Padre amoroso del pobrE

-Signos del Espíritu en lugares de sombra-

CONFER: DEPARTAMENTO DE P. JUVENIL VOCACIONAL

Jornadas Nacionales de PJV

Días 27-29

Título de las Jornadas: “Don en tus dones espléndido”

“PADRE AMOROSO DEL POBRE”
-
Signos del Espíritu en lugares de sombra-

 
 Manolo Barco, Sacerdote del Prado

 

I.      PUNTO DE PARTIDA: EL ESPÍRITU NO CESA DE ACTUAR EN EL MUNDO

 

Me anima una convicción de fe con la que pongo en marcha mi reflexión, porque es esa misma convicción la que anima y dinamiza mi vida cotidiana y con la que intento situarme todas las mañanas al darle a Dios los buenos días. Esta convicción es la siguiente: “El Espíritu Santo me apremia a compartir la vida de los pobres de la tierra, de los más empobrecidos del mundo obrero y de mi barrio y a descubrir en sus rasgos el rostro de Cristo, para poder acoger en ellos, a los que he sido enviado, el Evangelio que tengo el encargo de anunciarles”

 

Es el mismo Espíritu el que nos apremia a compartir la vida de los pobres y empobrecidos, el que, antes de que nosotros lleguemos, está ya trabajando y configurando la vida y corazón de los hermanos con los rasgos del rostro de Cristo; es el mismo Espíritu quien va fecundando en ellos –aunque aún ellos no sean conscientes- la semilla de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. “El Espíritu Santo se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas maneras” (AG 4)

 

“El Espíritu del Señor llena el universo” –como nos dice GS, 11-. Su acción rompe toda barrera y no hay nada, ni institución, ni ideología, ni raza, ni religión, ni limitación alguna que pueda poner puertas a la acción del Espíritu. La acción del Espíritu no está absolutamente condicionada a nuestra acción evangelizadora. Y este rasgo tan fundamental del Espíritu lo podemos afirmar aún de antes de que Cristo fuera glorificado, como nos dice el Concilio: “Sin duda, el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés, para permanecer con ellos eternamente (Cf. Jn., 14,16)” (AG 4)

 

Muchas son las cosas que se le arrebatan a los pobres, muchas son las cosas se le roban a los empobrecidos, hoy sigue siendo verdad, como nos dice Amós, que “venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias” (Am 2, 6). Pero lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu habite en ellos. Lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu los configure y trabaje sus corazones, dinamice sus vidas, les con-forme como un colectivo de “resistencia” ante tanto ataque como reciben, aliente su esperanza aún habiendo sido hechos presas de la tentación de la desesperanza, y que les haga seguir viviendo con sentido la vida, pese a llegar a exclamar no pocas veces “sólo sabemos sufrir”, “uno ya no sabe qué hacer ante tanta cruz”.

Rosana es una joven madre soltera. Mi encuentro con ella se produjo porque se acercó un día al grupo de acogida de la “asociación de parados”. Fernando, un parado de larga duración, le atendió. Nadie mejor que él podía entenderla. En un momento de la conversación, a Rosana se le saltaron las lágrimas, su desolación provocó un ambiente casi-religioso en los que estábamos con ella. Miró para Fernando y, como si Fernando adivinase su interior, le dijo: “¿Hasta donde ha llegado tu angustia?”. Rosana volvió a mirarlo con los ojos rojos y empapados de lágrimas y le pudimos escuchar: “hasta lo peor que se puede hacer en este mundo”. Hizo una pausa, la vergüenza no le dejaba decir lo que en algún momento no muy lejano había decidido. Pero por fin continuó: “Hasta arrojarme por la ventana”. Entonces miró a su hija de cuatro años a quien había sentado junto a ella; la besó y la acarició al tiempo que le decía: “pero tú fuiste quien me dio fuerzas...”. Volvió a mirarnos y dijo: “Es lo más bonito que tengo en mi vida y lo que más quiero. Es lo que tengo”. La niña se abrazó al cuello de su madre y la besó. El cariño, el amor, la ternura, la entrega de Rosana a su hija, le habían hecho volver a apostar por la vida. La hija de Rosana estaba encarnando, para más de uno de los que estábamos allí, la fuerza del amor, la fuerza del Espíritu. Elena, la hija de Rosana, estaba encarnando al Espíritu como padre-madre amoroso de su misma madre pobre. Hay cosas muy grandes que el instinto maternal reflejan. Hay “cosas” muy pequeñas –como Elena- que simbolizan y expresan la presencia de la vida, del amor, del Espíritu en medio de los pobres. Fernando le dijo: “Esa misma tentación también la he tenido yo”. Es el Espíritu quien a los mismos pobres y empobrecidos les hace vivir lo que todos después cantamos como experiencia religiosa: “los pobres siempre esperan el amanecer de un mundo más justo y sin opresión”.

 

El Espíritu, como “padre amoroso del pobre”, no se nos revela en primer lugar porque la sombra, la precariedad, la opresión o la injusticia despierten en nosotros ganas de optar, de luchar, de comprometernos a favor de una vida digna para todos, a favor de la justicia y de la paz. El Espíritu, como “padre amoroso del pobre” se nos revela como tal porque realmente el Espíritu habita en los pobres, co-habita con los empobrecidos y de esta manera se comporta verdaderamente como “padre y madre los pobres”. De ahí, como veremos más adelante y como en síntesis lo expresaba al comenzar esta reflexión, a nosotros, pobres o no tan pobres como aquellos a los que somos enviados, se nos invita en primer lugar a descubrir la acción de este Espíritu, y al Espíritu mismo, en la vida de los empobrecidos; y, desde ahí, a encontrarnos con ese Espíritu y, lógicamente, a descubrir de qué manera podemos continuar con la obra que Él ya ha empezado. Es decir, antes que maestros, nos colocamos como discípulos y aprendices a los pies de los pobres y empobrecidos para aprender, para descubrir en ellos el Espíritu de Dios, para acoger la buena noticia de Cristo que después hemos de anunciarles. Ellos son nuestros maestros.  Así será como, en nuestro encuentro con los pobres, ellos serán reconocidos desde el principio –los ha hecho ya el Espírtu- sujetos y protagonistas. De ahí que nos dejemos enseñar por ellos para llegar nosotros a ser discípulos del Evangelio de Jesucristo, en quien somos llamados a ser apóstoles. Así evitamos el caer en la tentación, en nuestro encuentro con los pobres y empobrecidos, de situarnos nosotros siempre como maestros, como los que vamos a dar y nunca a recibir, a aprender.

