, cuando, año tras año vas acompañando el proceso de crecimiento de un muchacho. Le sostienes en su debilidad, le espavilas en sus mejores deseos, le crees, le regalas tu confianza y casi tu alma entera. Años y años al lado. Sueñas con un final esperanzado: hombres nuevos para tiempos mejores”.
Y, ¡zas!, aparecen, ya al final del camino educativo, unas historias ocultas, y todo parece quebrarse: la confianza regalada, las horas de conversación, los signos de crecimiento... Nunca hemos dado excesiva importancia a las “historias”, pero sí a la ocultación
La gratuidad se resiente por todos los poros, y desde todos los poros te reclama. Sólo el Espíritu enseña la gratuidad del amor y de cualquier proyecto. A veces, hasta te comen los sueños.
He vuelto. Gracias a África. Gracias a Dios. Mis sentimientos de vuelta los expresaba así:

Me voy,
con alma agradecida,
cansado el corazón
del esfuerzo de amar.

Me faltó la destreza
y la sabiduría,
mas no se agotó nunca
la fuente del amor.

Me voy,
humilde de mí mismo,
dejando a Dios me pague
con su misericordia.

Escribo estas notas cuando acabamos de decir adiós a Andrés Gómez, pradosiano de Ávila. Cuantos le hemos conocido, podemos testificar que entendió lo que era ser “pan bueno”, dejándose comer, sin ruido y sin quejas, por cuantos le requerían. Gracias por tu vida.

Felipe Fdez. Alía
Ávila


Actualización viernes, 18 junio 2004 a las 21:07:53
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