La Iglesia y los jóvenes

a las puertas del siglo XXI

XII Semana de Teología Pastoral

“La Iglesia y los jóvenes a las puertas del siglo XXI”

Instituto Superior de Pastoral

Universidad Pontificia de Salamanca

Madrid, 31 de enero de 2001

Autor: José Luis Segovia (Josito) 

 ¿El problema son los jóvenes, el problema es la sociedad, o ni lo uno ni lo otro?

 
I.- INTRODUCCIÓN.

 

Podríamos ahorrarnos todas las reflexiones que siguen, dando una respuesta apresurada al dilema que plantea la pregunta que da título a mi intervención. Bien podríamos decir: “la culpa la tiene la sociedad, que condiciona el aprendizaje de los jóvenes y de la cual son subproducto”; y, de este modo, encerrarnos en una respuesta tan simple como impotente y, sobre todo,  incapaz de abrir ventanucos practicables  a la esperanza. También podríamos, en simétrica simplificación, apuntarnos a aquello de la añoranza de los tiempos pasados mejores,  en línea de aquello tan conocido de Salustio hace la friolera de un par de milenios: “los jóvenes de hoy no son como los de otras épocas; aquéllos eran respetuosos con sus mayores, generosos y honrados, pero los contemporáneos están invadidos por la disolución,  son de ánimo blando, resbaladizo, fáciles de prender en los engaños... amancebados, jugadores y despilfarradores”[1]. A ello nos permitiríamos añadir hoy la consabida retahíla: “son posmodernos, hedonistas, refractarios al esfuerzo, apolíticos, descomprometidos, y, en suma,  light en todos los órdenes”. Mostraríamos, de este modo, que, en definitiva,  “nada nuevo hay bajo el sol”, para, otra vez, recaer en el fatalismo de adultos poco aseados del adiposo pesimismo de los adultos chochos.

 

Aún a riesgo de que personas más autorizadas que yo puedan corregir el posible yerro, voy a intentar adentrarme por un terreno netamente diferente que, no por ello, deje de dar respuesta a la pregunta que se nos ha planteado. Tendré que reconocer, como punto de partida, que parto de un sano optimismo antropológico, que creo que el ser humano es más hijo de Dios que del Diablo, al menos, al menos, en un 51% y que, por tanto, no es en modo alguno  verdad que lo malo conocido sea mejor que lo bueno por conocer. Nos apuntamos, consiguientemente, a cualquier atisbo de respuesta que nos impela a avanzar hacia lo bueno pendiente de  conocerse, aún a riesgo de poner patas arriba lo malo ya conocido.

 

No negaremos, sin embargo, que han cambiado muchas cosas. La aceleración, la globalización, el homo urbanus et tele-nauta, el homo videns, las telecomunicaciones,  la razón tecnológica y mediática, las mutaciones de formas y estilos de vida, la precariedad laboral, las nuevas concepciones transterritoriales etc. constituyen datos de realidad que no pueden obviarse. Que éstos, con otros muchos, hayan tenido notoria influencia en las generaciones más jóvenes y su problemática, es una evidencia que se patentiza con un simple paseo por la zona de libros de cualquier gran superficie de esas que, a modo de contemporánea catedral, constituye el centro de la vida de nuestros barrios el fin de semana. Mientras que los padres más cultivados de antaño  leían el famoso “Tu Hijo” del Dr. Spock, o los más avezados algún Manual de psicología del adolescente, los títulos que encontraremos hoy suenan tal que así: “Socorro tengo un hijo adolescente”, “Como convivir con un hijo adolescente y no perecer en el intento”, “ Manual de supervivencia para padres desesperados”... evidencias, todas ellas,  de que, en efecto, algo ha cambiado. 

 

El profesor González Blasco principiaba uno de sus imprescindibles estudios parea acercarse al tema señalando que,  en pocas décadas, lo sucedido entre la sociedad adulta y la juventud se podría expresar sintéticamente de este modo: “la juventud, de esperanza a problema[2]”

 

Con todo, discúlpenme, pero, como hijo de la posmodernidad que es uno, permítanme un abordaje más dialógico que dialéctico, menos maniqueísta y más sistémico y un pelín provocativo. Anticipo parcialmente lo que concluiré: lejos de estar enfrentados, los intereses de la juventud y de la sociedad fluyen en idéntica dirección. Es más, están felizmente condenados a entenderse y a crear espacios de encuentro, abiertos a la  coordinación o con más probabilidad a la sinergia. Si es verdad que nada  vincula y activa tanto resortes comunitarios como un posible “enemigo común”, habrá que identificar éste y desenmascarar su estrategia del “divide, enfrenta, culpabiliza y vencerás”. Adivinar el Cui prodes (a quién beneficia) de este falso enfrentamiento es el reto al que quiero dedicar estas reflexiones, más pertrechadas de intrepidez aventurera que de ciencia.

 

II.-CONFLICTO INTERGENERACIONAL Y VIGENCIA DEL PACTO SOCIAL

 

El conflicto es inherente a la condición humana y, en sí mismo, no es negativo. Negativa puede ser la vivencia o las formas de expresar ese conflicto, pero nunca la tensión que previene el adormecimiento y suscita creatividad y exploración de terrenos no aventurados. Conflicto intergeneracional ha existido siempre y existirá siempre y es muy bueno que así sea, mientras los padres sean efectivamente padres y los hijos ejerzan como tales. Más insana nos parece, desde luego, la ausencia dilatada de tal conflicto, camuflada en unos provisorios e interesados “acuerdos de paz”, pero ese no es ahora nuestro tema.

 

Dados por supuestos los conflictos intergeneracionales o, incluso, cada vez más, intrageneracionales, todos sabemos que las sociedades, en cuanto comunidades organizadas,  se asienta sobre ciertos elementos aprendidos o consensuados, ritos, mitos, símbolos, tabúes e implícitos sobreentendidos, pautas de comportamientos públicas y privadas. Quizá un poco de todo ello es el pacto social sobre el que se asientan nuestras sociedades avanzadas occidentales. No se trata de algo que haya sido efectivamente signado en momento histórico alguno, sino más bien de valores asumidos y traducidos en normas jurídicas, declaraciones de intenciones, expectativas comportamentales que determinan lo políticamente correcto y los estilos de vida socialmente saludables en cada momento histórico.

 

El pacto social, vigente hasta antes  de ayer, determinaba que la autonomía y el paso a la madurez adulta se producía cuando se lograba la inserción del joven en la sociedad de sus mayores y alcanzaba la independencia emocional y, sobre todo,  territorial. No será difícil concordar que las notas de este tránsito hacia la madurez no eran otras que estas cuatro[3]:

 

a)    Independencia económica: responsabilidad sobre la obtención de los recursos necesarios para el propio mantenimiento y la capacidad para generarlos de manera estable.

b)    Auto-administración de los recursos, con independencia de su procedencia.

c)    Autonomía personal, como capacidad de decisión sobre sí en todos los planos de la existencia, sin otras tutelas ni restricciones que las impuestas por la vida en comunidad y las propias posibilidades.

d)    Constitución de un hogar propio, independiente del de origen, sobre el que se asume plena responsabilidad en su mantenimiento y gobierno.