 
II.    EL ESPÍRITU DE DIOS CO-HABITA ENTRE LOS POBRES O EL ESPÍRITU COMO SIGNO DE DIOS EN LAS SOMBRAS

 “Derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día” (Jl 3, 1-2) De esta manera el libro de Joel ofrece al pueblo la gran promesa. Una promesa que nosotros la descubrimos cumplida en el Pentecostés de después de Pascua. “Estos no están borrachos, como suponéis; no es más que media mañana. Está sucediendo lo que dijo el profeta Joel: en los últimos días –dice el Señor- derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán” (Hch 2, 16-18).

El libro de Joel, aunque solo habla del Espíritu de manera explícita en el capítulo 3, 1-2, podemos decir que todo él se sustenta en el don del Espíritu Santo y que está ligado a la promesa/cumplimiento de nueva vida. Pero esta promesa del Espíritu que aparece en el libro de Joel es una promesa hecha a un pueblo viviendo una realidad pobre, negativa y hasta incluso maldita: “Lo que dejó el saltamontes lo comió la langosta, lo que dejó la langosta lo comió la cigarrón, lo que dejó el cigarrón lo comió el langostón... convierte el viñedo en desolación, reduce las higueras a astillas; pela, descorteza, hasta que blanquean las ramas.. en el templo del Señor cesaron la ofrenda y libación, hacen duelo los sacerdotes que sirven al Señor. Asolado el suelo, hace duelo la tierra: el grano está podrido, el vino seco, el aceite rancio; están defraudados los labradores, se quejan los viñadores por el trigo y la cebada, pues no hay cosecha en los campos. La viña está seca, la higuera marchita, y el granado y la palmera y el manzano, los árboles silvestres están secos, y hasta el gozo de los hombres se ha secado. Vestid de luto, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de mi Dios, porque faltan en el templo de nuestro Dios ofrenda y libación... ¿No estáis viendo como falta en el templo de nuestro Dios la comida y la fiesta y la alegría? Se han secado las semillas bajo los terrones, los silos están desolados, los graneros vacíos, porque la cosecha se ha perdido” (Jl 1, 4-18)

Es una realidad dura, doliente, que se sufre... Y Joel pasa a continuación a la promesa de bendición, fruto del don de Dios y de la conversión del pueblo. La promesa es algo que se podrá disfrutar: “Quizá se arrepienta (el Señor) y vuelva, dejando a su paso bendición, ofrenda y libación para el Señor, vuestro Dios... Perdona, Señor a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio, no la sometan los gentiles, no se diga entre los pueblos: ¿dónde está su Dios? El Señor tenga celos de su tierra y perdone a su pueblo. Entonces el Señor respondió a su pueblo: Yo os enviaré el trigo, el vino, el aceite a saciedad, ya no haré de vosotros el oprobio de los paganos; ... No temas, suelo; alégrate, haz fiesta, porque el Señor ha hecho proezas; no temáis fieras agrestes, que las dehesas de la estepa germinarán, los árboles darán sus frutos, la vid y la higuera darán su riqueza. Hijos de Sión, alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el chubasco. Las eras se llenarán de grano, rebosarán los lagares de vino y aceite; os compensaré los años en que devoraban la langosta, el saltamontes, el cigarrón y el langostón, mi gran ejército que envié contra vosotros. Comeréis hasta hartaros y alabaréis al Señor, vuestro Dios, que hizo prodigios por vosotros; sabréis que yo estoy en medio de Israel y mi pueblo no quedará defraudado. Yo soy el Señor, vuestro Dios, y no hay otro, y mi pueblo no quedará defraudado” (Jl 2, 14-27)

 El Señor regala al pueblo la oportunidad de profundizar en el conocimiento de Dios, de hacer una experiencia espiritual del Dios que da vida a todo, además de rehacer el culto. Este don del Señor supera toda expectativa anterior que tenía el pueblo y el Señor Dios se hace presente como un habitante más de esta nueva vida: “Aquel día los montes manarán licor, los collados se desharán en leche, las cañadas de Judá irán llenas de agua; brotará un manantial en el templo del Señor que engrosará el Torrente de las Acacias.. Judá estará habitada siempre, Jerusalén sin interrupción.. y el Señor habitará en Sión” (Jl 4, 18-21)

 Partiendo de una situación y realidad pobre también se pueden descubrir signos de la presencia de Dios, de la acción del Espíritu hasta llegar a alabarlo y glorificarlo. Más aún, parece que hubiera que partir de ahí necesariamente para convertir nuestra mirada y nuestro corazón y para que el don de Dios, que co-habita en nuestra tierra y nuestra historia, lo podamos descubrir, nos podamos encontrar con su novedad y acoger la promesa liberadora. Estamos llamados a partir de esta realidad precaria, humillada y empobrecida para reconocer en esos espacios y tiempos la presencia del Espíritu que quiere hacer de ellos colectivos y grupos humanos habitables, humanamente habitables, dignamente habitables. El Espíritu también nos llama a colaborar con su acción.

 Descubrir la acción del Espíritu de Dios con una mirada en profundidad y con un corazón transformado y misericordioso en medio de la precariedad, de la pobreza, de los empobrecidos, de los excluidos y vejados es al mismo tiempo gracia de Dios, don de Dios, promesa cumplida de Dios. Dios se hizo presente en Egipto, Dios se hizo presente el cautiverio del pueblo, en Babilonia. Dios se hace presente en lo que no es nada a los ojos de este mundo. Dios quiere ser descubierto y adorado en espíritu y en verdad en medio de los desheredados de este mundo para, desde ahí, posibilitar que ellos sean conscientes de su presencia y que todos lo acojamos y gocemos de su promesa. Una adoración de Dios así y desde ahí es provocativa: provoca admiración, desconcierto y también burla, es verdad (“Están bebidos” Hch 2, 13), pero no deja indiferente. Jesús también provocó lo mismo: admiración, desconcierto y hasta burla: lo llamaron borracho (Mt 11, 19) y hasta lo tacharon de indeseable por habitar la realidad del pobre, la realidad negativa y hasta maldita. Pero fue ahí donde descubrió la fe del centurión, lo mucho que había amado la pecadora, el gran corazón de la viuda, la posibilidad de que unos toscos y pobres pescadores llegaran a ser sus primeros discípulos y apóstoles, la confianza de la sirofenicia y la gratitud del leproso extranjero. Y fue ahí, en esa realidad, donde él habitó para salvarla. Antes, el Espíritu de Dios había visitado a María, una mujer sencilla, pobre que habitaba en un pueblo insignificante y humillado para “cubrirla con su sombra” y así naciera de ella el Mesías de los pobres. Por eso, los que se dejan llevar del Espíritu del Señor, han de hacer como Jesús hizo y como María después cantó en el margníficat: habitar la tierra encadenada para descubrir en ella la acción del Espíritu y poder colaborar en la acción que el mismo Espíritu ya ha comenzado en el corazón de esa tierra. Solo así podemos entender que es el Espíritu quien trabaja y que a nosotros nos toca sudar.


