MARÍA, MADRE DE JESÚS DE NAZARET

Y MADRE NUESTRA.

MARÍA, MADRE DE LOS POBRES

Entre otras muchas páginas que faltan en mi web, hay una que cuya ausencia es más notable: una página dedicada a María, la madre de Verbo de Dios encarnado. Hoy me he decidido a colocarla en la web. El silencio que ha guardado Earía en m i página es un signo del silencio que guardó en el momento histórico en que vivió como nosotros. Un silencio fecundo, un silencio propio de los pobres, un silencio propiedad fundamental de las madres. María sabía que para que la Palabra se gestara se necesitaba mucho silencio. La Palabra solo se gesta en el taller del silencio; de ese silencio propio de los humildes, de los que tienen mucho que decir, no en cantidad, sino en calidad. Un silencio que se rompe al dar a luz a la la Palabra de Dios hecha carne. Un silencio que seguirá manteniendo durante toda su vida, roto solamente para volver a decir, a dar a luz a palabras llenas de vida que saben a manifestación de Dios, de las maravillas de Dios en la historia. Silencio que sabe a compañera de camino de su Hijo. Silencio que fuerza “la hora” de su hijo Jesús en las bodas de Canáa. Silencio que expresa fuerza de Dios en medio de la debilidad, en medio del silencio de su Hijo en la cruz. Pero un silencio que sabe a resurrección, a Nueva Vida, a Nuevo Pueblo.

         Para hablar de una madre no hay mejor forma que hablar con ella en voz alta. De ahí que esta página dedicada a la Madre comience con una carta a María, la Madre. Si eso te sirve para contemplar a María, para orar con María, pues…. ya ha merecido la pena colocar esta página.

 

Nuestra Sra. del Olivar. Monasterio de Ntra Señora del Olivar (Teruel)

CARTA A MARÍA, DISCÍPULA Y TESTIGO DE LA PALABRA

Y MADRE DE LA ESPERANZA

Manolo Barco

I. INTRODUCCIÓN.-

Permíteme, Madre, que te hable de tu, como a mi madre Agustina. Ya sabes que para mí es signo de confianza, de amor de hijo.

María, tu nos perteneces. Eres de nuestra humanidad, de nuestro barro, de nuestra comunidad. Eres madre nuestra. Eres la referencia especialísima que los hijos tenemos en la familia para que se desarrolle en nosotros lo que ya es verdad en tí. María, eres la promesa cumplida que Dios hizo a la humanidad y a la Iglesia. Tu eres Iglesia y humanidad "llena de gracia". En tí hemos empezado ya toda la familia a vivir el discipulado y nuestro ser de testigos.

II. PARTE: "MARÍA, DISCÍPULA DE LA PALABRA ENCARNADA".

A. Al contemplarte, me he dado cuenta que tú, María, acogiste de manera muy especial la palabra de Dios.

1. Acogiste y guardaste cuidadosamente la Palabra de Dios en tus entrañas, aunque no llegaste a abarcar en aquel momento el misterio tan grande que ella encierra.


Has vivido acontecimientos que te han desbordado. Has escuchado Palabra de Dios y ésta te ha remitido al misterio. María, te has zambullido en el mismo:

a. Ahora son los pastores los que llegan a Belén contando lo que les ha pasado velando el ganado. Expresan una experiencia religiosa provocada "desde lo alto". La experiencia de lo que supone descubrir que el Mesías ha nacido en medio de ellos, en su propia tierra, en su Ciudad, en su lugar de trabajo, allá donde ellos encencierran el ganado. Ni ellos mismos pueden explicárselo.... ¡Con la fama que tienen....! Y esa experiencia es Palabra de Dios, promesa cumplida. "Y tu, María, por tu parte, guardas todas esas cosas en su corazón" (Lc 2, 19).

b. Está también lo del “chico”. Se queda en el templo, os preocupáis y al encontrarlo os da una contestación que no esperáis ni tú, ni José. Y Lucas nos ha dejado escrito una vez más sobre ti: "Y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lc 2, 51b).

2. Tu vas guardando todas estas cosas con fidelidad.

Es tu prima Isabel quien reconoce en tí, María, esa fidelidad y confianza que sólo el discípulo es capaz de tener: "Feliz la que ha creído que se cumplirían en ella las cosas que fueron dichas de parte de Dios" (Lc 1, 45). Llegas a casa de Isabel, pues le quieres echar una mano, ya que está a punto de dar a luz, y este es el saludo que te hace.