 

Esta especie de pacto social, que aseguraba un tránsito[4] relativamente pacífico de la condición joven a la adulta, ha sido mantenido durante décadas y ha posibilitado la integración de la juventud en la sociedad, no siempre sin dificultades, durante generaciones y aún a lo largo de siglos.

 

Lógicamente cada una de las generaciones que han pasado por este pacto, ha tenido sus peculiaridades y acentos. Sin ir más lejos, la propia historia de la literatura evidencia una sucesión de diferentes sensibilidades, opciones y centros de interés. Cada generación nada tenia que ver con la precedente. Pero eso forma parte natural del devenir histórico. A la generación romántica, le sigue otra realista y, luego, otra más politizada y, posteriormente, otra centrada en el canon estético y, más tarde, otra en el ético etc... para llegar a la que protagonizó el mayo del 68, y después la de la transición política española y aún más tarde la llamada generación maldita que arrastró a la heroína y al sida a centenares de jóvenes de nuestros barrios. Pero, poco después,  hemos de hacer una forzada pausa. No es que unos y otros jóvenes fueran diferentes, que lo eran. Es que se produce un cambio total de paradigma en la  integración social de la juventud en el mundo adulto.

 

Hasta prácticamente mediados los 90, de modo transversal a todas las generaciones, un elemento  se ha mantenido con vigor realizando  funciones de  “percha” integradora tanto en el campo como en la ciudad, tanto en los jóvenes más pudientes como a aquellos que pertenecían a las clases trabajadoras. En efecto, en momentos anteriores, la juventud despegaba del mundo adolescente merced al trabajo. Eso explica que cuando la incorporación laboral era muy temprana no existía la condición joven. Esta, como tantas otras cosas, es una creación cultural, facilitada por el alargamiento del periodo de instrucción para la vida adulta y las dificultades de lograr un rol adulto independiente y reconocido.

 

En todo caso, la juventud se insertaba en el mundo adulto a través de una serie de  convenciones, centradas todas ellas en el trabajo como elemento configurador de identidad, de efectiva autonomía y de reconocimiento social. Tanto, que la pregunta “¿quién eres?” se solía contestar señalando la profesión que de modo duradero se ejercía o para la que se estaba ultimando la capacitación: “soy carpintero”, “tornero”, “perito agrícola”, constituían las respuestas muy propiamente expresivas de un “yo soy lo que soy”.

 

Se trataba, por otra parte, de una realidad dominada por la existencia de vínculos estables, o al menos con nítida vocación hacia ello. Por las razones que fueren, de hecho se mantenía  duradero el vínculo matrimonial, en la misma empresa en que se empezaba a trabajar se acababa uno por jubilar; mal que bien, se acababan los estudios aunque terminasen antes; se conservaban buena parte de los amigos de juventud; con la excepción de las migraciones forzosas, la vida aparecía bastante vinculada a un territorio donde todos se conocían y trataban, fuera pueblo o barriada obrera. Sin duda, existía una fuerte cohesión social y unas identidades definidas. Todo ello generaba vínculos. Vínculos con las personas, vínculos con el territorio, vínculos con las cosas... y, sobre todo, con el proyecto vital.

 

Unas juventudes fueron más militantes políticamente (tal vez la de los años 60), otras socialmente (quizá la de los 70), otras más escépticas hacia las mediaciones de participación comunitaria (con seguridad las de los 80), pero todas participaban de un idéntico pacto social, auténtico rito de incorporación a la edad adulta: el trabajo estable.

           

            En definitiva, desde los años 50 a los 90  (por más que los 80 sufriera el acoso del paro y del sida), la sociedad ofertaba a los jóvenes un recorrido escolar, con variedad de salidas formativas y posibilidades, proporcionales al nivel de esfuerzo realizado, para obtener un trabajo con visos de estabilidad. A cambió de su esfuerzo, se les entregó, sobre todo a partir de la transición,  más libertad personal, corporal y sexual. Tras unos años dedicados al ahorro,  el afianzamiento en el trabajo, la consolidación de la identidad desde lo laboral y, un poco después. la vivienda, vendrían la familia y más tarde el coche, los lujos extra y hasta bien avanzada la recta de la vida una segunda casita modesta en el campo o la playa.

 

En aquel ámbito de los 70, incluso las drogas (éstas no se pueden entender fuera de los contextos culturales) o eran sustancias prohibidas, y se acentuaba lo que tenía de transgresión, o pretendidamente facilitaban la amplitud de campos de conciencia (LSD hachís), o eran generadoras de vínculos sociales como el rito de pasarse el porro. Por su parte, Los 80 comenzaron en ámbito con la heroína y su destructiva capacidad de romper vínculos grupales y volcar a la persona sobre un individualismo que empezaba a hacer mella en toda la sociedad. Y llegarán los 90, `pero eso es harina de otro costal.

 

III.- LA DECONSTRUCCION DE LA IDENTIDAD JUVENIL

 

Sospechosamente, cuando más se comienza a valorar la condición joven, cuando todos se empeñan en parecer y mantenerse jóvenes, cuando lo juvenil produce sus mercados específicos, sus propios circuitos de ocio y de negocio, sus tiempos y espacios paralelos sin encuentro posible con el mundo adulto, es cuando se produce l ataque más serio a la condición juvenil, la más seria quiebra de la identidad del joven. En el fondo, la juventud no era sino una etapa de crecimiento y construcción de identidad, pasajera y transitoria, rito de paso a la autonomía adulta. Nada más terrible que esta etapa se acabe cronificando y se congele en el tiempo en ausencia de un proyecto vital viable.

 

En efecto, el pacto social del que venimos hablando –la posibilidad de construir una identidad referencial al trabajo estable- se ha quebrado estrepitosamente  en el último tramo del siglo XX[5], haciendo saltar por los aires un ya consolidado proceso de integración en la vida adulta basado en la perspectiva de una duradera continuidad laboral. Cuales puedan ser las consecuencias de ello a medio y largo plazo a todos los niveles constituye un ejercicio de adivinación al que ahora no nos dedicaremos, pero que, desde luego, no carece de interés. Sí nos corresponde, sin embargo, aventurar algunas  claves de esta quiebra.

 

Sin duda alguna, los jóvenes no alcanzan los cuatro requisitos que hemos señalado -independencia económica, auto-administración, autonomía personal, y constitución de un hogar propio-, hasta bien entrada la veintena, y aún la treintena, y todo ello por un factor fundamental y casi único, del que todo son ramificaciones y consecuencias: las insuficiencias que presenta el trabajo como factor de emancipación personal.