A.    Descubrir en las sombras los signos de la acción del Espíritu:

«El poder de Dios lo ha exaltado, y él habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha derramado,  como estáis viendo y oyendo» (Hch 2, 33) 

1.     Las sombras como signos:

a)    + Cuando la increencia es trabajada por el Espíritu

«Los creyentes judíos que habían venido con Pedro quedaron asombrados de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos» (Hch 10,45) «Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, que asentó la tierra y su vegetación, que concede aliento a sus habitantes, y espíritu a los que se mueven en ella». (Is 42,5)

(1)       El señor Pablo, o la honradez al servicio de la reconciliación

                  "Pablo es un señor may?or del barrio. Es militan?te del PCE. Uno de los más ac?tivos a pesar de su edad. Ha hecho unos esfuerzos enor?mes por la reconciliación de las distintas fuerzas políti?cas y sociales del barrio... Eso le ha traído el enfren?tamiento con muchos camaradas tradici?onales de su partido. Habla de ellos con dolor, pero nun?ca con desprecio. En la guer?ra estuvo encarcelado y con?denado a muerte. Allí viv?ió una experiencia un poco dura que relaciona con el clero. Nunca ha sido creyent?e, a no ser  en sus primeros años de uso de razón. En la cárcel fue golpeado con un crucifijo en la cabeza por parte de una persona religiosa que les atendía. Nunca se le ha visto el mínimo resabio. Con motivo del trabajo en la Asociación de Vecinos hemos hablado muc?ho, hemos compartido, no solo el  traba?jo, sino también la experien?cia, sentimientos  y reflexio?nes a partir del mis?mo traba?jo y de nuestras vidas. Los dos sabemos perfec?ta?mente donde nos en?contramos uno yotro. Su vida y su acción han sido objeto de contempla?ción por mi parte, ley?éndola a la luz del Evan?gelio, rezándola...Y eso me ha servido aún de contenido en las con?ver?saciones con él. Ya que él com?partía conmigo las suyas, hechas desde su proyecto de vida e ideología, yo compartía con él las mías, hechas desde mi proyecto de vida, desde mi ideología y desde mi fe. Por eso, en nuestra conversaciones, yo también le hablaba de cómo su vida aparecía para mí como un regalo y cómo yo en su vida descubría presencia de Dios y del Espíritu y cómo desde ahí, lo valoraba también. Un día lo invitamos a dar una charla a los jóvenes de la parroquia sobre la militancia en el barrio. Pablo, en aquél encuentro, insistió mucho en la importancia de la reconciliación, en la importancia de trabajar por la paz, de hacer todo lo posible para que se desterrara del corazón el odio, de lo importante que es la solidaridad. Pablo –conociéndole- estaba hablando de algunos de los aspectos de su vida que él había ido descubriendo y que ya los estaba viviendo. Cuando le pedía que fuera dar la charla, el se quedó sorpren?dido de la invitación y, des?pués de pensarlo mucho, ac?cedió. Sus camaradas se iban a enterar y eso iba a traerle complicaciones. La sorpresa, por otro lado, era parecida a la samaritana con Jesús: "¿Có?mo tú, siendo cris?tiano y cura me pides a mí, que no soy creyente, que vaya a dar una charla a un grupo de jóv?enes de la parroquia?"[i]. Le comenté las razones y cómo él había contribuido a convertirme ante mis par?roquianos, visceralmente en contra de los comunistas y de él; unos parroquianos que vivían -algunos de ellos- la fe desde la sacristía. Le recordé como su testimonio con los camaradas del par?tido, cerrados en sus ideas, me había ayudado a mí a  abr?irme y a querer un poco más a esos cristianos de la par?ro?quia "encerrados en la sacri?stía".

                  Otro día, compartiendo con  él los problemas del barrio, le fui diciendo como los vivía yo y desde donde, con lo cual le expresé una vez más la contemplación que hacía de dicha realidad desde algunos aspectos de mi fe. En la conversación salió el pro?blema que tenían por entonces en el partido. Me interesé por la situación y por cómo lo vivía él. Se le veía preo?cu?pado. Al final, al desped?ir?nos, cuando le acompañé a su casa, le dije: "Pablo, que se solucionen pronto y de la mejor manera posible. Yo ya rezo por ello..". Pablo me miró muy agradecido y dijo: ?"Gracias, Manolo, sigue reza?ndo que buena falta nos hac?e, aunque ya sabes que yo...."

                  Es verdad que todo esto a Pablo no le ha hecho creer, hoy por hoy. Además, es seguro que tiene cerca de sí a otros cris?tianos muy comprometidos en su partido, con un buen estilo cristiano y con un tes?timonio más fuerte y de más garra que el mío. Pero lo que sí que Pablo sabe es que se puede vivir su mis?ma vida desde las claves de la trans?cendencia. Con lo que Pablo marchará a la otra vida (Dios quiera que tarde) será con la experiencia de que la hay personas que la vida del pue?blo "la rasgan" y la abren a la transcenden?cia, sin que por eso traicione, se desen?tienda o pase de lo que para él es fundamental. Y eso de alguna manera, él lo pred?ica entre sus camaradas.

                  ¡Cuantas veces he contemplado desde la palabra de Dios una serie de rasgos de la vida de Pablo!: sus esfuerzos por la reconciliación de unos grupos y otros del barrio; su sencillez, comprensión y perdón ante las reacciones negativas que algunos cristianos tuvieron con él cuando estuvo en la cárcel; su capacidad de compartir, desde lo profundo de su ser, su vida, su militancia, sus convicciones y las consecuencias que todo ello le acarreaba por parte de algunos de sus camaradas de partido; la importancia que daba a trabajar por la paz y a la acción común de unos y otros; el esfuerzo que ponía para desterrar odios; su sentido de la solidaridad y su compromiso real desde las estructuras populares; su acogida hacia mí y el respeto a las personas de la parroquia y de la Iglesia... La contemplación de esta riqueza de vida hecha desde la Palabra de Dios, me ayudada a descubrir una y otra vez la presencia del Espíritu en su vida y a acoger las llamadas a la conversión en mi propia vida.


(2)  La incredulidad, llamada del Espíritu a vivir y despertar la fe

+  Conversión al dis?cipulado y seguimiento de J.C.