Tú, María, eres feliz al escuchar la Palabra, por escuchar la Palabra (Lc 11, 27-28). Si nos atenemos a la reacción de tu Hijo, contestando a esa mujer que te piropea diciendo: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron", sacamos en consecuencia que eres más bien feliz por escuchar la Palabra y guardarla, que por el echo de haberle parido. Lo que pasa es que en ti, María, todo esto es una misma realidad. Tu Hijo, el Verbo de Dios, nos dice: "Dichosa la tierra que me acogió y los hijos que se fiaron de mi Palabra, a esos Dios les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios". Pues tú, María, eres objeto de ésta bendición.

3. María, eres la mujer que cumple la justicia evangélica.

Este es otro rasgo del Verdadero Discípulo, de tu Hijo y tuyo. Jesús mismo proclama y subraya esta actitud del discípulo, descubriéndola -de manera especial- en tí. ¿Recuerdas? "Estos son mi madre y mis hermanos, quienes cumplen la voluntad del Padre. Ésos son mi madre y mi hermano y mi hermana" (Mc 3, 35). Ésos son, nos quiere decir tu Hjo, los que han salido a la madre. María, eres discípula por excelencia, quien encarna las bienaventuranzas de Mateo. Esas bienaventuranzas van dirigidas a los discípulos y además, los pobres de los que habla Mateo son los que hacen la justicia de Dios, y de entre ellos, eres tú la primera.

4. Eres, María, discípula de la vida y de la Palabra.

Solamente el auténtico discípulo de JC en la vida y la Palabra es capaz de entonar, como tu lo haces, esa extraordinaria canción del Magníficat, cosa que te convierte al tiempo en testigo de excepción de la Nueva Alianza. He aprendido de tí que sólo quien se sienta a los pies del Maestro en la vida y la Palabra es capaz de descubrir en la vida las maravillas de Dios, realizadas en el pueblo sencillo y pobre (Cfr Lc 1, 46-55). Aquí están las raíces de la dimensión misionera del discipulado ( o el sentido del compromiso en el contemplativo).

5. María, eres discípula y testigo, colaboradora al advenimiento del Reino.

En las Bodas de Canaá, (Jn 2, 4-5) apareces como figura del nuevo resto de Israel que entra en la dinámica de la nueva humanidad y "la fuerza". Ahí eres asociada "la hora del hijo del hombre". O lo que es lo mismo, a la cruz exaltada, signo por antonomasia del Reino. Aquí nos ofreces otro rasgo del discípulo-testigo.

Sabemos, Madre, que esto supone también para nosotros enfrentarnos -mirar de frente- a la Cruz, a la humanidad rota y desfigurada. Y tu lo hace con gallardía: De pie y dejándote acoger por aquellos que estrenan Nueva Humanidad (significados en Juan) (Cfr Jn 19, 25-26). Y has aprendido a mirar a esa humanidad maltratada con esos ojos compasivos con que Jesús miró a la muchedumbre hambrienta, que andaba como ovejas sin pastor. A esa muchedumbre y humanidad sacramentalizada ahora en el calvario, en la humanidad rota de tu hijo.

6. María, el Espíritu te ha poseído y tu le eres fiel.

Nosotros sabemos que el Espíritu visita al discípulo en la Palabra y eso hace que el fruto que dé sea fruto Santo (Lc 1, 35). María, eres fiel al Espíritu que te cubrió con su sombra. Por eso, lo que nace de ti es Santo, hijo de Dios. Así te lo ha dicho el Ángel.

Por eso el Espíritu genera en el discípulo frutos misioneros, frutos que proceden del Espíritu, alma de la misión. Es el Espíritu quien también a nosotros nos hace clamar "Abba", y, al pronunciar ese "Papá", nos envía a hacer fraternidad de una manera original (divina) entre los hermanos y así sacramentalizar la esperanza que Dios es para los pobres. ¡Qué bien sabes tú acoger este susurro del Espíritu y trabajar la fraternidad en todos nosotros manifestando así que la esperanza de Dios es para los pobres. Nosotros ya entendemos que al llamar a Dios “Papa”, el Espíritu nos invita a poner la mesa en medio de la Ciudad y a ir a invitar a los pobres y excluidos por los cruces de las calles. Esos son también tus predilectos, Madre de los pobres.

III. MARÍA, ERES MADRE DE LA ESPERANZA PARA NOSOTROS, TUS HIJOS, EN LA CIUDAD SECULAR.

Decir en la noche de la humanidad una palabra que ilumine, no es fácil. El discípulo y testigo de Dios suele experimentar la dureza en la misión, en un mundo en el que los hermanos son mordidos por la desilusión y el desencanto; mucho más cuando se presenta ante ellos como pobre entre los pobres y utilizando medios pobres.