 

En efecto, como ya pusiera de manifiesto el silenciado Informe Petras[6], con la excusa sanear la economía española, a mediados de los 90,  se produjeron desregulaciones en el mercado laboral que tuvieron un efecto muy negativo sobre la vida socioeconómica, política y cultural, y en particular, sobre la familia y los trabajadores jóvenes. El intrusismo del partido entonces gobernante  en la sociedad civil, su desprecio del tejido social solidario, la labor de trepa de no pocos líderes locales, precipitadamente venidos a más, la consolidación de la “cultura del pelotazo” y el amansamiento de los sindicatos y de no pocos de los colectivos tradicionalmente activos, llevó a un adormecimiento de no poco del tejido asociativo, hasta entonces cohesionado bajo el paraguas del cambio político.

 

Así las cosas, la generación de trabajadores más jóvenes, llega a su mayoría de edad política en un periodo de corrupción escandalosa y escepticismo generalizado hacia las mediaciones de participación, se vuelven sobre sí mismos y empiezan a ir “a su bola”, “a su rollo”, “a buscarse la vida porque la muerte viene sola”. Lo que hasta entonces eran ritos de paso y transición hacia la adultez (borracheras, consumo de sustancias prohibidas, gamberradas episódicas...), amenazan con instituirse en tópicas liturgias de estancia y fijaciones crónicas.[7]

 

Por lo que se refiere a la estructura social, la nueva política que inicia un desmontaje del incipiente bienestar alcanzado, amplia el número de pobres en situación de necesidad severa hasta en un millón, poco después. La diferencia de ingresos entre los viejos trabajadores fijos y los jóvenes eventuales oscila entre la ratio de 2 a 1 y de 5 a 1, sin contar los beneficios complementarios que se van perdiendo ante la indiferencia mayoritaria (tiempo de prestación por desempleo, vacaciones, pensiones, cobertura sanitaria, límites horarios efectivos etc. ). Por aportar algunos datos más: durante los 90, los contratos temporales se dispararon a la vez que se reducía su duración media; el 55% de los contratos  firmados con las ETTs en 1997 duraron un mes como máximo y el 39% duró de uno a cinco días[8]; entre febrero de 1998 y 1999 se celebraron casi un millón de contratos, de los cuales el 91 por ciento  fueron temporales; la tasa de temporalidad triplica la de la  Unión Europea que cuenta con 35 millones de pobres de  los cuales 8 son nuestros (uno de cuatro  pobres vive en nuestro país). Añádase que, según DUNCAN, situados en los 30 años de edad, mientras que el 60% que los cumplía antes de 1989  conseguía la plena autonomía; sólo el 40% lo logra desde entonces; la pauta se cumple al margen de los ingresos de los padres, la raza o la educación recibida[9].

 

La lógica del mercado ha debilitado el nivel de vertebración social. Al precarizarse el empleo, el grueso de los trabajadores temporales no se afilian a los sindicatos, ni expresan opiniones disidentes en el trabajo. La máxima aspiración es la renovación. Esa realidad en el mundo joven empieza a ser la norma.  La falta de continuidad laboral socava toda forma de asociacionismo que no sea los agregados funcionales para el divertimento. Aparte del trabajo, el mal sueldo, la atomización  y un creciente sentimiento de impotencia social desaniman la participación en asociaciones de vecinos, sindicatos, comunidades de base etc. tal como sus padres hicieron en el pasado. En el mejor de los casos, la sociedad está ahora organizada en torno a grupos recreativos, privados e informales. Los índices de afiliación juvenil son mínimos y los que exigen un posicionamiento ideológico, alguna forma de pensamiento fuerte, escasamente relevantes.

 

Aunque, ciertamente, en este último quinquenio la calidad de vida de los jóvenes trabajadores era notoriamente mejor que la de sus padres a la misma edad, sin embargo las perspectivas de futuro son ahora mucho más negativas. Los padres fueron capaces de forjarse un futuro ilusionante con horizontes viables de realización, aun con ciertas correcciones sobre el terreno. Sin embargo, por su parte, la joven generación de trabajadores llega a la edad adulta en un momento en que la cultura cívica se ha eclipsado. El ideal de ciudadanía, el valor de la participación política, la cultura de los derechos colectivos, ha dado paso a una cultura donde sólo cuenta lo mío y mis derechos siempre individualistamente considerados. El declive de la ética desempeña un papel importante en el desgaste del interés por la actividad política entre los jóvenes, y refuerza su imagen de que " los políticos son todos iguales y van a lo suyo". La falta de medios de comunicación alternativos y la dominación de los media por auténticos grupos cuasi-mafiosos que ya no sólo no facilitan información o generan opinión, sino que cada vez son más configuradores de una realidad virtual siempre interesada. El resultado es una generación mayor de trabajadores frustrada y ansiosa y una generación joven marginada, apolítica y sin expectativas claras.

 

Pero, por otra parte, junto con esta desregulación laboral, que precariza la vida y hace extremadamente duradera y vulnerable la condición joven, se produce otro fenómeno novedoso que señala con su agudeza habitual Fernando CONDE[10]: existe una clara quiebra entre el desempeño de actividades y empleos actuales y su posible proyección futura hacia el horizonte de la emancipación personal. Lo que para generaciones anteriores constituía el resultado asegurado a sus primeros esfuerzos estudiantiles y laborales, en la actualidad aparecen como metas difusas y, sobre todo, carentes de la más mínima relación lineal. De este modo se rompen las trayectorias socio-laborales y personales que clásicamente han construido nuestros proyectos personales y nuestras identidades sociales, para abrirse a una multiplicidad de situaciones fragmentarias sin relación alguna entre sí. Se trata, no ya del “no future” de generaciones anteriores, sino de un presente perpetuo sin tradición ni memoria y sin ilusión ni futuro[11]. El futuro a medio y largo plazo no aparece ni siquiera en negativo, se trata del presentismo galopante del “aquí, ahora, todo y ya”, sin ni siquiera la degustación pausada del “carpe diem”. Todo vivido en un precipitado zapping de experiencias, sensaciones y vivencias en cascada sin hilo conductor[12]. La inversión en el hoy no genera réditos en el futuro. El sacrificio y el esfuerzo no generan resultados en esta vida, y en la otra no se cree demasiado.

 

No costará mucho  entender el  intenso cambio de  imaginario social acerca del trabajo que se produce sobre todo entre los jóvenes.[13] Frente a itinerarios laborales más previsibles y a horizontes más claros de acceso a un trabajo fijo como “casi” la única situación y consideración posible y deseable sobre el trabajo, frente a diferenciaciones más nítidas  y clásicas entre trabajo y paro, los adolescentes y jóvenes de hoy no sólo han visto rota la expectativa en un trabajo fijo como horizonte deseable sino que se ha pasado al desempeño de múltiples y variadas actividades remuneradas, de ejercicio de una amplia cantidad de empleos inestables, habitualmente sin ninguna relación profesional entre si, de una diversidad de situaciones laborales que en ningún caso generan la más mínima trayectoria laboral. Caso que tengo muy cerca: con 19 años y vida laboral cuasi ininterrumpida: de jardinero a vendedor de móviles, de ahí a telepizzero, después a buzoneador, y después mozo de almacén y frutero y finalmente reponedor; todo en una sucesión ininterrumpida de tres años... nada hace pronosticar que los tres siguientes vayan a ser muy distintos. ¿Qué podrá contestar a la pregunta de ¿tú quien eres? ¿Le achacaremos falta de ilusión en el futuro si no pueden desarrollar su vida en clave de proyecto? ¿Qué expectativas y deseos pueden tener de participar en un mundo adulto que les ofrece precariedad laboral, trato poco dignificante, sueldos míseros y, encima, con frecuencia post-pagados. Si desde esa identidad laboral era desde donde se empezaban a ejercer derechos de participación ciudadana (sindicato de transportes si transportista, colegio de abogados si abogado), faltaría ahora reinventar el antiguo “sindicato vertical de actividades diversas” para poder dar cabida a tan fragmentarias identidades e historias laborales.

