La alegría pascual del apóstol y fidelidad a la Iglesia
Artículo de Antono Bravo

Revista "El Prado" nº 168

La «vida apostólica comporta cargar alegre y amorosamente cada día con la cruz que proviene de la misión misma, de la solidaridad con nuestros pueblos, de una vida según el Evangelio y de la fidelidad a la Iglesia» (Constituciones 10)

Los responsables de la Revista han decidido desarrollar a largo de este año unos comentarios a este párrafo de las Constituciones. En este marco, se me pidió reflexionar sobre cómo el apóstol de Jesucristo está urgido a cargar, alegre y cordialmente, con la cruz proveniente de la fidelidad a la Iglesia. Quien entre con decisión por esta senda empinada, encontrará libertad y plenitud de vida.
Conviene, ante todo, no perder de vista el contexto en que se inserta nuestra afirmación.
Nuestro número comienza con esta afirmación: “El Espíritu de Cristo, Buen Pastor que da su vida por sus ovejas, nos llama a vivir hoy su obediencia filial al Padre, su plegaria de intercesión, su compasión por los pobres y los pecadores, su modo de anunciar la venida del Reino de Dios y de abrir a él los corazones, su paciencia en la formación de sus apóstoles, sus combates liberadores contra el espíritu del mundo, los ídolos y la falsa religión”. Notémoslo. La iniciativa no es del hombre, sino del Espíritu de comunión y libertad; y éste, al llamar, da la posibilidad de configurarse con la vida y obediencia del Buen Pastor. Cuanto diremos, a lo largo de estas líneas, resultaría pretencioso, incomprensible e impracticable, sin los dones de inteligencia y fortaleza del Espíritu. Estamos en la esfera de la fe y de la gracia.
El miedo a la cruz, al sufrimiento, se inscribe en las fibras más hondas de la persona. Los discípulos de Jesús, llegado el momento de la pasión, lo abandonan y huyen. Sólo quien renazca del agua y del Espíritu, se adentrará en el espesor de la cruz con gozo y decisión. «El hombre viejo», aunque ame la Ley o la razón, juzga desatino una salvación a través de la humillación del Siervo. “Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor 1,22-25).
Hoy, la sutil y sagaz propaganda de la sociedad del confort, tanto en pueblos ricos como pobres, descalifica palabras como cruz o sufrimiento; se tiene miedo para abordarlas con hondura. El mundo gusta de Mesías potentes. El Crucificado, en el mejor de los casos, aparece como consuelo para resignados y nostálgicos del pasado. ¿No es signo de oscurantismo, como lo afirman ciertos humanismos, anunciar al Siervo humillado como camino de plena realización para el hombre? Estamos ante una nueva versión del escándalo judío y de la necedad griega. Y esta mentalidad difusa, seamos conscientes, nos alcanza a todos; con ella estamos llamados a medirnos en combate manso y tenaz.
Hagamos nuestra, la pedagogía realista, progresiva y paciente de Dios al implantar su Reino en la historia. El mundo sigue siempre presente en el seno de la Iglesia hasta su plena transfiguración en la Parusía. Sus pastores, por tanto, en modo alguno pueden rehuir el combate entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y el príncipe de la mentira.
Fidelidad a la Iglesia y seguimiento de Jesucristo son inseparables en la vida y misión del presbítero. En el momento de confirmar a Pedro en su vocación y misión, el Resucitado, aúna de forma significativa estas expresiones: “Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas... Sígueme... Otro te conducirá… Tú, sígueme” (Jn 21,15-22). Para el apóstol, el seguimiento más de cerca del Señor y Maestro toma la forma de la solicitud y amor hasta el extremo por su Iglesia (Cf. 1 Pe 5,1-4). ( 1Este texto, muy presente en la vida del P. Chevrier, postula una vida de los presbíteros según el camino del Siervo (1 Cor 1,17-25; 2, 5-10; 2,21-25; 3,18-22; Hch 20,28. El Espíritu invita a participar en los trabajos de Dios en favor de su pueblo.)
Con el fin de ahondar en estas perspectivas que, como indicaba, superan la razón dejada a sus propias fuerzas, veamos cómo las Escrituras iluminan el camino a recorrer tras las huellas de Cristo, así como de los siervos y testigos enviados por Dios en la historia de su pueblo.