Ante el mundo de la increencia, hoy vivida por postcristianos en su mayoría, nos sentimos invitados, por un lado ser muy respetuosos, a volver a lo esencial en nuestra vida de creyente: a potenciar nuestro ser de discípulo y a replantearnos a fondo el seguimiento a Jesús; y, por otro, a hacer y vivir un acto profundo de fe: que el Espíritu sigue trabajando el corazón de estas hermanas y hermanos y que hemos de estar muy atentos a descubrir sus signos, su acción en ellos para saber colaborar en la dirección que el Espíritu está marcándonos. Es en el fondo una llamada a tomar conciencia de que "No me elegisteis vosot?ros a mí, sino que os elegí yo a vosot?ros" (Jn 15, 16). Es una llamada a una conversión profunda por nuestra parte: "En verdad te digo, el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es Espí?ritu" (Jn 3, 3-6). Es una llamada a descalzarse ante la vida de estos hermanos, como tierra sagrada que son también, a acogerla en la oración y a compartir esa experiencia con ellos.

 * Dar el paso a la intimidad de Dios.

El espacio de la increencia es un espacio privilegiado donde el apóstol puede hacer la experiencia de la debilidad ante la misión que tiene encomen?dada y descubrir que, también el Espíritu actúa en la debilidad del testigo. Y esta experiencia ha de convertirla en experiencia espiritual, es decir, hacer de la experiencia de debilidad, experiencia de Dios. Ha de recordar el apóstol: "Los llamó para estar con El" (Mc 3, 14). Y desde ahí acoger la invitación que se le hace para pasar de siervo a amig?o: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os he llamado ami?gos" (Jn 15, 15); y ahí  "dar la con?fianza" a Aquel que previamente se la dio al llamarle a su familiaridad. Es aquí donde yo voy descubriendo que lo que me traigo entre manos no es una cuestión de ideolo?gía, no es una doctrina, sino que "una Vida" que se me in?vita a seguir para poderla ofrecer en gratuidad.

                  La grandeza de la mis?ión encomendada y la pobr?eza y debil?idad que se experimenta, vivida desde el corazón de Dios y dejándose llevar por la fuerza del Espíritu, le invitan al apóstol a hacer la experiencia de Pablo: "Cuando vive a vuestra ciudad para anunciaros el designio de Dios, no lo hice con alardes de elocuencia o de sabiduría, pues nunca entre vosotros me he preciado de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado...Mi palabra y mi predicación no consistieron en sabios y persuasivos discursos; fue más bien una demostración del poder del Espíritu” (I Cor 2, 1-5)


* Llamada a cambiar el sentido de la eficacia. 

                  Mi experiencia como consiliario de JOC, como Delegado de Pastoral Obrera y como sacerdote en barrios populares me han ido ayudando a comprender de otra manera lo que significa la fecundidad del siervo que apuesta por los siervos para hacerlos hijos. Mi tarea en estas plataformas de evangelización, dirigidas a la evangelización en ambientes donde la increencia se ha ido metiendo en el corazón de tantos y tantos hermanos y hermanas, me va haciendo entender  un poco más la efi?cacia del grano de trigo que cae en tierra. Intento y pido al Espíritu hacer mías en mi vida las palabras que Pablo  decía a los Gálat?as: "Hijos míos, por quien sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo for?mado en vosotros"[ii]


b)    + Cuando el Espíritu habita los colectivos empobrecidos y excluidos

"Porque así dice el Altísimo, el que vive para siempre, cuyo nombre es "santo": habito en un lugar alto y sagrado, pero también estoy con el contrito y el humilde para confortar el espíritu de los humildes, para confortar el corazón de los contritos”. (Is 57,15)  "Así dice el Señor a estos huesos: os voy a infundir espíritu para que viváis. Os recubriré de tendones, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor. Entonces él me dijo: profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: esto dice el Señor: ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan. Profeticé como el Señor me había mandado, y el espíritu penetró en ellos, revivieron y se pusieron en pie. Era una inmensa muchedumbre". (Ez 37, 5-6.9-10)

 

Uno de los colectivos más empobrecidos en estos momentos históricos es el colectivo de los que sufren la lacra y el drama del desempleo y de la precariedad en el trabajo con las consecuencias humanas, familiares, sociales y económicas que lleva consigo. «Los años de desarrollo primero, el impacto de las nuevas tecnologías después, la mundialización de la economía, y, por último, la crisis y las estrategias de salida de la crisis basadas en la flexibilización del mercado de trabajo impuestas por el capital, han provocado en el mundo del trabajo transformaciones profundas, una creciente fragmentación y heterogeneidad, una pérdida importante de la conciencia obrera y, en importantes sectores del mundo obrero, un progresivo empobrecimiento, que llega hasta, lo que se denomina hoy "exclusión social"». (PO  p 13) « Cuando el trabajo y sus condiciones se ven profundamente deteriorados, como ocurre en estos momentos, toda la vida personal, familiar y social se ve afectada negativamente. Y Juan Pablo II nos lo ha dicho con claridad: «el trabajo... ocupa el centro mismo de la cuestión social» y «es una clave, quizás la clave esencial, de toda la cuestión social» (GS 38. LE 3)». (PO p 22)

Este es un colectivo al que el sistema lo ha excluido del mundo laboral y al que lo ha empobrecido realmente.  «Es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros. .. Es necesario someter en el futuro estos mecanismos a un análisis atento bajo el aspecto ético-moral» (SRS 16). Aquí está la raíz de las situaciones de explotación, de pobreza y de creciente exclusión social que existen dentro del mundo obrero». (PO p 14)

Todos sabemos que el drama del desempleo genera después otros tipos de pobrezas, sobre todo en aquellos desempleados de larga duración. Familias que no tienen los mínimos recursos para mantenerse dignamente; parejas que a causa de esta lacra entran en procesos de crisis; hijos con un fracaso escolar grande, con problemas de relación, con problemas psicológicos; jóvenes que no pueden hacer el mínimo proyecto humano de futuro; personas con depresiones, con un gran sentimiento de inutilidad y frustración; un colectivo en el que se ha sembrado la desconfianza respecto a las instituciones y organizaciones sociales, políticas, sindicales y hasta religiosas. «De este modo, la Doctrina Social de la Iglesia, reconoce el sentimiento que hay en el mundo obrero de cómo en extensas capas de su seno se va instalando el sufrimiento y la marginación social. La regulación, que, legalmente o al margen de la ley, se está imponiendo a muchos trabajadores es, en múltiples ocasiones, incompatible con la dignidad de la persona humana y con el respeto a los derechos humanos. Todo ello va creando una situación social en la que, si bien no se puede identificar el mundo obrero con los pobres, éstos sí son una parte muy importante del mundo obrero y tienen una estrecha relación con él. El Papa nos lo ha dicho con toda claridad y contundencia: «Los pobres... aparecen en muchos casos como resultado de la violación del trabajo humano; bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo -es decir, por la plaga del desempleo-, bien porque se desprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia» (LE 8).» (PO  p 15)