 

            Así pues, tanto la materialidad de las condiciones de trabajo (la desregulación laboral, la reforma de 1994, el desarrollo de las ETTs[14]), han trasformado el universo simbólico de metas y valores hasta la progresiva entronización de la “eventualidad” como forma de trabajo y de vida juvenil.[15] Ello ha generado un submundo de economía sumergida, al que acaban de incorporarse ahora mismito los inmigrantes “sin papeles” que, reducidos a la categoría de no personas (privados de derechos fundamentales merced a la “ley contra los extranjeros”), nos reducen aún más los costes de producción, facilitando la maximización de beneficios[16]. ¿Culpa de los jóvenes...? ¿de la sociedad? Quizá, propiamente, de ninguno de los dos.

 

 

IV.- LA CONSUMO COMO RECONSTRUCCION DE LA IDENTIDAD JUVENIL

 

Por paradójico que pudiera resultar, la evidencia impone que las transformaciones económicas y laborales de la década de los 90 han ido generando un mercado potencial de un sector con alta capacidad de consumo inmediato. La banda de edades comprensiva de la juventud se anticipa y el retraso de la emancipación conlleva menos gastos de ahorro e inversión (medio y largo plazo)  y más de consumo (corto plazo). Por otra parte, desaparecido el proyecto personal, en ausencia de ningún otro de matriz comunitaria, el trabajo como eje vertebrador del proyecto vital y de la identidad, se sustituye por el consumo y el gasto inmediato. Se trata no de un consumo de supervivencia, ni siquiera instrumental, sino de ociosidad pura y dura.

 

 Ello ha generado un nuevo y específico mercado joven: No es de extrañar el éxito de revistas en las que se detallan multiplicidad de  melodías y tonos de llamada, modalidades de alerta e información, carátulas  y carcasas de texturas y colores diversos, alerta-vibración, postales electrónicas, importación de bibliotecas de tono de llamadas... advertiré a los más mayores, que estoy hablando de los móviles, que han sustituido en el ranking de configurador de estatus e identidad  a los vaqueros, las zapatillas, los “tatoos”, el piercing o el walkman.

 

Es cierto que sus mayores son también consumistas, pero el propio espacio de consumo presenta importantes transformaciones con respecto a su significado en épocas anteriores, sobre todo en las generaciones nacidas ya bajo el régimen democrático.

 

Las estadísticas del CIS de octubre de 1997[17], sobre una muestra de jóvenes entre 15 y 29 años de edad, señalan que prácticamente todos – un 98%(!) de los encuestados- compran ropa todos los meses. Ciertamente se produce una ampliación cuantitativa del mercado juvenil, pero también y sobre todo una modificación cualitativa del universo simbólico al que esta asociado el consumo.

 

a)    El consumo es percibido como un estilo de vida normal, marchamo de integración social. No en vano lo ejercita una generación que ya ha nacido siendo población diana de la publicidad, primero como bebé, después como infante, luego como adolescente y finalmente como joven. Fueron los primeros “niños consumidores”. Nada debe extrañarnos que hoy reivindiquen el derecho natural de gastar, comprar,  consumir  y expresarse en el lenguaje de las marcas y los productos que marcan estatus.

 

b)    El consumo se ha convertido no sólo en el contenido de no pocas de sus acciones sino en el lenguaje mismo. Mercantilizada la vida social, se reafirma en el lenguaje auto-referencial, lenguaje universal cuasi único de cara a la construcción de la identidad.

 

c)    Así han pasado del consumo simbólico de diferencias al consumo compulsivo, donde cada vez es más importante el acto de consumo que el objeto consumido mismo. En el fondo, son como los adultos que enchufan la TV nada más llegar a casa, al margen del programa que estén poniendo. Salir es gastar (la disco, el pafeto...), pero quedarse es también gastar (llaman al telepizza, alquilan la última playstation, traen del video-club South Park[18]  mientras comen unas hamburguesas del Burguer King...), todo es gastar...

 

d)    Es un consumo netamente diferencial del consumo adulto. Con su ritual de consumo del "finde" alternativo, exclusivo  y excluyente del adulto: en  espacios y tiempo jóvenes por excelencia y opacos por completo al mundo adulto.

 

e)    Orientación hacia la construcción de vínculos sociales: hace años el consumo tenia una cierta función democratizadora: “todos” o casi todos podían acceder de una forma o de otra (legal o ilícita) al bien deseado, y la marca distinguía. Hoy con la fractura social que venimos reseñando, el consumo tiene una función religiosa: a través de toda la parafernalia litúrgico-simbólica que lo adorna y expresa es capaz de dar un sentido, siquiera a corto plazo, a la existencia de no pocos jóvenes. Si son capaces de soportar estoicamente de lunes a jueves, en el instituto o en el “curro”, es precisamente porque pueden celebrar  el ”finde”.  Claro que los que los jóvenes y la sociedad son religiosos, y además practicantes... pero de otra religión. Esta practicada en grandes superficies, plazas de toros, estadios de fútbol o espacios territorialmente juveniles a ciertas horas nocturnas. Ocupan la función simbólica de producir religación social, de volver a unir lo fracturado en otro lugar, de favorecer un simulacro de cohesión social, en ausencia del trabajo estable,  ante una religión  y una política incapaces de ayudarles a interpretar el mundo. Consumo, pues, como elemento de integración, que les hace vivible y tenuemente soportable una existencia sin proyecto

 

Insistamos en un matiz que no carece de importancia. Todo esto es válido para la inmensa mayoría de los jóvenes de las clases medias y populares, pero no lo es en modo alguno para los de la clase media y alta. Con seguridad ,su consumo no es tan compulsivo, y la presencia de un proyecto personal hace que no sea tan necesario para salvaguardar su autoestima, ser poseedor del último Nokia desde los 14 años o tener  el Lotus titanio más caro, o las zapatillas Nike último modelo, como ocurre con no pocos de la muchachada de nuestros entornos, cargada de una parafernalia de tecnología punta que no va a ser capaz de utilizar jamás (móvil con fax, 19 idiomas y no sé cuantas pijadas más). Pero es igual, “se sale”, “rompe” y asegura un estatus que ya no garantiza el oficio o el conocimiento.