I DIOS PASTOR DE SU PUEBLO
El Dios de los padres liberó a Israel de la esclavitud. Se acordó de su Alianza e intervino en la historia, para hacerlo existir como pueblo. Con amor se comprometió a conducirlo por el desierto hasta la tierra prometida, dándoles la Alianza de la Ley: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”.
Pero el pueblo de dura cerviz mostró su querencia de infidelidad: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí... Mi pueblo está enfermo por su infidelidad... Mi corazón se revuelve dentro a la vez que mis entrañas se estremecen...”(Os 11,1-11). El amor no permanece inactivo, se compromete en favor del amado. El Dios fiel ve, escucha e interviene para llevar a «la Iglesia del desierto» a la tierra de la libertad. Este combate dramático, Dios lo mantiene a través de sus siervos.
Moisés, “pastor del rebaño de su suegro Jetró” (Ex 3,1), fue como capturado para liberar y pastorear el pueblo oprimido. La pasión del amor divino tomará cuerpo en el siervo de Dios. Duro fue el combate con Faraón y los suyos; pero más sufrirá Moisés de su pueblo, inclinado al mal, como se lo hiciera notar Aarón: “Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal” (Ex 32,22).
Ante sus lamentaciones permanentes, pues Israel era pueblo de deseos y seguridades controlables, Moisés se dirigía a su Señor en estos términos: “¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo he dado a luz, para que me digas: Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?” (Nm 11,11-13).
Moisés afrontó en el desierto las tentaciones de su pueblo. Aarón se mostró cómplice de las inclinaciones de «la comunidad del desierto», proclive a fabricar sus propios dioses. Mas, Aarón y María, hermanos del siervo de Dios, están celosos de su autoridad y la contestan. Se mueven en el terreno de la sociología del poder. ¿No se recuerda así una experiencia universal? ¿No buscaban los discípulos los primeros puestos en el Reino...?
El sufrimiento del mediador tiene su origen, en última instancia, en el hecho de estar situado entre la pasión de un Dios celoso y la pasión de un pueblo infiel (Cf. Ex 32,33,23). Ante el Señor, defiende a los suyos. Ante éstos, toma partido por aquel que los liberó para la Alianza. La misión del mediador conlleva una gran pasión de amor y solidaridad. Participa del sufrimiento de Dios y del sufrimiento del pueblo, que no acierta a caminar en la fe. David será sacado de detrás del rebaño, para ser ungido pastor de un pueblo roto y dividido. Como un día enfrentara al león, para salvar las ovejas de su padre, ahora deberá trabajar para reunificar las tribus dispersas. Y esto le supondrá un combate continuo con los enemigos exteriores, pero también con los internos, incluido su propio hijo. El llamado a pastorear el pueblo de Dios, sea consciente de que no le faltarán intrigas y oposiciones. Recio será el combate para reconciliar a los unos con los otros, para realizar la unidad en la diversidad. Ser de todos y para todos, no puede hacerse sin sufrimiento.
Dios envió a los profetas sus siervos para salvaguardar la integridad de la Alianza. Fueron perseguidos, rechazados, incluso condenados a muerte. Sus vidas están como esculpidas por el sufrimiento, pues vivían inmersos en la pasión de Dios por los suyos. La figura de Jeremías es emblemática. Jamás pudo callar la verdad proveniente del Verdadero y jamás rompió la solidaridad con el pueblo. Hizo suyas las lamentaciones del Señor. Los profetas corren la suerte del pueblo pobre y humillado; no son enviados contra él, sino en su favor y servicio. Como Dios está por los suyos, así deben estarlo ellos.
Para reunir a los exiliados, aparecerá el Pastor mesiánico en la condición de Siervo (1. Cf. Ez 34; Jer 23,1-6; Zac 11,4-17; Is 42,1-9; 49,4-11; 52,13-53,12.). La vida nueva del pueblo brota de la muerte del Siervo. La originalidad de los caminos y tiempos de Dios se van así revelando de forma progresiva.
Los siervos enviados por Dios, por tanto, dan cuerpo a su pasión de amor por un pueblo de dura cerviz. Son testigos de su fidelidad inquebrantable a favor de los que eligió, convocó y liberó para ser pueblo de su propiedad.