Acompaño desde hace bastantes años a un colectivo de parados en una zona del barrio de Vallecas donde vivo y dentro del territorio parroquial en el que soy uno de los sacerdotes. El barrio de Vallecas tiene en estos momentos un índice de parados del 25,7%. Y en la zona en la que estoy calculamos que el índice de paro está alrededor del 35 ó 40%. Es una zona de remodelación donde han traslado cerca de tres mil familias. Son muchos y muy graves los gritos que día a día escucho de mi gente. Es una zona realmente empobrecida y vertebrada por la exclusión. La mayoría no tiene cualificación laboral, son personas muy sencillas; algunos no saben leer ni escribir; hace un año, después de un proceso de formación con ellos, once accedieron al graduado escolar. Junto a los problemas económicos graves, están las depresiones, el fracaso escolar de los hijos, los problemas de pareja, de alcoholismo... Algunos están tocados por el sida.... Los encuentros que tenemos todas las semanas en el colectivo de parados se convierten, no pocas veces en compartir esos gritos, quejidos y lamentos, al mismo tiempo que organizamos acciones, buscamos como concientizar al resto del barrio, lo invitamos a participar en las luchas que a nivel zona y de todo Madrid se están llevando a cabo, trabajamos para que los mismos parados sean cada vez más protagonistas de sus vidas y acción, llevamos un proceso educativo-evangelizador y, de vez en cuando, cuando nos llega algún trabajo, entre todos discernimos para quien debe ser según unos criterios que nos dimos en asamblea. Este colectivo va haciendo un proceso lento. A veces descubrimos más las sombras que la luz del Espíritu en él. Pero cuando nos paramos a pensar y orar sobre la vida de este colectivo y descubrimos su resistencia en medio de tanta precariedad, su permanencia a pesar de que los mínimos vitales la mayoría no los tiene cubiertos, su participación en la lucha para aportar su grano de arena al proceso liberador y reivindicativo de los parados a pesar de estar tan castigados y de la tentación de la desesperanza rondándole el corazón, su apuesta por los demás aún a pesar de tantos y tantos problemas que les encadenan el corazón y hasta el espíritu.. ¿¡cómo no nos vamos a encontrar con la presencia del Espíritu en el corazón mismo de sus sombras!? Es ahí, en la vida de estos hermanos y colectivo donde me siento invitado a dar gloria al Señor y a reconocer palabra de Dios y acción su Espíritu: "Porque así dice el Altísimo, el que vive para siempre, cuyo nombre es "santo": habito en un lugar alto y sagrado, pero también estoy con el contrito y el humilde para confortar el espíritu de los humildes, para confortar el corazón de los contritos”. (Is 57,15)

 Hace pocos días, estando reunidos en asamblea con este colectivo de parados, alguien informa de una oferta de trabajo para las mujeres. Un trabajo que iba a sacar de pocos apuros, pero que “lo poco” para este colectivo es más de lo que uno con trabajo fijo se imagina. Para ver quien iba a coger ese trabajo, hicimos un sencillo discernimiento. Alguien recordó los criterios que nos habíamos dado: - El que entienda del trabajo que se ofrece. – El que más lo necesite, aunque haya llegado el último. Y, una vez que se cumplieran estos dos requisitos-: - Tendrán prioridad los que más comprometidos estén con los demás trabajando en la asociación. El trabajo que se ofrecía lo podían hacer bastantes de las mujeres, pues entendían de ello. Para ver quien lo necesitaba más, cada una fue diciendo en la situación en la que estaba tanto a nivel personal como familiar... No era fácil, pues las situaciones de cada una eran muy parecidas en cuanto a la precariedad. Maribel y su marido Antonio destacaron por su gran generosidad señalando a Rosi como la persona para quien debería ser el trabajo. Los dos están enfermos, con una enfermedad crónica que les va deteriorando día a día y no tardando mucho, pueden quedar inútiles para cualquier trabajo. Son un matrimonio joven y con dos hijas. Es verdad que la mayoría de los presentes pensaron que también Rosi. Pero Antonio y Maribel inclinaron más aún la balanza. Más de uno nos dimos cuenta de la finura y generosidad de este matrimonio, de su gran humanidad y de su capacidad para meterse en el pellejo de los otros. Más de uno que participamos en el Equipo Parroquial de Pastoral Obrera leímos después este gesto desde la fe descubriendo el paso de Dios y la presencia del Espíritu en este pobre, pero gran matrimonio, que es capaz de no reivindicar para sí algo que, tal vez, objetivamente, le correspondiese, por lo menos al mismo nivel que a la persona más necesitada a quien se le asignó dicho trabajo. «Así dice el Señor a estos huesos: os voy a infundir espíritu para que viváis. Os recubriré de tendones, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis, y sabréis que yo soy el Señor"». (Ez 37, 5-6)

A Antonio y Maribel la enfermedad tal vez –ojalá no fuera así- le va minando la carne y los huesos, la piel y hasta los nervios, pero el Espíritu les va dando vida y estamos colaborando para que cada día sean más conscientes de que “Dios es Dios” y que Espíritu del Señor habita en ellos.

 
c)     + Cuando el Espíritu prefiere habitar en el corazón de los explotados y oprimidos.
 
«Este es mi siervo a quien sostengo, mi elegido en quien me complazco. He puesto sobre él mi espíritu» (Is 42, 1). «Infundiré sobre vosotros mi espíritu, y viviréis; os estableceré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago, oráculo del Señor» (Ez 37, 14). «Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad» (II Cor 3,17)