 

Sin embargo, la función de cohesión que cumple el consumo  es satisfecha sólo de modo incompleta. Al apostarse por valores exclusivos y excluyentes (el éxito, el dinero, la competitividad, el hedonismo, el individualismo etc.) “en el pecado va también la penitencia”. En efecto, alejados de valores de matriz comunitaria (la libertad, pero para todos, la igualdad, pero sobre todo para los desiguales, la justicia, fundamentalmente para quien padece la injusticia, la inclusión, el respeto a la diversidad y a las minorías etc.) nuestros jóvenes acaban padeciendo la ausencia de vínculos fuertes. No sólo es que bastantes se hayan educado con uno sólo de sus progenitores o “a meses”, no sólo han padecido multiplicidad de maestros y programas curriculares multipreparados pero sin personas adultas que sirvan de guía y referencia duradera y generen vínculos[19] (¡ah!, los vínculos son esencialmente afectivos y exigen contacto y proximidad!), no es que el trabajo parezca tampoco generar religación especial, es que con sus iguales tampoco parecen mantener vinculaciones más que provisorias. Si, en una correría nocturna, algún joven cachorro se pasa y  cae borracho, se llama al SAMUR, pero ya no es objeto de tanta ayuda y protección  por el resto de la manada como antes, sino que, con frecuencia, se le abandona a las asistencias para no romper una “noche imparable de marcha”.

 

Hay mayor liberalización formal en las relaciones chico-chica, pero también más desconfianza y claras diferencia de género (las chicas valoran más las relaciones profundas y estables y se autocontrolan más que el “desparrame” de los chicos, aunque vayan asumiendo algunos roles). Todo ello, en algunos casos, se compensa con el buen rollito de las anfetas y el alcohol que encubren un “yo vaciado de contenido”.[20]

 

Conscientes de su profunda soledad interior, quizá busquen en vano en las

nuevas drogas de abuso más las relaciones que las sensaciones[21]. A diferencia de  finales de los 70  y todos los 80, en que la droga  se vinculaba  la crisis del trabajo y el paro con su abuso, hoy, mayoritariamente,  no es así. Demonizada la heroína, el alcohol, la cocaína, las anfetaminas y el hachís se han escindido del mundo laboral y  aparecen todas mayoritariamente  vinculadas al mundo del ocio, aunque ciertos trabajos propicien, desde luego, una mayor vulnerabilidad. En nuestros días, el “consumo”, también de drogas, es lo categorial, y lo anecdótico o adjetivo son las sustancias mismas[22]. Quizá por eso en una cultura de consumo –de lo que sea- gozan de tanta legitimidad entre ellos. Quizá late en su base una cierta sensación de soledad profunda: han crecido más solos y huérfanos que ninguna otra generación, aunque estén rodeados de tecnología de la comunicación punta; han padecido un aprendizaje de lo lúdico (que es lo que introduce en el principio de realidad) sin presencias referenciales adultas (los padres no juegan con los hijos, los maestros no juegan en el patio, los frailes y monjas defienden afanosos la clase de religión pero se les escapa que el espacio configurador del carácter es el patio, con el juego,  el fútbol, la comba o, ¿por qué no?, los jueguecitos electrónicos.

 

Sea como fuere, nuestros jóvenes sólo “sientan cabeza” cuando pueden empezar a pergeñar un proyecto. Pero eso difícilmente  es posible antes de los 25 años de edad. Por eso los universitarios de hoy nos parecen más críos... y no sólo porque nosotros seamos más mayores y vayamos perdiendo memoria...

 

Aminorada desde muy pronto la importancia del elemento normativo vinculado a los adultos (padres, proyecto de futuro, estructuras superyoicas)  las dimensiones mas horizontales, sobre todo la de la  calle - hoy escaparate sin solución de continuidad-  la plaza –hoy la gran superficie privada-, los amigos, cobran protagonismo. Crece el yo juvenil, pero en lugar de producir crecimiento en autonomía y libertad personal genera un desequilibrio que hoy por hoy tiende a generar situaciones de dependencia y de búsqueda imaginaria de referentes que compensen la fragilidad del entorno y de los vínculos juveniles. ¿Cómo sorprendieres entonces de que la caracterización con la que menos.

 

En resumen, bajo el oropel aparente del acceso al dinero fácil y rápido, gastado en forma idénticamente acelerada, lo que parece estar reconstruyéndose es una lógica social que castiga a largo plazo a los jóvenes de clases medias y bajas y reproduce y amplia los procesos desigualitarios a largo plazo con los jóvenes de estatus social más alto. La desigualdad está servida.

 

El problema, déjenme que responda ya, no son los jóvenes, no es la sociedad, no es –muchísimo menos- los jóvenes enfrentados a la sociedad. El problema es la pobreza. Y con ella los procesos de depauperización a nivel local y planetario. Una vez más, de ser cierto lo que afirmo, sólo un buen diagnóstico es capaz de posibilitar un tratamiento adecuado. Naturalmente, concurren más factores, pero, si se obvia ésta,  se carecerá de la más mínima legitimidad moral para hablarles de valores o del sentido religioso de la existencia, máxime mientras otros dioses hacen su agosto a costa de la precarización de nuestros jóvenes y de la sociedad. Ambos, jóvenes y sociedad, náufragos de un mismo barco a la deriva, del que otros, bien calentitos ellos, escaparon a tiempo, para después pontificar sobre lo divino y lo humano y permitirse recetas de “conservadurismo compasivo” como la algún recientemente nombrado Presidente del otro lado del Atlántico y que seguramente  va a crear escuela en éste.

 

 

V.- EL PROYECTO SOCIAL Y PERSONAL COMO RECONSTRUCTOR ILUSIONANTE DE  LA IDENTIDAD.

 

Si, como venimos manteniendo, la precarización del trabajo ha contagiado un modo provisorio de existir y una identidad débil, parece claro que cualquier intento de reconstruir la identidad pasará por la repesca de la categoría de Proyecto. Este requiere, para vertebrar la identidad personal y la comunitaria, de la consistencia que sólo dan las seguridades (desde las que garantizan la supervivencia para todos, pasando por las emocionales y las certezas de un trabajo en condiciones de estabilidad). También precisa el conocimiento de los propios límites (introyectados desde el aprendizaje del autocontrol a través de los correspondientes noes dados por los adultos) procurando, desde luego, que el límite nunca suplante el autocontrol y sea proporcional al desmadre[23]. Precisa un mínimo de autoestima, de capacidad ilusionante por su viabilidad, la posibilidad de fidelización al mismo por su vocación de estable permanencia y,  al tiempo, retroalimenta el protagonismo del sujeto que lo desarrolla.

 

A su vez la idea de Proyecto precisa de dos desarrollos simultáneos: el proyecto social y el personal. Quizá porque sea cierto aquello de E. MOUNIER:”la revolución pendiente será estructural o no será; pero, a la vez, o será personal o no lo será”.