No nos cansaremos de mirarte, María, de contemplarte lo suficiente para descubrir cómo en ti y por ti se nos da a luz al Mesías, al Sol que nace de lo alto, esperanza de los desheredados de este mundo.

A. Tu Dios, María es el Dios de la promesa.

Lo primero que aparece en el evangelio de Lucas sobre ti es el saludo del Ángel. Un saludo que tiene connotaciones mesiánicas. En primer lugar por el contexto: se te anuncia que el Espíritu le cubrirá con su sombra. Es el Espíritu quien consagra al Mesías. El saludo que te hace el Ángel nos recuerda el "Exulta, hija de Sión" de Zacarías 9, 1, que es un texto mesiánico: "Alégrate sin merma, hija de Sión, lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí que viene a tí tu Rey; justo Él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino de asno". Y la expresión que Lc pone en boca del Ángel, refiriéndose a ti, es: "Alégrate, llena de gracia.." Lc 1, 28).

Apareces desde el principio como la madre del hijo de la promesa: "Vas a dar luz un hijo... será grande y el Señor le dará el trono de David... Reinará por los siglos de los siglos" (Lc 1, 31-32)

El Hijo de Dios, el Dios de la promesa hace acto de presencia en ti, haciéndose historia, para convertir la historia en acción liberadora y salvadora; para reorientarla hacia la plenitud.

María, tu eres por un lado madre del hijo de la promesa cumplida. Por otro, eres la madre del hijo, comienzo de la Nueva Alianza, de la nueva y definitiva promesa.

El texto de Lucas nos recuerda también la promesa de Dios a Abrahán en Gn 12, 1-2: "De tí haré una gran nación y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, servirá de bendición"

Creo que hemos de situar en su contexto tanto a Abrahán como a ti, para descubrir qué tipo de Dios es éste de la promesa.

Abrahán ha recibido esa promesa de Dios siendo "un vagabundo de la tierra maldita", un arameo errante en medio de dos imperialismos: Egipto y Mesopotamia. Un pobre hombre sin descendencia, sin hijos que le puedan cuidar en al vejez. Y tu, María, recibes el anuncio siendo una pobre muchacha de pueblo (mujer y de un pueblecito sin importancia..). Dios se fue a fijar en esa pobre muchacha que eras. Así es el Dios de la promesa.

Este Dios aún te sorprende más. Quiere llevar adelante su proyecto de una manera un tanto rara: Por lo visto, te sorprendió tanto lo que el Ángel decía de parte de Dios, que te atreviste a preguntar: "¿Cómo será ésto, pues no conozco varón?" (Lc 1, 34). Algo parecido había dicho Abrahán al Señor, ¿recuerdas?: "Señor, Yavhé, qué me vas a dar si me voy sin hijos? ... He aquí que no me has dado descendencia y un criado de mi casa me va a heredar" (Gn 15, 3)

Y es que el Dios de la promesa quiere sacar adelante su plan desde lo pequeño y lo pobre, desde "lo imposible": "No te heredará ese, sino que tendrás hijos y ese saldrá de tus entrañas" (Gn 15, 4). No es de extrañar que Sara se riera. Y tu, María, una pobre muchacha y sin conocer marido y el Ángel diciendote: "Tendrás un hijo"

Yo creo María, que el Dios de la promesa, haciendo contigo lo que había hecho con Abraán, quiere hacernos caer en la cuenta de lo importante que es su misericordia entrañable y cómo su promesa es pura gracia que encuentra su lugar en lo débil. Dios prefiere a los pobres para sacar adelante su proyecto.

No nos deberíamos de cansar de contemplar una y mil veces este misterio situando ahí a la madre.

B. En la bendición a tu, María, son benditas la humanidad, la iglesia, la tierra, los discípulos y los apóstoles.

Eres la mujer, signo de la humanidad, de la tierra y de ese pueblo de discípulos y apóstoles.

Lo que nacerá de ti será fruto de la promesa: el Mesías, el Dios encarnado que asumirá todo lo que existe, desde el universo hasta la humanidad; desde la familia de discípulos, a la familia de testigos: "Bendita tú entre las mujeres" (Lc 1, 28; 1, 42). Como en Abrahán, en ti, María, son benditas todas las naciones (Gn 12, 3)

Tu Hijo viene a poner en marcha y a llevar a la plenitud la historia humana. La hace Nueva Creación. Viene a construir familia de discípulos y apóstoles.