(1)  Cuando el Espíritu actúa en la debilidad

            José Luis llevaba muchísimo tiempo en el paro. Había engrosado las listas de “Parados de larga duración”. Conoce lo que es la depresión, el tener que pedir para poder dar de comer a sus cinco hijos, el vagar sin rumbo por las calles o el pasarse días enteros sin pisar la acera. Hace unos días encontró un trabajo precario en la construcción. De su alegría participamos todos, como lo solemos hacer cuando a alguien le sucede lo mismo. Estuvo trabajando mes y medio. Desde entonces, los días que podía asistir, solía llegar tarde a las reuniones del colectivo. Hace unos días nos sorprendió porque llegó muy pronto. Los ojos de todos se clavaron en él expresando interrogantes y temiéndonos lo peor. Tardamos en reaccionar... “¿Qué tal el trabajo?” “Cómo has salido hoy tan pronto?”... Nadie se atrevía a formularle la pregunta cuya respuesta nos temíamos.... “Ya no tengo trabajo... me han despedido... bueno, me he tenido que marchar...”. Dejamos la preparación de un acto que estábamos organizando contra el paro en la zona y todos les prestamos la máxima atención. “Los últimos quince días han sido horribles. Nos obligaban a echar muchas horas y a ir a trabajar los sábados. Yo le dije al encargado que no estaba de acuerdo, que mientras unos echábamos tantas horas, otros están en paro desde hace tiempo, que eso era una injusticia... Me trasladaron de lugar, a una zona que, para que lo entendáis, me obligaban a hacer trabajos muy duros, moviendo mucho peso y sin los mínimos medios... No tenía ni agua para lavarme... Al final... ya veis...”. «Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza, de espíritu del Señor, de justicia y de valor, para echar en cara a Jacob su crimen y a Israel su pecado.» (Miq 3,8) Todos nos quedamos en silencio. Unos y otros nos cruzábamos las miradas... No era difícil descubrir la opción por la justicia y fraternidad que de manera sencilla José Luis nos regalaba, convirtiéndola en denuncia. Al margen de si, en situaciones así y en las circunstancias que él está, hubiera sido mejor callarse, ir creando conciencia en sus compañeros y no tener que haber denunciado él solo esa situación de injusticia, lo que sí aparecía muy claro para todos era esa sensibilidad y opción por la justicia, ese “grito” reivindicando su dignidad de persona y la de tantos y tantos empobrecidos. Lo que más de uno descubrimos, y después comentaríamos con unas expresiones u otras, era el paso de la acción del Espíritu trabajando el corazón de este hermano, gritando y haciendo verdad la justicia, la reivindicación de la dignidad humana y la fraternidad de los pobres. En José Luis se hacía verdad que si “los pobres siempre esperan el amanecer de un día justo y sin opresión” no lo hacen con los brazos caídos, sino poniendo en juego cosas muy importantes.«Derramaré agua sobre el sediento suelo, arroyos en la tierra ardiente; derramaré mi espíritu sobre tu estirpe, mi bendición sobre tu descendencia». (Is 44, 3)

(2)  la llamada del Espíritu a comprometerse optando por la justicia y a suscitar personas comprometidas

 Estos son para mí algunos de los espacios sagrados más privilegiados desde donde oro, me encuentro con Dios, descubro las huellas de su Espíritu. Desde aquí celebro la Eucaristía y la Eucaristía me reenvía de nuevo a ellos. En ellos recibí la llamada del Espíritu a comprometerme con su causa y con ellos y otros hermanos y hermanas del Equipo Parroquial de Pastoral Obrera intentamos progresar en ese compromiso al tiempo que intentamos que otros, pobres como ellos, descubran la alegría y sentido de la vida que supone el amor, la entrega y la solidaridad para colaborar juntos en la transformación de este mundo en Reino Dios. La llamada a la que estamos intentando responder es a abrir procesos educatiavo-evangelizadores. Procesos que partan de la vida y situaciones reales, de sus búsquedas y aspiraciones, de sus precariedad y necesidades más profundas y de la vida, búsquedas, aspiraciones y necesidades de los que están como ellos, en la misma o parecida situación. Por eso, despertar la conciencia colectiva y social a partir de lo que vivimos, nos parece fundamental en dicho proceso. Es fundamental de cara a la acción, fundamental de cara a la promoción, fundamental de cara a ir rehaciendo unas vidas tan machacadas, fundamental de cara a la comprensión y vivencia del compromiso y de la opción por la justicia compartida con otras organizaciones populares,  fundamental para la comprensión y la experiencia de la fe. Procesos en los que juega un papel muy importante la acción transformadora y la reflexión a partir de dicha acción y de las propias vidas, englobándolas dentro del mundo al que pertenecen y pertenecemos o por el que hemos optado. Es en ese proceso donde nos ayudamos a resituar lo que vivimos desde el proyecto de Reino, que siempre, de manera más o menos explícita, aparece.

             Este ha sido ese paso más que os quería comentar: "El optar realmente porque los hermanos lleguen a conocer a JC sin complejos, pero desde la verdad de la vida y del testimonio, y éste explicitado con todas las precauciones pedagógicas que nos dicte el sentido común evangélico.

d)    + Cuando escasean las vocaciones ¿es que el Espíritu dormita?. El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza

 «Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar  como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13) «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). «El que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8, 27)

                  He querido entender que el objetivo de este punto no es hablar de la vocación, ni de tener que aportar una luz –y mucho menos original- para ver cómo podemos dar con la forma de que surjan más vocaciones en estos tiempos de tanta escasez según nuestros criterios y aspiraciones. En primer lugar porque no soy ningún especialista en este tipo de reflexión, en segundo lugar porque la mayoría de los que estáis aquí, y que tantos esfuerzos gastáis en la reflexión y en la búsqueda de soluciones ante esta situación, entendéis mucho más que yo. Y en tercer lugar porque en un pequeño apunta de esta ponencia, aunque tuviera la osadía de intentarlo, seguro que no lo iba a conseguir.

                  El objetivo de este pequeño apunto está en compartir con todos vosotros algo que vosotros mismos ya sabéis y algo que todos vosotros palpáis: que el Espíritu, a pesar de todos los pesares, sigue trabajando las vocaciones a la vida cristiana, a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal. Y que también lo sigue haciendo en lugares de sombra. Desde aquí, desde donde me he estado situando durante toda la ponencia, me voy a seguir situando ahora.

                   Una convicción que me anima: Si a alguien le interesa que el Reino de Dios salga adelante en este mundo es al Espíritu Santo. Quien más puede hacer para que conseguir este objetivo, el Espíritu Santo. Si alguien tiene la encomienda fundamental de llevar adelante esta misión: es el Espíritu Santo. Nosotros no somos más que unos pobres siervos que al final de nuestra tarea hemos de reconocer: siervos inútiles somos. Lo que constatamos es que cada vez somos menos, quedamos menos, cada vez más mayores y que de seguir así, dentro de veinte años, aunque aumentasen un poquito las vocaciones..., ¿qué va a ser de todo esto?

                   Es verdad que “los siervos inútiles” no están exentos de que la palabra de Dios no solo les dé respuesta a sus aspiraciones más profundas, sino de que esa palabra de Dios les cuestione. Una cosa es ser siervos inútiles según el evangelio, y otra –muy distinta- que seamos una inutilidad además de ser siervos.

                   Tengo la confianza de que el Espíritu, como siempre, nos quiere decir algo ante esta situación y, como siempre, el Espíritu –perdonadme la expresión- “va a sacar tajada”. ¿De qué tendremos que convertirnos en la sociedad y en la Iglesia? ¿Qué querrá el Espíritu conseguir en esta situación? ¿Qué querrá decir con esto a la Iglesia? ¿Y a todas las instituciones eclesiales? En todos los cambios históricos –lo vemos ya en la bilbia- se han producido crisis y Dios, a las ha utilizado para sacar adelante su plan salvador, aún de aquellas que parecía que iban en contra dicho plan divino. Estoy convencido de que la Novedad de su plan Él lo va a llevar adelante ahora como lo llevó en otros momentos. Tal vez nos empeñamos en dar solución a esta situación y esta es nuestra tarea, el empeño. Pero ¿nuestro empeño sigue siendo el “echar el vino nuevo en odres viejos? Creo que estamos emplazados a seguir escuchando al Espíritu en profundidad y solo Dios sabe el tiempo que tendremos que seguir en esta actitud y al mismo tiempo seguir buscando con honradez, con seriedad....