 

En efecto, reclama de Proyecto comunitario que surja de un nuevo pacto social. Si no se suscribe por imperativo solidario se hará por necesidad. Esta vez será un pacto intergeneracional, multiétnico, plurireligioso, multilingual, no discriminatorio capaz de armonizar las raíces que nos vinculan con el terruño de lo local y la ,amplitud de miras de lo transnacional. Seguramente no se haga a plumilla como fantaseaba Rousseau, sino por correo intergaláctico. La presión del sur, el despertar del oriente remoto, las cotas de bienestar alcanzado y de protección social por parte de quienes ya las han disfrutado y conocido, la mayor precarización de la vida, el desmontaje del estado Social, el próximo ciclo recesivo de la economía, el conocimiento real de cómo viven unos y otros constituyen, entre otros, el mejor antídoto contra la resignación y la pasividad que aún hoy se enseñorean de amplios sectores juveniles todavía cómodos en exceso.

 

            La redefinición del papel del trabajo juega un papel importante en este tema. El trabajo productivo tal y como lo entendemos hoy, tiene poco más de un siglo en la larga historia de la humanidad. Anteayer era un deshonor trabajar. Quizá no haya que llegar a tanto y sea suficiente con rescatar la dimensión creativa, personalizadora y humanizadora del trabajo –como recordó, en su momento, el Papa en la Laborens Exercens. Trabajar menos horas, para trabajar todos. No necesariamente en trabajos productivos, también en trabajos como ejercicio del deber de cuidado y mantenimiento convenientemente remunerados y valorados. Trabajos que aseguren la supervivencia con dignidad, sin necesidad de decretar la orfandad de hecho de una infancia condenada a ver a los padres a ratitos y, a veces, por fines de semana alternos. Trabajo que asegure la efectiva igualación de la mujer, pero no su entrada en el circuito explotador y dominador del hombre. Un trabajo menos duro –las máquinas están para algo- pero también menos precario, tal que sea capaz de permitir que de la condición joven se pueda pasar a la adulta sin excesivos traumas in regresiones y cronificaciones adolescentes, como es el caso. Singularmente, con menos explotación (horas extra sin pagar, pospagos de semanas y meses) y, con ello, menos generador de resentimiento, retraimiento y violencia. Un trabajo que respete planetariamente los derechos de los trabajadores, donde quiera que estén, en el marco de una economía  de dimensión humana. sujetita bien de la mano de la ética y en el carrito de la política.

 

Ello exigirá un pacto social donde el respeto a la identidad singular,  lo intercultural, lo interreligioso, lo global y lo diferente local coexistan armoniosamente en mutuo enriquecimiento. Ello  urgirá rescatar conceptos como el de ciudadanía democrática, derechos humanos, participación política directa, lucha contra la exclusión y la desigualdad a nivel planetario, tolerancia, diálogo, etc. Tal vez retomar algo del celebre discurso de DE GAULLE al término de la revuelta estudiantil parisina: “Se inicia la era de la participación”.

 

      Este Proyecto global, hoy  suena a utopía, pero, sin duda,  acabará por llegar, bien de la mano de la conciencia solidaria, bien empujado por imperiosas y perentorias elementales  necesidades ajenas que no respeten las legitimidades de los pactos sociales vigentes hasta la fecha.

 

Sea como fuere, todo ello precisa de un proyecto personal en consonancia. Partimos de que el joven es educable, moldeable e ilusionable y, sobre todo, audaz.  Su huelga de brazos caídos es la forma vigente de manifestarse, su apatía por el imaginario colectivo es su forma de rebelarse ante lo que le disgusta y no le genera expectativas. Seamos serios los adultos. Decimos los adultos con un retintín de superioridad, que nuestros jóvenes no leen los periódicos, sólo ven la TV “al salir de clase”. Pero, si los leyeran, ¿pensáis que encontrarían en las noticias de sus mayores motivos estimulantes para creer en la nobleza de sus acciones, en la dignidad de la política, en la credibilidad de sus instituciones más sagradas? ¿Tendrá algún adulto la cara dura de espetar a los jóvenes su ausencia del mundo de los partidos políticos, cuando un partido que se denomina socialista introdujo esa forma moderna de neo-esclavismo que son las Empresas de Trabajo Temporal, o cuando otro que se dice popular e inspirado en el humanismo cristiano acaba de aprobar una ley contra los extranjeros que les priva de derechos humanos elementales y precariza su situación aún más, o harán un acto de fe en otro que se autodenomina izquierda unida,  avispero más desunido que imaginarse pueda? ¿Alguien podrá recriminarles su alejamiento de ciertas formas institucionales de lo religioso, ellos tan acostumbrados a ver impresos en todos los dólares que  por el mundo circulan: “in God we trust”, (en Dios confiamos). Quizá ellos, felizmente, en “ese” Dios han dejado de confiar para perderse, por el momento, en ninguno, o en un mercado boyante de películas de moda que nos recuerdan que su dimensión trascendente, como la hoja de Jairo, sólo esta dormida. Citamos sólo algunas, localizables en este momento cualquier vídeo Club de barrio. Juzguen ustedes. Resurrection, The Body, Extasis, El Elegido, Dogma, Stigmata, El Exorcista.... ¿Desinterés o simple coherencia pasiva?

 

En cualquier caso, el joven es, por naturaleza, educable y, por tanto, acompañable. Una vez más, necesitamos padres que lo sean, antes e incluso por encima, de buenos profesionales. Está muy bien la auto-realización personal y la promoción profesional, pero antes es un hijo que un plus; las personas, que pena tener que recordar lo obvio, son más importantes que las cosas... Nos harán falta maestros capaces de dar capones... sí, de poner límites y sobre todo de encariñarse, sin tanta super-especialización y rotación

porque quieran a rabiar a la muchachada que les ha sido confiada; de adultos que no abdiquen de su lugar social ni de la  identidad de referentes, pero que se hagan presentes en los espacios y en la vida de los jóvenes, posibilitando espacios intergeneracionales de encuentro y relación, también, y quizá especialmente, en el ocio. En definitiva, de adultos que como dice Savater[24] tengan “el valor de educar”, de presentar la síntesis interpretada de la vida desde la coherencia y el propio compromiso con ella.  O sea, apostar por el dialogo no por el mutismo ni por el autismo de quien se piensa autosuficiente, no sólo interreligioso, sino intra-religioso, no sólo interpolítico, sino intrapolítico...  vaya..., que requiere de una cierta dosis de autocrítica al interior de las propias mediaciones tradicionales en las que se ha vehiculizado lo político,  lo religioso o, simplemente, lo adulto.

 

 

VI.- CONCLUYENDO CON ESPERANZA

 

Aún a fuer de reiterativo: ni juventud ni sociedad culpables. Eso no quiere decir que no tengan sus responsabilidades. ¿Cómo concluir sin esperanza?  La juventud es, por definición el futuro: y, por tanto, en cuanto valor, la esperanza. Los jóvenes no sólo, ni fundamentalmente producto, son también portadores de posibilidades inéditas aún no apuntadas. Son más flexibles, más ligeros, valoran más lo emocional, parecen haber superado maniqueismos corporales y tabúes que han torturado a generaciones enteras. Sólo unos viejos añosos con corazones acorchados y bolsillos blindados pueden desconfiar de los jóvenes que han parido. Como quiera que sea, el futuro inmediato depende hoy del poder de los cincuentones (la generación camaleónica por antonomasia). Con seguridad, pasado mañana, cuando lo desempeñen ellos, los actuales jóvenes, por lo menos lo harán con menor margen para la incoherencia que el que han tenido sus mayores. Esos mismos cincuentones que predicaron el “haz el amor y no la guerra”, años después, practican el deporte de los” daños bélicos colaterales por razones humanitarias", dejando tras de sí una estela  de niños y ancianos troceados por “bombardeos selectivos” con no se sabe bien qué sustancias; y, del mismo modo, acaban generando una sociedad tan estresada como impotente para incluso ni siquiera hacer el amor[25].

