Desde el pesebre de Belén. M. Barco
Actualización sábado, 19 junio 2004 a las 13:13:45

Desde el Pesebre de Belén

CARTA AL PESEBRE

A partir de los textos de la Eucaristía de medianoche: 241298
Isaías 9,1-3.5-6. Un hijo se nos ha dado.
Tito 2,11-14. Ha aparecido la gracia de Dios para todos los hombres.
Lucas 2,1-14. Hoy os ha nacido un salvador.

Entrañable pesebre:

He escrito muchas cartas dirigidas a personas, a colectivos, a grupos... He escrito muchas cartas a amigos, a seres queridos, a personas no tan queridas y hasta, a veces, he tenido la osadía de escribir alguna carta a objetos. He escrito cartas a Dios Padre, a Jesús, al Espíritu. También a María y a José. Cartas que me han servido para expresar a quien las recibía o leía mi experiencia, mi vida, mi admiración, mi manera de ver la vida y hasta para expresar mi vivencia de Dios. Pero nunca te había escrito a ti, querido pesebre, una carta. Alguien podrá pensar que escribirte a ti una carta es una ordinariedez, una excentricidad o una simpleza, máxime en una noche como esta, la Noche-Buena. Pero me es lo mismo.

Mira, querido pesebre, tú eres para mí un símbolo ordinario, es decir, de lo de todos los días, de lo cotidiano, lo sencillo, de lo pobre y hasta de lo excluido. Eres para mí símbolo de lo excéntrico, en el sentido de lo que está fuera del centro, de lo que está en la periferia, al margen. Tú, querido pesebre, eres para mí símbolo de lo simple, en el sentido de lo sencillo, de lo humilde. O sea, que eres para mí el símbolo de la vida de todos los días, de la vida cotidiana, de los sencillos, pobres y excluidos; de los que están fuera, al margen, en la periferia; símbolo los sencillos y humildes. Eres mi símbolo de nuestro barrio, de nuestra parroquia, de lo que no cuenta a los ojos del mundo. Pero, además, querido pesebre, hoy, esta noche, la Noche-Buena, te conviertes en símbolo sagrado, en señal de nuestro Dios, del Dios de los cristianos.

Tú, querido pesebre, eres símbolo de los que caminan en tinieblas, de los que habitan y habitamos en la sombra, del pueblo que necesita y grita que se encienda la luz, que la luz brille en medio de la noche de nuestra vida.

Por eso, esta noche, tú has visto una gran luz y una luz ha brillado en ti. Y en tí y en todo lo que tu simbolizas; el Buen Dios multiplica su alborozo y acrecienta tu alegría, nuestra alegría. Hoy tú, el pesebre y la cuna más pobre y humilde, te alegras en Dios. Porque para ti, para todos los que tú simbolizas, el Buen Dios ha roto el yugo que pesa sobre ti, sobre nosotros y la vara que castigaba nuestras espaldas. Has roto el bastón del sistema opresor que nos hiere. Y es que tú, y todas las personas y grupos que tú simbolizas, te has convertido en la primera cuna, en la cuna por excelencia, donde ha sido recostado el Niño que nos ha nacido y el Hijo que se nos ha dado. Ese Niño y ese Hijo en cuyos hombros descansa el poder y cuyo nombre es “Consejero prudente”, “Dios fuerte”, Padre eterno, Príncipe de la Paz. María ha pasado desde su vientre a ti al que es ya la paz sin límites. Tú te has convertido en trono del heredero de David, del Mesías, del Hijo de Dios, del que trae la justicia y el derecho desde ahora para siempre. Desde ti, querido pesebre, desde todo lo que tu simbolizas, desde todos los colectivos, personas y grupos de los que tú eres la máxima expresión, realizará el Señor todopoderoso el amor ardiente.

Esta noche, querido pesebre, tu nos ayudas a entender que la gracia de Dios se ha manifestado en sus predilectos, en los pobres, en los sencillos y humildes, en los que el sistema ha colocado al margen, en los excluidos de esta sociedad, y que desde ahí, Dios nos trae la salvación a todos. Tú, entrañable pesebre, la cuna más sencilla y humilde, has sido convertido en el trono de Dios, del Dios de los sencillos, de los humildes, de los excluidos, de los pobres y empobrecidos, de los que no cuentan, de los que no son nada los ojos del mundo. Tú nos estás remitiendo al espacio sagrado de la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo. Por eso, esta noche, nos fijamos en ti para descubrir al que se ha entregado por nosotros para salvarnos y liberarnos. Nosotros, cuyo símbolo eres tú, hemos sido escogidos como pueblo para que siempre practiquemos el bien, como nos dice la carta a Tito, que hemos leído hace un momento.

Querido pesebre, y querido todo lo que tú simbolizas, esta Buena Noche nos ayudas a encontrarnos con el fruto bendito del vientre de María, con el fruto del Espíritu de Dios, con el Mesías. Y nos ayudas a encontrarnos con él, lo mismo que hace veintiún siglos ayudaste a encontrarse con el Niño Dios a aquellos pastores, a aquellos que tú pertenecías como plato de su ganado. El Buen Dios quiso convertirte en cuna de su Hijo, en señal de la presencia de Dios entre nosotros: “Encontraréis a un niño recostado en un pesebre y envuelto en unos trapos”. Y desde entonces te convertiste y se convirtieron todos los aquellos a los que tu simbolizas, en mediación y señal del Enmanuel, de la presencia amorosa de Dios en medio de nuestro mundo. Por eso, entrañable Pesebre, tú eres espacio privilegiado desde donde, en medio de la noche, se rasgan las tinieblas de los empobrecidos y de todos los que saben acogerla con el grito del que es la Alegría; la alegría que anunció el Ángel: “os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo”. Por eso, al mirarte y contemplarte, descubrimos al Niño Dios que, por boca del Ángel nos dice, te dice: “No temáis”. La salvación se abre paso desde ti, desde los que tu simbolizas. Hoy nosotros, en esta noche, unidos a ti, querido pesebre, queremos reconocer al Enmanuel en medio de nuestra pobreza, de nuestra sencillez, de nuestro no ser nada a los ojos del mundo. Hoy, en esta noche, queremos entender que, para nosotros, para nuestros vecinos, para todos los que viven en la sombra, para todos que los que han sido arrojados a la periferia, para todos los que sufren desprecios, para todos los que solo saben sufrir, para todas las familias de nuestro barrio que peor lo pasan, para todos los enfermos, ancianos, niños y jóvenes cuyo futuro es incierto, para todos los que viven excluidos de un trabajo digno, para todos..., ese Niño, del que tú fuiste su primer contacto con este mundo, ese Niño del que todos estos colectivos y grupos son el primer contacto del Mesías, es NUESTRO SALVADOR. Hoy, querido Pesebre, queremos unirnos al cántico de los Ángeles y gritar con ellos: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor”. Y queremos, querido pesebre, reconocernos al mismo tiempo como objeto de amor de ese Dios liberador, queremos gozar de su amor.

Nosotros, pesebre como tú, queremos salir a los pesebres de nuestro barrio, a los pesebres del mundo obrero, a los pesebres de los que sufren, a los pesebres de los oprimidos y explotados, a los pesebres de los parados y de los que viven en situaciones más precarias aún que nosotros para hacer como los Ángeles: anunciarles la Buena Noticia de que el Verbo de Dios ha tenido a bien encarnarse en ellos y que están llamados a acogerlo y experimentar lo que eso significa: “renunciar a una vida sin sentido –sin religión-, renunciar a las aspiraciones de poder, de riqueza y de opresión –a los deseos del sistema neoliberal-, a vivir con moderación, luchando por la justicia y a acoger y trabajar por nuestra bienaventurada esperanza, que no es otra que la Buena Noticia del Evangelio que apareció por primera vez en ti, querido pesebre, y en los pesebres de nuestros días. Queremos ser testigos siempre de esta Noche-Buena, de esta noche en que en ti, querido pesebre, y en todos los humildes de la tierra, el Niño de Belén quiere manifestar la gloria de nuestro Dios.

Gracias, querido pesebre. En ti ha comenzado todo.

Manolo Barco