                  No obstante hemos de seguir intentando descubrir los signos de su presencia, leerlos en profundidad y poner todo el empeño en buscar la dirección en la que nos parece que Él nos marca.
 
                  Lo que sí que es verdad es que el Señor sigue llamando. Lo que sí que es verdad es que su Espíritu sigue trabajando y suscitando vocaciones -¿pocas según nosotros?- aún en esos lugares de sombra.

                  Josechu abre así el testimonio que le pidieron en unas Jornadas de Teología en Andalucía: "Soy de una familia obrera y pobre. Desde que me parieron he mamao las injusticias que vienen padeciendo la mayoría de las familias de nuestra clase: marginación, paro... Recuerdo muchas veces que he salido con mi padre a recoger chatarra, cartones..., a rebuscar papas, sandías, melones... para poder salir adelante los ocho que formábamos la familia.

                  Mi padre apenas sabía leer y escribir. Mi madre, ni siquiera eso.. Mi padre, cuando encontraba trabajo era en la construcción... pero ese trabajo siempre desembocaba en el maldito paro, que, junto a otras cosas, le llevaron a ahogar sus penas en el alcohol... Junto a todo esto sufrimos -al igual que otras familias de nuestra desgraciada Andalucía- el desarraigo del pueblo en busca de algo mejor, teniendo, para ello que ir dando bandazos de barrio en barrio, siempre en la periferia de la ciudad.... Hay momentos en que vuelvo mi vista atrás, y me cuesta trabajo creer lo que podía haber sido y lo que soy, ya que en las condiciones en las que me he desemvuelto -tanto familiares como de ambiente- han sido propias para haber caído en lo que han caído muchos de mis amigos: droga, delincuencia..."

                  "Cuando pienso en todo esto, de mi interior surge la necesidad de "Dar gracias a Dios Padre, y a esos militantes y consiliarios... que un día, desde su cercanía, relación, sencillez, confianza, y muchas otras cosas más, me fueron haciendo descubrir un camino -el de Jesús- que cada día intento pisar con más fuerza y seguridad. Me ayudaron a ver, a vivir y a expresar o que sentía, y a luchar contra todo lo que se opone a una vida digna, desde lo concreto y lo cotidiano. Hoy soy consciente de que ese camino es el del Reino de Dios, Reino de Amor, Justicia, Paz... , tan necesario y a la vez  tan ausente de nuestra cruda realidad. Recuerdo muchas veces que el militante venía a la esquina a sentarse y ser uno más de la pandilla. La de veces que me invitaba a salir y compartir lo que tenía conmigo, y poco tenía más que yo. Militantes que se convertían en verdaderos hermanos, que han llorado y reído ante mis situaciones y problemas...... Me he sentido y acogido tal y como soy por esos militantes y consiliarios, y otros cristianos que han transformado mi vida. Me han ayudado a ir superando mis obstáculos personales, y han potenciado mis posibilidades y valores que, como toda persona, tengo".

                  "Quedé muy marcado por la experiencia que viví en mi primer Campamento... Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para juntar el dinero: vendiendo periódicos, casos, papeletas... ¡Pero mereció la pena!. Hasta entonces ya había oído hablar mucho de utopía, Reino, fraternidad... y demás. Fue en esos quince días donde empecé a mascar y digerir esos valores... Una noche, junto al fuego, se hizo una representación. Un hombre que iba por un camino y le asaltaron unos maleantes, y para quitarle todo lo que llevaba le dieron una paliza que le dejaron hecho polvo, en la cuneta "tirao". Al rato pasó por su lado una persona con hábito, le mira y continua su camino. Igual hace otro más tarde, que iba bien vestido y con un libro en la mano. Y, por último, un posible currante -por su forma de vestir- que también pasa; lo ve, se va corriendo para él, le intenta curar lo que puede, se lo echa a cuestas y lo lleva a la venta más próxima para que lo curen y lo cuiden, e incluso deja dinero para asegurarlo.

                  Recuerdo que me cabreé un poco ante la actitud que mantuvieron los dos primeros (éstos no eran más personas que el de la cuneta). Se dio una clara identificación con éste por parte mía. Por el contrario sentí una gran alegría cuando el tercero se detuvo e hizo lo que hizo. ¡Qué gran hombre!, pensé. Fue una verdadera lección para toda la vida: ser solidario de todo aquél con quien me encuentre en mi camino.....

                  Actualmente acompaño a un grupo de ocho chavales de 15 a 19 años, desde hace dos años y medio. Unos estudian.... , otros trabajan, otro está en paro..... Todos ellos de un sector actualmente considerado uno de los mas marginados de... Andalucía .... El grupo surge de la plazoleta, de la esquina, lugares éstos muy frecuentados durante la semana por los jóvenes del barrio...Mi contacto con ellos empieza a ser muy natural..... A partir de aquí, Josechu nos cuenta cómo acompaña y sigue a esos muchachos: reuniones con ellos en la esquina de la calle, acciones que emprenden juntos, invitación que les hace a que participen en acciones más amplias y colectivas, revisión que hacen de las acciones realizadas y de las actitudes en las mismas: participación en el 1º de Mayo, en el Día del Joven trabajador, encuentros, etc...

                  Josechu termina su testimonio diciendo: "Creo que Dios Padre me sigue pidiendo a través de ellos que siga el camino emprendido" La presencia de Josechu en medio de ésos jóvenes, esa presencia silenciosa, callada, cotidiana y continuada, ese acompañamiento y cercanía.... dio frutos misioneros: Esos chavales se están comprometiendo con los demás, van conociendo a Jesús de Nazaret... La experiencia que vivió Josechu a partir de la cercanía y solidaridad de otros jóvenes militantes, cristianos y consiliarios, es la que ahora están haciendo estos chavales, gracias a él: "Me he sentido acogido y querido tal y como soy por esos militantes y consiliarios.. que han transformado mi vida... Me han potenciado mis posibilidades y valores..."

                  En estos momentos Josechu ha hecho los votos con los Hijos de la Caridad. Josechu dejó actuar al Espíritu en su vida y se dejó llamar a través de otros militantes y consiliarios. «El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba» (Ez 2, 2)

            Seguro que conocéis y tenéis muy cerca signos como este. Son signos, son “sacramentos”, de cómo el Espíritu nos sigue acompañando y sigue llamando y sigue actuando en el corazón del mundo, de la juventud de hoy, de los jóvenes del mundo obrero, de la Iglesia en general y las instituciones de la misma.