 

Insisto. Bien  mirado, no sea tan incoherente, ni tan poco prometedora esta juventud. Cierto que no es critica, pero, ¿acaso lo son ya sus profesores? tan asépticos ellos, tan posibilistas, tan realistas que hablan de la profesionalidad no como el profesar justicia, cuidados, desarrollo..., lo que corresponda a cada disciplina, sino como asepsia y distancia, también en las ciencias humanas y sociales, en un revival de positivismo barato que encubre su incoherencia personal. Los jóvenes pueden ser muchas cosas, pero no son tontos. Vaya, que bien visto, la respuesta de los jóvenes a lo que se les ofrece, puede ser de todo menos incoherente o poco sensata. Si se puede hacer algo más, que se podrá, ya es cuestión de todos, no sólo, ni tal vez hoy principalmente de unos jóvenes sin proyecto viable.

 

Quizá por ello y para mantener las brasas de la esperanza, además de mirar con cariño a nuestros jóvenes, quizá sea bueno que una sociedad adulta que padece la precarización y el azote del pensamiento único neoliberal empiece a retomar los grandes principios de los que nunca debimos abdicar:

 

a)    El Imperativo categórico, a lo Kant. La innegociable dignidad de la singularidad, la inviolable categoría de fin-en-sí-mismo de cada hombre y de cada mujer, y de su mano el derecho a la diferencia, el respeto a la diversidad, la valoración de lo plural, lo valioso que aporta la minoría.

 

b)    El imperativo de la compasión: Abandonemos esta cultura psicópata que disocia razón y sentimiento que, incapaz de ponerse en lugar del dolor del otro, emocionalmente fría e inmisericorde, es, al tiempo, sensacionalista, primaria y emotivista. Rescatemos la ética compasiva, la que promueve que mi dignidad sólo se salva en la medida en que me comprometo a salvaguardar la del diferente, que sólo puedo legítimamente “mis” derechos en la medida en que me he dejado el pellejo en defender apasionadamente los “tuyos”, los “nuestros” y, sobre todo, por Dios, los de “los otros”.

 

c)    El imperativo de la disidencia: que anima a decir no, a discrepar, a soñar proyectos alternativos, a disentir, a combinar la protesta con la propuesta, lo lúdico con lo comprometido, lo festivo con lo cotidiano, lo militante con lo gratuito, lo necesariamente rutinario (hay que educar también para el aburrimiento) con lo que puede provocar respingos a la monotonía, a acallar y dejar afónicos a los que, desde centros de poder cada vez más difusos, se empeñan en darnos órdenes. Su nombre cambiante es Seatle, los Foros alternativos, las iniciativas dispersas que van generando redes de solidaridad... nuevos espacios de imaginación, fraternidad audaz y apasionada, no esclerotizada ni departamentalizada, sin fronteras...

 

 

Sólo en la medida en que la religión, la ética, la política y todas sus mediaciones sean receptivos a estos imperativos, podrán recrearse sus universos simbólicos con auténtica capacidad para religar, aglutinar y empujar la historia.  Sólo cuando impregnen la vida familiar, la escolar, la universitaria, la del bario o Internet, empezaremos a salir del atasco en que hemos metido a los “hijos de la desregulación laboral”. Sólo educando para el conflicto y la diversidad podremos avanzar. Sólo en esa medida podrán constituir un proyecto capaz de ilusionar a jóvenes y no jóvenes en la aventura apasionante de cada generación, en el reto que nos sacó de las cavernas: dejar esta bendita tierra nuestra un poquito mejor que nos la hemos encontrado.

 

 

Mi intervención, como veis,  no pretende otra cosa que dar que hablar, hacer pensar, provocar la reflexión y la discrepancia, pero quiere sembrar más allá del falso enfrentamiento entre jóvenes adultos.  Al final, si entre todos no ponemos entusiasta remedio, habremos de concluir con  aquello del: “Hacedlos cual los queréis o queredlos cual los hacéis”.

 

¡Ah!... y ahora acabo con un cuento que algunas me habéis oído contar. No cabe esperanza sin poesía, no hay lugar para la ética sin estética, no hay espacio para el sueño sin la utopía, no cabe el argumento sin el relato, ni la emoción sin el cuento, ni Dios que no sea vulnerable al sufrimiento humano. Por eso, os cuento uno que resume lo que quiero expresar en otro código. Lo escribí pensando cómo llegar a la chavalería en un lenguaje intemporal no moralizante pero expresivo y provocativo. Habla del diálogo intergeneracional y de bastante más.

                                                          

LA PALABRA MÁGICA

 

En una de esas comunidades, al otro lado del charco, que nosotros, no sé bien por qué razón, llamamos primitivas, a la orilla del río Anaís” –“fuente de toda vida”-, en la falda del monte llamado “Achacaui”, que quiere decir “compañero de por vida”, el anciano chamán, sabiendo cercana la hora de reunirse con sus ancestros, convocó a la bulliciosa muchachada para las pruebas que permitirían, a los jóvenes, un año más, entrar a formar parte en el Gran Consejo de  adultos de la tribu. Cuando el sol se puso, les reunió en torno a la hoguera, justo en la puerta de su tienda de piel curtida y mástiles de bambú. Después de cantar e invocar a los dioses, el viejo chamán se puso en pie y anunció solemne  a los más  jóvenes: “Mirad, sé próxima la hora de mi partida a la patria de los muertos, pero, antes, quisiera que este año las pruebas fueran diferentes. No os voy a pedir que sobreviváis una luna en la jungla con cuchillo de hueso y lanza de boj. Sólo quiero  que demostréis vuestra capacidad para aprender de vuestros mayores”. Los muchachos se miraban unos a otros como si les hablará en otra lengua. Intrigados, proseguían expectantes escuchando al buen chamán. Este continuó su perorata: “Mi prueba es esta: una sola pregunta. ¿Sabéis cuál es la palabra mágica que ha permitido a nuestra tribu mantener la cabeza bien alta, a pesar de las asechanzas del hombre blanco y las envidias de las tribus vecinas?”.  Los jovenzuelos, aún más alucinados, se miraban de hito en hito, preguntándose cuál sería la dichosa palabreja. Complacido con el desconcierto que provocaban sus palabras, les espetó: “Mirad: es la primeras palabra que pronunciamos cuando niños, y la primera en ser olvidada cuando empezamos a ser mayores”. La  agitada asamblea juvenil empezó a mirarse de hito en hito con desconcierto y desazón. “¿Cuál sería la maldita palabra mágica?”. Esbozando una mueca burlona pero comprensiva, el chaman estiró su cuerpecillo arrugado y de su rostro, ajado de surcos, dejó brotar una mirada limpia, brillante, llena de vitalismo y de fogoso entusiasmo. Se apoyó en la cachaba, cogió todo el aire que permitían sus menguados pulmones y, mirando hacia el Achacaui, quién sabe si recordando a sus mayores que le hacían guiños cómplices desde los luceros, dijo a voz en grito: “NOOOOOOOO!!!!!!!· Y el pico “Compañero de por vida” y el resto de los montes que orlaban el lugar devolvieron con más fuerza: “NOOOOOOO!!!!, NOOOOOOO!!!, NOOOOOO!!!”.  No pactar jamás con nada innoble, con nada injusto, con nada indigno, con nada inhumano, por pequeño que sea porque como dijo el Maestro, cerquita de otro monte: “quien es fiel en lo poco lo es en lo mucho”. Ojalá sepamos dejar la lección aprendida a la sociedad y a sus jóvenes.

