Dios con rostro de abuela

martes, 30 diciembre 2003

Manolo Barco. VK

Lucas 2,36-40.

 

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. 

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. 

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. 

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. 

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. 

 

La abuela Ana, la profetisa se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén”.  Había descubierto en el niño de María y José al Mesías y hablaba de él a los cuatro vientos. Esa viejecita, al reconocer en Jesús al Enviado de Dios, se alegró y lo anunció. En ella se nos manifiesta la acción y el conocimiento de Dios. Por lo visto no hacía más, a la edad que tenía, que estar en el templo sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones, amén de reconocer a Dios en la vida –en la vida de un débil niño- y hablar de él a todos los demás.

Me recuerda a nuestras abuelas de la parroquia: suelen ser las primeras que van a la iglesia –a veces creo que van porque no tienen otra cosa que hacer- pero rezan, son de las que menos critican alguna homilía que otros no aguantan cuando se subraya el amor de Dios a los pobres. Tienen detrás toda una vida entregada, sufriente y permanecen en la fe en medio del clima de increencia de sus familias; la mayoría han trabajado duro para sacar adelante a los hijos y también a sus nietos. Se saben en las manos de Dios y confían en Él. Son de las más permanentes en las actividades de la parroquia. Sé de algunas de ellas lo dura que le ha sido y le sigue siendo la vida: viudas, con hijos con dificultades en el matrimonio, en el trabajo … ; con nietos con problemas de paro, de droga, de fracaso escolar… Ellas son las que nos traen a todos los suyos a la Eucaristía. Son la imagen creyente en medio de la indiferencia y de la increencia y presentan a Dios a este barrio nuestro en gran parte destrozado por no pocas desgracias. Tienen un corazón agradecido y nos tratan como a hijos, con toda confianza. Me viene ahora a la mente y al corazón el rostro de todas ellas: Antonia, Juana, Inés, Dolores, María … Más de una vez, Josefa, al irle a dar la paz en la Eucaristía me ha dicho: “Gracias por la Palabra que has comentado…” “Gracias por lo que has dicho en la homilía”, “Tienes razón cuando nos has hablado de la misericordia de Dios”.  Durante tantos años como llevo con ellas las he visto gozar y sufrir ante la pérdida del marido, o de un hijo o hija, o ante la situación de su nieto en la droga, o ante la situación de desempleo y precariedad de unos u otros… He visto su rostro desgarrado –no pocas veces-  y sus ojos llenos de felicidad y paz otras tantas. Las he visto rezar  y las descubro atentas en las celebraciones. Les he oído pedir a Dios por sus familias y les he escuchado pedirme una oración por los suyos. Les he oído contar su experiencia de lucha y resistencia cuando eran más jóvenes y cuando llegaron al barrio emigradas de otras ciudades y pueblos…. A algunas las he oído expresarse cuando hablamos de la predilección de Dios por los pobres o cuando se defiende a las hermanas y hermanos que han llegado de otros países. Haga frío o calor, ellas siempre están ahí.

Esta mañana, fui a despertar a mi madre. Abrí la puerta de la habitación y en ese momento, sin ella saber que llegaba yo, la ví que, desde su cama, encendía la luz, se incorporaba, miraba el reloj, hacía la señal de la cruz y se ponía a rezar. Me consta que antes de dormir reza las partes del rosario que no haya rezado antes y lo hace desde la vida y realidad que ella ve y descubre en el mundo, en los suyos, en las noticias de los medios de comunicación. Me quedé mirándola con gran cariño, cerré la puerta y di gracias a Dios.

Esta noche, Señor, te presento a estas abuelas pobres y sencillas, fuertes en su debilidad y grandes en su pequeñez, humildes y serenas, llenas de fe y confianza en Dios y de cariño a los demás. Señor, solo tú y ellas saben lo que han pasado en la vida, lo que han trabajado y luchado, lo que han gozado y sufrido. Yo solo sé, Señor, que como Ana, la abuela viuda del evangelio de hoy, llevan en sus rostros no pocos rasgos del tuyo y con toda sencillez y  humildad nos transparentan tu amor y cariño hacia todos nosotros.