 Cada vez soy más consciente que, como cristiano y sacerdote, estoy llamado a no quedarme en la apuesta por la promoción y liberación de los pobres, sino que, a partir de ahí y en ese proceso que llevamos juntos, he de trabajar para que conozcan a Jesucristo, vivan todo su proceso de acción y de liberación desde el evangelio y puedan encontrar el sentido profundo a sus vidas desde la Buena Noticia de Jesús, el obrero de Nazaret y Señor de la historia. Nuestra preocupación es también la de “hacer apóstoles pobres para los pobres”. Los pobres están llamados a ser protagonistas tanto en la sociedad como en la Iglesia, a ser agentes de liberación y evangelización y no solo objeto de nuestras caridades y de nuestra tarea evangelizadora. Estoy convencido que también aquí estamos invitados a hacer la propuesta de los distintos carismas con los que el Espíritu nos ha enriquecido. Estoy convencido de que, con toda sencillez, humildad, gratuidad y generosidad hemos de trabajar cada vez más para expresar sin complejos, pero sin obsesiones partidistas e interesadas, la originalidad de los distintos carismas que cada institución y cada uno encarnamos.

 

III.  ¿Cómo descubrir al Espíritu como Padre amoroso del pobre?

A.    La contemplación de la vida o la lectura teologal –espiritual- de la misma.

El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios (GS 11). «Como el mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los ha conducido con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina, así sus discípulos, inundados profundamente por el espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre los que viven, y tratar con ellos, para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las  gentes; y, al mismo tiempo, esfuércense en examinar sus riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador». (AG 11)

                  "Al caer la tarde decís: Está el cielo colorado, va a hacer bueno.. Por la mañana decís: Está el cielo de un color triste, hoy va a haber tormenta. ¿El aspecto del cielo sabéis interpretarlo, y los signos de los tiempos no sois capaces?" (Mt 16, 2)

¡Sal a la calle!

Sal, no tengas miedo, es el Maestro quien te invita.

Adéntrate en el corazón de las per?sonas, en los aconte?ci?mien?tos y en los dinamismos del pueblo, pero de manera especial, del pueblo pobre y sencillo, de los despojos de la sociedad.

Ahí te ha citado Dios.

Mira con objetividad y pro?fundamen?te. Abre los ojos si quieres rezar y ayuda a abrírselos a los que así lo desean. Tal vez ahí, en el espe?sor y objetividad de la vida, des?cubras al Salvador.

Recuerda lo que dice nuestro herma?no L. Boff: "Somos capa?ces de leer el mensaje del mundo: en lo efímero podemos leer lo importante; en lo temporal, lo eterno; en el mundo y en la historia, a Dios.

Y entonces, lo efímero se transforma en señal de la presencia de lo transcen?den?te; lo temporal, en símbolo de la realidad de lo eterno; el aconteci?mien?to, en sacramento de Dios".

Pero sé paciente,

ejercítate con los tuyos.

Es toda una tarea y una gra?cia.

Aprende del Maestro: "Fijaos en la viuda...., valen más sus dos reales que los miles de los ricos...".

Deja que Dios mire la vida a través de tí.

No manipules la realidad,

no le hagas decir lo que no quiere.

Sírvete de los análisis cien?tífi?cos, te ayudarán a ser objetivo.

Te costará desprenderte de prejui?cios ideológicos y mo?ra?listas, pe?ro...inté?ntalo.

Deja que el hermano te descu?bra las heridas  de su cora?zón.

Coloca tu corazón junto al su?yo...Te hará comprender los condi?ciona?mientos y las grie?tas de su historia.

No arrojes enseguida la pie?dra... Escucha...

Tal vez no la arrojarás ja?más.

"Descálzate, la tierra que pisas es santa",

acércate  con cuidado y res?peto... Es la zarza que arde y no se consu?me.

Prepárate. ¡Atento! Dios anda por ahí...,

sus huellas lo delatan....,

su Palabra te ayudará a reco?nocerle en la vida...  Escú?cha?le.

Te descubrirá su plan salva?dor...

Tiene un proyecto libera?dor...¡Obedécele!

B.    ¿Cómo ser testigos de la experiencia del Espíritu como Padre amoroso del pobre?

"Ve, yo te envío".

Esta suele ser su última pa?labra. Acógela.

Vuelve a la vida de nuevo,

pero de una manera nueva, converti?do....

y a transformar las fuerzas que neutralizan el adveni?miento del Reino.

No tengas miedo.

Acoge las llamadas que te susurra. ¡Lánzate!

La realidad de la vida y de la his?toria necesitan ser cam?biadas, ne?cesitan una pa?labra con sentido.

Es la hora de la verdad.

Y para eso, sigue sin olvidar el misterio de la encarnación.

Apuesta por lo irrelevante, como lo hizo Jesús, convirtiéndolo en estilo de Dios.

Que tu presencia sea de calidad y:

No olvides situarte siempre como un discípulo si quieres ser apóstol y testimoniar al Espíritu como Padre amoroso del Pobre.

Fijáte cómo hizo Jesús, marcado por su estilo nazareno:

Jesús, en Nazaret

              aprendió a hacer de la presencia, ENCUENTRO.

              del encuentro, DIÁLOGO,

              del diálogo, TRASVASE MUTUO DE VIDA,

              de la vida, VECINDAD,

              de la vecindad, CONCIENCIA DE PUEBLO,

                                    de la conciencia de pueblo, HISTORIA SOLIDARIA

           


 CUESIONARIO PARA LA REFLEXIÓ 

El ESPÍRITU, “PADRE AMOROSO DEL POBRE”

Signos del Espíritu en lugares de sombra


1.- ¿Cuáles son las realidades de sombra que conoces o en las que vives, trabajas profesional o apostólicamente?

2.- ¿Qué gritos descubres en dichas realidades? Concreta dichos gritos y ponle rostro concreto (personas o grupos)

3.- ¿Qué signos de la acción del Espíritu descubres en ellos? ¿Cómo descubres ahí al Espíritu como Padre amoroso del pobre?

4.- ¿Cómo van configurando tu corazón (tu vida y compromiso) esos hermanos y hermanas, esos colectivos en los que descubres acción del Espíritu?

5.- ¿Cómo les ayudas a tomar conciencia de la presencia del Espíritu en sus vidas? ¿Qué proceso llevas con ellos?

 

6.- ¿Crees que de Nazaret, de esos lugares de sombra, puede salir “algo bueno”; es decir, que  pueden llegar a responder a la vocación cristiana, religiosa o sacerdotal?


[i]. cf. Jn.4,9

[ii]. Gal. 4,19

Actualización viernes, 18 junio 2004 a las 20:19:58
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