 

 

                                                                       José Luis Segovia Bernabé

                                                                       Profesor del Instituto Superior de Pastoral

 

 



[1] SALUSTIO, Conjuración de Catilina, XIII, 2-3; XIV, 5-6.

[2] P.GONZALEZ BLASCO et alt.. Jóvenes españoles 89, Fundación Santa María, Madrid, 1989.

[3] Seguimos  a J.L. ZARRAGA, Informe Juventud en España. La inserción de los jóvenes en la sociedad, Madrid, 1985, 25.

 

[4] Cf. A. VAN GENNEP, Los ritos de paso, Taurus, Madrid, 1988 y V.TURNER, El proceso ritual, Taurus, Madrid, 1988.

 

[5] Esta tesis y no pocas de sus reflexiones son deudoras del espléndido estudio de F.CONDE, Los hijos de la desregulación, Madrid 1999. Una síntesis muy apretada en F.CONDE y J.A. GÓMEZ YÁÑEZ en Los hijos de la  desregulación, diario EL PAIS, 22 de enero de 2001, 14. Ambas beben del horizonte que introdujo el famoso “Informe Petras”.

 

[6] J.PETRAS, Padres-Hijos. Dos generaciones de trabajadores españoles,  publicado en el verano de 1996, en el nº especial 3 de la Revista el Ajoblanco, con el título “El informe Petras completo”, Barcelona 1996. Convendrá recordar que este informe fue un encargo realizado por el CSIC español al profesor norteamericano y que, a la vista de la visión tan crítica que presentaba hacia la política de sesgo neoliberal que empezaba a practicar el PSOE, entonces en el poder, hubo de hacerse público en publicaciones alternativas, ante la negativa de la Administración para difundirlo. Algo parecido sucedió a Cáritas con el famoso informe que hablaba de los 8 millones de pobres.

 

[7] Experiencia de liturgias juvenil del “finde” en J.L.SEGOVIA, En la Cubierta: hijos del momento, revista Crítica nº 878, septiembre-octubre 2000, 43-44.

 

[8] El Pais, 9 de mayo de 99.

 

[9] Profusión de interesantes datos en V. NAVARRO, “Neoliberalismo y Estado del bienestar”, Ariel, Barcelona 1998.Aunque no se puede confundir “nivel de vida” con “calidad de vida”, no pasaremos por alto que según el INE, recogiendo el Panel de Hogares de la Unión Europea 2000, la mitad de las familias españolas carece de medios para tener una calefacción adecuada, siendo los hogares españoles de los más deficientes y peor equipados de la Unión. Quizá no sea casual la disminución porcentual sobre el PIB que ha venido experimentando el gasto español en política social  desde 1993 hasta ponerse varios puntos por debajo de la media de la U.E al finalizar el milenio, incluso puntuando netamente por debajo de los EEUU cuna del neoliberalismo.

[10] F.CONDE, o.c., 51ss.

[11] Ibíd. 56.

 

[12] “Se hace zapping con la propia vida” en elocuente expresión de ORIZO.

 

[13]  Cf. L.E. ALONSO, Trabajo y ciudadanía, Trotta, Madrid 1999.

[14] Empresas de Trabajo Temporal. Paradójicamente, para detener en parte la desmesura  de sus abusos, rayanos en la neo-esclavitud, ha tenido que empezar a legislarlas de modo más restrictivo el siguiente gobierno conservador del PP.

 

[15] F. CONDE, Crisis de la sociedades de consumo de masas y nuevas pautas de consumo de drogas, Revista de Estudios de Juventud nº 37. Instituto de la Juventud, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Madrid 1996.

 

[16] No se olvide que los más jóvenes cobran menos, precisamente en razón de su edad. Formalismos como “contrato de aprendizaje” o  “contrato de formación en prácticas”, encubren las más de las veces, al menos en nuestra experiencia, modos de ahorrarse costes salariales y cotizaciones, obviando sin pudor alguno la enseñanza  del oficio.

 

[17] Citadas,  en F. CONDE, Los hijos de la desregulación... o.c.81-99.donde desarrolla las connotaciones del nuevo consumo juvenil.

 

[18] Nada como ver ese vídeo para darse cuenta de lo que divierte y entretiene a nuestros jóvenes y el universo de valores (o contravalores) que propone. Como botón de muestra, Hitler y Gandhi aparecen juntos, en paridad de condiciones, ardiendo en las llamas del infierno para regocijo de un Demonio en concubinato con Sadam Husein. Lo último, al menos, puede pasar.

[19] La que llama C.DIAZ “juventud sin maestros”.

[20] En expresión habitual de María Dolores RODRIGUEZ:

 

[21] F.CONDE, Las representaciones sociales  sobre la salud de los jóvenes madrileños, Documentos Técnicos de Salud Pública, Consejería de Sanidad y Servicios Sociales, Madrid 1997.

 

[22] El Informe del PNCD dirigido por GAMELLA en 1996, Drogas de síntesis,  señalaba como en no pocos casos, los jóvenes estaban tomando aspirina y poco más, pero convencidos de los efectos mágicos del éxtasis, no paraban en toda la noche: pumba, pumba, dale, dale... al ritmo trepidante y machaconamente repetitivo de la música bakalao.

 

 

[23] MARTINEZ REGUERA, E., Sobre la contención y los límites que se deben imponer a los niños, Revista El Canijín nº 20, diciembre de 2000, 6-8.

[24]  F.SAVATER, El valor de educar, Ariel, Barcelona, 1997.

 

[25] Los ejemplos se pueden multiplicar sin caer en la demagogia. Los que antaño pretendían producir cultivos ecológicos, hoy siembran de uranio empobrecido, o de plutonio enriquecido, los campos de media Europa; entonces defendían delante de los grises la libertad, hoy, muchos de ellos, “cátedros” de derecho, por poner lo que me es más próximo, piden esa misma libertad pero sólo para políticos corruptos o narcos de postín capaces de pagarles las suculentas minutas que les pasan.

 

 
Actualización sábado, 26 junio 2004 a las 17:00:29
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