Lo que constituye ahora la nueva familia de hijos, de discípulos y apóstoles, no es la sangre, sino la gracia del Señor que va a alcanzar a todos los hombres en torno a los débiles, los esclavos que acogen la gracia. María, abre la inteligencia de nuestra fe para entender un poquito todo esto.

C. María, te veo descentrada de ti y centrada en el Dios de la promesa.

El Dios de la promesa te pide que salga, que te descentres. Lo mismo que a Abrahán.

Que salgas de tus comprensiones y concepciones lógicas y te introduzcas en la lógica de Dios. Que te dejes llevar, que aceptes un Hijo que sólo va a estar en función de los demás: "Este está puesto para caída y salvación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción... Y a tí misma una espada traspasará tu corazón, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (Lc 2, 33.36).

Y así, te miramos hoy a ti, María, y te vemos a la espera, a la expectativa, en expectación, en estado de buena esperanza, en adviento para la humanidad, la Iglesia, la familia.

También en ti, la Madre, se nos invita a nosotros, discípulos y testigos a salir de sí y a no vivir más sino es desde el don que Dios promete y da. Tu eres llamada a vivir para los demás desde Dios, aunque esto suponga que la espada traspase tu corazón.

María, tienes que aprender a ser madre del Mesías y a ser testigo de la esperanza que te fecundó y del fruto de tus entrañas.

Que bonito es esto ¿verdad?.. -¡Y qué duro!: seguir los pasos de tu Hijo, aprender de Él acompañándole, escuchando las cosas que Él decía y que decían de Él. Y tu, María, te dejas llevar en la confianza del Hijo por los caminos de Galilea en el silencio y la contemplación. ¡Qué noticias llegan a tus oídos de madre!: "Ha discutido con los jefes", "Le ha cantado las cuarenta a Herodes", "Dicen que le busca la policía", "El otro día curó a unos ciegos", "Le han abandonado la mayoría de sus seguidores", "Dicen que anda cercano a los zelotas y que entre los suyos..."...

Estamos en Nazaret, en tu pueblo. Tu Hijo ha venido a verte y después ha entrado en la Sinagoga. ¡Qué cosas más bonitas e importantes -como siempre- está diciendo al comentar al profeta… Pero… tus paisanos no terminan de aclararse. Saben que es tu hijo, hace poco que ha salido del pueblo y su sabiduría le confunde. No le creen. ¿Cómo el hijo del “chapyuzas” del pueblo puede decir estas cosas? Los ánimos se calientan y ¿Qué piensas y sientes por dentro, María? Todo el pueblo en contra y tu, María, aguantando el tipo.

Y te siguen llagando más noticias de tu Hijo. "María, dicen que tu hijo se ha pasado a la clandestinidad" "Ni siquiera tu sobrino Juan se aclara con Él"

¿Qué vives, María, en ese silencio evangélico? Se necesita estar muy centrada en el Dios de la promesa para vivir todo esto con sentido, con esperanza... Y sin embargo, tu, María, como siempre: "Haced lo que Él os diga"

D. Eres la esperanza en fidelidad.

Lo mismo que la respuesta de Abrahán fue un sí (Gn 12, 4), la tuya es un "Hágase" (Lc 1, 38)

No es cuestión de entender con la lógica humana el misterio, sino desde la lógica de Dios. Y a la lógica de Dios sólo se accede desde la confianza, como tu lo hices.

Tu, lo mismo que Abrahán, pides a Dios que se explique: "¿Cómo me vas a dar un hijo si soy viejo y a punto de morir?" (Gn 15, 2). "¿Cómo será ésto si no conozco varón?". Y Dios, en uno y otro caso se ha expresado, como hace siempre. Siempre se explica Dios: "El Espíritu de Dios te dejará en estado" ¡Menuda razón científica!. Dios siempre se explica, y casi siempre con este tipo de razones "científicas" ¿verdad?

Pero tu le das un sí, es lo que tienes. Todo lo que eres. Ya no posees nada. Te puede quedar hasta sin José. Por Mt nos hemos enterado después que el bueno de José "había decidido repudiarte en secreto" Mt 1, 19. ¡Lo que cuesta la fidelidad sobre todo cuando se convierte en esperanza!

Así es como la promesa aparece como gracia. "Lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 20)

Así María te conviertes en "Madre de la esperanza" desde la fidelidad y la confianza para los discípulos y testigos que, como tu, buscamos “razones”.