“Descubrir al Anticristo y acoger la HORA”. Feliz 2004

 

Sin coger complejo de puristas, pero…, después de un año como el que hemos pasado… Recordemos las noticias que día a día nos han ido señalando algunos de los acontecimientos que han ido marcando a la humanidad, a los pueblos, a nuestros pueblos y a nuestra humanidad… Si hoy Juan viviera entre nosotros … Se puede decir más fuerte, pero ¿más claro? ¡Que cada palo aguante su vela!

Es curioso, lo que muchas veces pensamos y la forma que tenemos de leer la realidad -aún desde las claves “cristianas”-, choca con la lectura significativa con la que Juan lee la vida y realidad. “Vosotros habéis oído que vendría el Anticristo.. ya han aparecido muchos anticristos…”. Y ahora viene la conclusión: “por eso sabemos que ha llegado la HORA”. “La HORA “nos ayuda a entenderla el Evangelio; el HOY, nuestro HOY, el HOY de Dios, nos ayuda a interpretarlos el primer capítulo de San Juan. Nada queda fuera del proyecto de Dios. O si lo deseamos: “Dios aprovecha todo para llevar adelante su proyecto”. Hasta el Anticristo Dios los somete a su plan y proyecto liberador. No deja de ser una clave fundamentalísima a la  hora de contemplar la vida y hacer experiencia de Dios. La contemplación de la vida desde la fe no queda encerrada en nuestros análisis sociológicos, éticos, ni ideológicos. Eso no quiere decir que la contemplación de la vida niegue la realidad palpable. ¡Todo lo contrario! La reconoce y es desde ella desde la fe afirma: “en realidad ya han aparecido muchos anticristos … por eso sabemos que la HORA ya ha llegado”. A pesar de todo y desde “eso todo” que nos pesa, dicho todo se convierte en signo de que el Verbo de Dios ha llegado, la salvación y liberación ya está en marcha imparable. Aquí tropiezan y se hacen trizas todos los optimismos y pesimismos. Aquí quedamos cuestionados todos los pesimistas y optimistas también. Pero la HORA no justifica al Anticristo, sino que dicha “HORA” hace que al Anticristo no le quede más remedio que reconocer su sometimiento al CRISTO. Por eso la esperanza cristina no es cuestión ni de la psicología, ni de la sociología, ni de la ética ,ni de la ideología, sino de la fe y confianza en ese Dios cuya fuerza se manifiesta en la debilidad.

Por eso es muy importante en esta “noche-vieja” prepararnos a recibir con alegría, con fe-confianza, el Año Nuevo, el HOY de Dios.

Desde aquí os deseo “FELIZ AÑO NUEVO”, “FELIZ HORA”, “FELIZ HOY DE DIOS”. Y ahora, sigamos acogiendo la Palabra de Dios –desde nuestro hoy- en la carta de San Juan y en el IV evangelio. No tiene desperdicio. El comentario de San Agustín seguro que nos ayuda también a comprender y acoger la Revelación de Dios en los textos de la liturgia.  Podríamos terminar con el Salmo 96. ¡Qué mejor forma de despedir este 2003 y comenzar con fuerza el 2004”. No es ni más ni menos que contemplar a Jesucristo en los textos que nos propone la Iglesia para este 31 de diciembre y acogerlo en la vida.

Para tenerlos más a mano pongo a continuación los textos de la Palabra de Dios.

Salud. Manolo Barco

 

La traducción de los  textos son los que nos ofrece la Web: evangeliodeldia.org Como sabéis es una traducción latinoamericana. Es la que tenía más a mano.

 

Epístola I de San Juan 2,18-21.

 

Hijos míos, ha llegado la última hora. Ustedes oyeron decir que vendría el Anticristo; en realidad, ya han aparecido muchos anticristos, y por eso sabemos que ha llegado la última hora. 

Ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros. Si lo hubieran sido, habrían permanecido con nosotros. Pero debía ponerse de manifiesto que no todos son de los nuestros. 

Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y todos tienen el verdadero conocimiento. 

Les he escrito, no porque ustedes ignoren la verdad, sino porque la conocen, y porque ninguna mentira procede de la verdad. 

 

 

 

Juan 1,1-18.

 

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. 

Al principio estaba junto a Dios. 

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. 

En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 

La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. 

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. 

Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 

El no era la luz, sino el testigo de la luz. 

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. 

Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. 

Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. 

Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. 

Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. 

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. 

Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo". 

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: 

porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. 

Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.

 

 

Sermón 293,5 de San Agustín

 

“Hemos visto su gloria”

 

Cristo tenía que venir en nuestra carne; era él, no otro, ni un ángel ni otro mensajero, era Cristo mismo que tenía que venir para salvarnos (Is 35,4)... Había de nacer en una carne mortal: un niño pequeño, recostado en un pesebre, envuelto en pañales, amamantado; un niño que crecía con los años y al final murió muerte cruel. Todo esto nos es testimonio de su profunda humildad. ¿Quién nos da estos ejemplos de humildad? El Dios altísimo.

 

¿Cuál es su grandeza? No la busques en la tierra, sube más allá de los astros. Cuando llegues a las regiones celestiales, oirás decir: sube más arriba. Cuando hayas llegado hasta los tronos y dominaciones, principados y potestades (Col 1,16) aún oirás: sube más arriba, nosotros somos meras criaturas; “Todo fue hecho por ella” (Jn 1,3) Levántate, pues, por encima de toda criatura, de todo lo que ha sido formado, de todo lo que ha recibido su existencia, de todos los seres cambiantes, corporales o espirituales. En una palabra, por encima de todo. Tu vista no llega alcanzar la meta. Es por la fe que te tienes que elevar, ya que ella te conduce hasta el creador... Entonces contemplarás “la Palabra que estaba en el principio”...

 

“La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En ella estaba la vida.” (Jn 1, 1-4) Esta Palabra ha bajado hasta nosotros. ¿Qué éramos nosotros? ¿Merecíamos que llegara hasta nosotros? No, éramos indignos de su compasión, pero la Palabra se compadeció de nosotros.

 

 Salmo 96,1-2.11-13.

 

Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra; 

canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. 

Alégrese el cielo y exulte la tierra, resuene el mar y todo lo que hay en él; 

regocíjese el campo con todos sus frutos, griten de gozo los árboles del bosque. 

Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra: él gobernará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad.