Mineros en luchA
LAICENA EN LUCHA
O
"¿LOS GRITOS DE LOS POBRES HAN LLEGADO A OÍDOS DE...?"
Página del cuaderno de vida de Manolo Barco

"He oído el clamor de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos" (Ex. 3, 7-8).


Cierre de los pozos mineros de la zona de Laicena (León). Cientos de mineros quedarán en paro. Los mineros de la zona en lucha.

"He oído el clamor de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos" (Ex. 3, 7-8).

Quinientos kms. de marcha hasta Madrid.... Ocho mineros encerra-dos en el seno de la tierra.... "He bajado a librarlos de los egipcios" (Ex. 3, 8)

25 de Marzo de 1.992: Los mineros en marcha llegan a Madrid con la intención de que les reciba el ministro de Industria y el Director General de Minas. “En pié, pues, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos con la justicia como coraza” (Ef 6, 14). "Ve, yo ten envío para que saques a mi pueblo de la tiranía Egipto" (Ex. 3, 9).

La Iglesia no puede estar al margen de lo que ocurre en “La Ciudad”. Este acontecimiento se situaba en el corazón del mundo obrero y por lo tanto estaba dentro de la misión de la Pastoral Obrera. La Delegación de Pastoral Obrera y yo como Delegado no podíamos permanecer al margen. La Pastoral Obrera empieza por la presencia de la Iglesia en la vida y acontecimientos del mundo obrero y del movimiento obrero. Por la mañana, al llegar a la Delegación, he puesto un telegrama a los tres sindicatos de ámbito estatal que estaban dinamizado la lucha de estos mineros para que les hiciera saber a los mismos del apoyo y solidaridad de la Delegación de Pastoral Obrera de la Iglesia de Madrid, y por lo tanto de toda la Iglesia de Madrid. He cogido el teléfono y he puesto los telegramas a CC.OO, U.G.T. y U.S.O. Después he llamado a CC.OO y le he preguntado el recorrido de la marcha de los mineros. Al terminar me he dirigido al Ministerio de Industria y Energía. He pensado, "la Iglesia está llamada a estar al lado de los empobrecidos y de los que sufren la opresión, aunque solo sea para expresar con toda sencillez y humildad el cariño y predilección de Dios misericordioso hacia ellos. Si la Iglesia no escucha los gritos de los empobrecidos, no puedo llegar a ser solidaria en la acción”. "He oído sus quejas contra sus opresores, me he fijado en sus sufrimientos" (Ex. 3, 7).

He llegado a las 11:45. Allí había ya una concentración de gente con banderas, pegatinas, coches de las centrales sindicales con megafonía.... “Avisad en Judá y que se oiga en Jerusalén. Tañed el cuerno por el país, pregonad a voz en grito : Juntaos, vamos a las plazas fuertes” (Jr 4, 5). Me iba acercando por los grupillos de gente. Bastantes de ellos, por el acento, se les notaba que eran de León. Habían venido casi cien autocares de aquella zona y de otras vecinas, para acompañar en este último tramo a los mineros en lucha. En las conversaciones, el lenguaje utilizado abundaba en expresiones como: "Huelga", "Lucha", "Injusticia", "Justi-cia",..... Y he rezado: "Estas son las jaculatorias que el pueblo empobrecido, sencillo y explotado sabe dirigir a Dios -o a quien corresponda-"

Los de la Plataforma Sindical de la E.M.T. de Madrid se había concentrado para recibir también a los mineros y lanzaban consignas y, de vez en cuando, entonaban el "Santa Bárbara Bendita, Patrona de los mineros...".

Por fin, cerca ya de las 13:00h. empezaron a llegar los mineros acompañados de los medios de comunicación social y una gran manifestación de gente. Los mineros venían vestidos con sus trajes y gorros de la mina y con una vara o un bastón en sus manos. "Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los montó en asnos y se encaminó a Egipto. En la mano llevaba un bastón maravilloso" (Ex. 4, 20).

Nada más llegar se escuchó una gran ovación, se abrió un pasillo estrecho entre el público que les aclamaba y empezaron a pasar los mineros, casi en fila india, hacia las puertas del ministe-rio. Al llegar, se les hizo más hueco y se sentaron todos los mineros en suelo mientras empezaron a entonar: "Santa Bárbara Bendita, Patrona de los mineros...". A continua-ción, del corazón de aquel corro de mineros, empezaron a surgir gritos: "Laicena se liberará luchando", "Estos son los que arrancan el car-bón"..... Alguna mujer, un poco exaltaba, gritaba: "Ministro, cabrón, trabaja de peón"... Y una vez más, pero ahora de manera más significativa, sus gritos -y los que dábamos todos los que nos solidarizábamos con sus luchas- me sonaron gritos de historia de salvación: "He escuchado los gritos que le arrancan los capataces".

Me fui encontrando con militantes de distintos movimientos de pastoral obrera. Yo me iba fijando de uno en uno en todos aquellos mineros sentados y gritando sus reivindicaciones. Eran los gritos del pueblo empobrecido y humillado que arrancaban los fuertes y ricos. Se les veía llegar con ánimo, pero se les notaba a todos cansados, sus rostros morenos de tantas y tantas horas al sol y al aire durante esos 18 días que les había costado su dura andadura. A la mayoría se les notaba agotados pero muy enteros y muchos de ellos cojeaban... Habían sido muchos kilómetros de marcha..... Su experiencia es la continuación de la marcha del pueblo de Israel en busca de la tierra prometida, en busca de la liberación. “A voz en grito clamo hacia Yavéh, y Él me responde desde su monte santo” (Sal 3, 5)

Su acción reivindicativa estaba condensada en sus cuerpos: Todos juntos expresaban la solidaridad de todo un colectivo obrero luchando por la dignidad de sus personas y la de los suyos. Su acción era signo del aguante, resistencia, lucha y compromiso de la clase trabajadora. Cada uno de los que estaban allí representaban a todos y cada uno de los hombres y mujeres del M.O. intentando ponerse en pie a pesar de la explotación y la injusticia de la que el M.O. es objeto. Todos en conjunto expresaban con sus gritos y cantos, con su acción y solidaridad la lucha de todo un pueblo gritando la liberación. Jóvenes, adultos y mayores a punto de jubilarse eran la expresión del M.O. unidos en la lucha pacífica por la dignidad de la clase trabaja-dora. “Desde el extremo de la tierra grito hacia ti en el desmayo de mi corazón. A la roca que se alza lejos de mí, condúceme” (Sal 61, 3).

Después de la sentada de los mineros, que duró un cuarto de hora, se nos avisa por la megafonía que van a intervenir los más representativos de los sindicatos y de los mineros en lucha. Los sindicatos a penas aparecieron, dejando el protagonis-mo a los mineros..... Sus intervenciones fueron muy cortas. Se limitaron sobre todo a dar las gracias por la acogida que habían recibido del pueblo de Madrid y de los pueblos y ciudades por donde habían pasado, a plantear sus reivindicaciones, a denunciar la falta de sensibilidad del ministro de industria y del director de minas -"hemos venido a su casa andando 500 kilómetros y no se ha dignado abrirnos la puerta" (“Si grito ¡violencia !, no hay respuesta, por más que apelo, no hay justicia”. Job 19, 7)- y a decir que su lucha había tenido -a pesar de todo sentido-, anunciando que las negociaciones iban por buen camino y que se había conseguido, en principio, el no cerrar el pozo de Sta. María. “Justicias, solo justicia has de buscar para que vivas y poseas la tierra que Yavéh, tu Dios, te da” (Dt 16,20)

A continuación se fue disolviendo la concentración. Se abrió un pasillo entre la multitud, justo por donde yo estaba, y empezaron a desfilar todos los mineros en fila de a uno. Los ánimos, los vivas y los parabienes a los mineros, aliñados con los aplausos, no se interrumpieron durante todo el tiempo que duró el desfile de los mineros. Los familiares de los mismos se acercaban al pasillo por donde pasaban. Las escenas que presenció resultaron tan fuertes o más que las que había presenciado cuando llegaron. Recuerdo la madre de uno de los mineros, que al pasar su hijo se abrazó a él, le llenó de besos, le preguntó cómo estaba, le animó a la lucha y las lágrimas se le saltaron sin ningún escrúpulo. Aquella mujer se convertía para mí en signo de María, la Madre, acompañando a su hijo en el camino de la pasión y animando la esperanza. Otros familiares, y paisanos venidos de aquella zona, provocaban escenas parecidas. Hermanos, padres, vecinos, novias, mujeres, hijos..... todos les saludaban, les tendían las manos, les besaban, les animaban..... Parecían llenos de una sabiduría especial -la sabiduría del pobre- a la que todos querían llegar, tocarla... y recordé lo que nos dice la Palabra de Dios sobre la sabiduría : “La sabiduría pregona por las calles, en las plazas lanza su pregón” (Prov 1, 20-21). ¡Cómo distaba esta escena de la propiciada por “los fans” de los ídolos -encarnación del sistema opresor- que está generando “la Ciudad”. Ya al final de aquella fila de mineros, apareció el más mayor de todos. Traía a una niña pequeña entre los brazos. Venía feliz. "Seguro que será su nieta", dije para mí. La escena, al tiempo que enternecedora, era todo un símbolo de la acción y compromiso de aquel colectivo minero: La lucha y la afectividad unidos en un mismo abrazo. La lucha de los mayores parecía forzar un futuro más justo para los niños y jóvenes de la clase trabajadora. “Amor y verdad se han dado cita. Justicia y paz se abrazan” (Sal 85, 11).Y en aquel momento recordé a una niña, hija de uno de los mineros en marcha hacia Madrid que, a mitad del camino de los marchantes, le pusieron un micrófono de una emisora de radio y dirigiéndose a su papá -en marcha hacia Madrid- le decía: "Noso-tros estamos bien. ¿Cómo te encuentras tú?. Tén ánimo, papá, sigue luchando, no desistas. Llega hasta el final. Lo que pedimos es justo y de ello depende nuestro futuro". Y terminaba con un "Adelante" que tenía más fuerza que el grito del general en la batalla animando a los soldados para defenderse del enemigo. Aquella niña era todo un signo profético que simbolizaba la denuncia de la injusticia y el anuncio de un nuevo futuro, signo de la Buena Noticia del Evangelio.

Vuestra lucha, hermanos mineros, ha sido ejemplar. Así ha sido reconocida por todo el pueblo madrileño y por todos los medios de comunicación social. Habéis venido a esta Babilonia, al corazón de la Villa y Corte, a los palacios de los poderosos a gritar vuestra justicia; y el pueblo de Madrid -aunque está harto de manifestaciones, concentraciones y sentadas, por lo que supone de paralización de la vida ciudadana, pero que no queda mas remedio que hacer- os ha acogido con entusiasmo y calor. Muchos de ellos os lo hemos podido expresar acompañándoos los últimos kilómetros o metros de vuestra andadura. Otros no han podido significarlo de esta manera. Pero habéis sido testigos de los aplausos y parabienes que os ha dispensado este pueblo al pasar por sus calles y humanizar el asfalto de sus avenidas con vuestros pies sangrando y llenos de ampollas, semejantes a esos otros pies que aguantaban los cuerpos y los espíritus de aquellos otros hermanos que las construyeron y que pertenecen al mismo mundo obrero al que vosotros hoy habéis enaltecido con vuestra lucha pacífica, pero transformadora. Vuestra lucha, vuestro gesto, ha forzado el advenimiento del Reino de Dios, aunque muchos no tengáis conciencia de ello.

"He visto la opresión de mi pueblo que le arrancan los capataces y he escuchado sus gritos" (Ex 3). Pero vuestros gritos, y los gritos de los que os acompa-ñábamos, no fueron escuchados por la Administración. Pero el mundo obrero de toda España, el mundo obrero -en concreto- de Madrid, sí que os han escuchado. Vuestra lucha y reivindicación se une a la historia de liberación del mundo obrero, y vuestros esfuerzos por la liberación no serán inútiles. La historia de los pobres, la historia del mundo obrero, es un conjunto, forma parte de la misma historia que han protagoniza-do muchos hermanos -aún muertos en la lucha- pero que han ido dando los frutos que en estos momentos recogemos generaciones posteriores. Vuestra lucha, aún, sin tener inmediatamente resultados satisfactorios, no es lucha inútil, es siembra de conciencia de un pueblo -de un mundo obrero- en estos momentos carente de conciencia colectiva. Vuestra lucha contribuye a animar la conciencia dormida.

Vuestro gritos y esfuerzos, vuestras horas de camino, vuestra pies ensangren-tados por la andadura, es el precio que supone el animar la marcha del pueblo empobrecido, del pueblo de Israel aspirando la liberación del cautiverio, huyendo de los caldeos.

Muchos de vosotros, tal vez, no sois creyentes -es lo mismo en estos momentos-, pero los que de vosotros y de nosotros lo somos, descubrimos en vuestro grito, el grito de todo un pueblo gimiendo por la liberación. Vuestros gritos, esta mañana, se unían a los de Jesús, forzando un Mundo Nuevo, una Sociedad sin clases, un Nuevo Amanecer. Vuestro gritos, lucha y esfuerzos, no queda en el silencio de la noche. Son el signo del Nuevo Amanecer que nos ha venido a traer el Señor, Jesús, el obrero de Nazaret, Señor de la historia.

Muchos militantes cristianos se han unido a vuestras justas reivindicaciones. Ellos, junto con la Delegación de Pastoral Obrera, en el silencio del anonimato, se han hecho presentes en vuestro corazón, en ese corazón colectivo de un pueblo empobrecido que grita la salvación.

Muchos de esos militantes cristianos, bien conocidos por muchos de vosotros en el compromiso transformador de la realidad obrera, han retomado este aconteci-miento y lo han reflexionado y orado; han descubierto en vuestra lucha, signos del Reino de Dios y se han motivado y animado más aún para seguir adelante en su compromiso como militantes del movimiento obrero y como militantes cristianos. Me constas que la mayoría de ellos hacen ahí experiencia espiritual.

“Buscad a Yavéh, vosotros todos, humildes de la tierra..., buscad la justicia, buscad la humildad ; quizás encontréis cobijo el día de la cólera de Yavéh” (Sof 2, 3)



Actualización martes, 27 mayo 2008 a las 23:35:24
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