II EL PASTOR MESIÁNICO
Jesús se presentó como el Buen Pastor de los últimos tiempos. Vino a buscar las ovejas perdidas. Las llamó una por una y las sacó hacia horizontes nuevos y dilatados. A través de la cruz, encabezó el regreso de la humanidad al Padre. Mantuvo un combate enconado y arriesgado, hasta el libre don de su vida: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor se despoja (la arriesga) de su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye, – el lobo hace presa en ellas y las espanta – porque es asalariado y no le importan las ovejas” (Jn 10,11-13).
El sufrimiento y la cruz de Jesús se desvirtúan cuando quedan reducidas a mera consecuencia de su vida profética. La fe apostólica, en la luz de la resurrección, comprendió que la pasión se había desarrollado según el designio del Padre. (2 Cf. Hch 2, 22-36; Heb 10,5-10; Rom 8,1-4; 2 Cor 5,16-21; Ef 2…)
“¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en las Escrituras” (Lc 24,25-27; Cf. 24,44-48).
En su gran catequesis camino de Jerusalén, (3 Después de la confesión de Cesarea, Jesús no cesó de instruir a los suyos sobre su Pascua dolorosa y exaltante Cf. Mc 8, 31-33; 9, 30-32; 10, 32-34; Jn 12,20-36.) Jesús se lo había explicado a los discípulos, pero no entendieron. Compartían la mentalidad mesiánica de su pueblo. Los anuncios proféticos habían entrado en la horma religiosa de la cultura, como lo expresa, con claridad, la reacción de los judíos ante el anuncio hecho por Jesús de su muerte: “La gente le respondió: Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices Tú que es preciso que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es ese Hijo de hombre?” (Jn 12, 34) El comportamiento de Pedro ante el anuncio de la pasión, el lavatorio de los pies o el proceso de la cruz, es el eco de esa mentalidad.
Para el Hijo encarnado, el sufrimiento no fue algo agradable, (4 Jesús experimentó la tristeza hasta la muerte. Suplicó con gritos y lágrimas. Hizo la experiencia de la turbación. De esa lucha, interna y externa, se hace eco la carta a los Hebreos (Cf. Heb 12,1-4)) pero sí el camino para reunir a los hijos dispersos (Cf. Jn 11,49-52), para avanzar hasta el Padre con una multitud de hermanos. El Unigénito muere y resucita como el Primogénito (Cf. Col 1,15-20; Rom 8,28-30). La cruz, contrariamente a lo que el mundo piensa, aparece en el designio de Dios, como camino de fecundidad, de plena realización y de exaltación. Ella es la única esperanza de la humanidad.
En el momento de pasar de este mundo al Padre, Jesús recordaba a los suyos que debían seguirle en sus dolores de parto para alumbrar la vida nueva: “La mujer, cuando da a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando el niño le ha nacido, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os podrá quitar esta alegría” (Jn 16, 20-23). El dolor es camino de vida. El Buen Pastor vino para que los hombres tuvieran en abundancia la vida de Dios (Jn 10,10). El madero maldito de la cruz es ahora el árbol de la vida (Gal 3,10-14). La muerte es vencida en la muerte (1 Cor 15,54-57). El sufrimiento es camino de felicidad y gloria (5 El P. Chevrier escribe: “La cruz es la salvación, es la gloria. ¡Qué gloriosa ha llegado a ser la cruz desde que Jesucristo la ha tomado y la ha llevado!” (VD 330)).
El apóstol se siente asociado a los sufrimientos del Siervo para edificar la comunidad de salvación. “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para que aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5,14-15). Se comprende mejor que Jesús preguntase a Pedro: “¿Me amas?” El llamado a ser pastor de la ovejas del Padre, sólo podrá realizarlo si vive en la cadencia del amor hasta el extremo del Verbo encarnado. El amor es fuerte y razonable en la debilidad y necedad.
Sólo esta participación en el amor del Padre y del Hijo, que el Espíritu derrama en el corazón del apóstol, le hará vivir con alegría los múltiples y costosos trabajos de una auténtica fidelidad a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. El ministro del Evangelio comparte el amor de la Cabeza por su Cuerpo. El amigo del Esposo se asocia gozoso a sus trabajos para presentarse una Esposa sin mancha ni arruga. “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,25-27)
¡Qué lejos estamos de una mera relación funcional del presbítero con la comunidad! El Espíritu del Resucitado le permite comulgar con el don perenne que el Buen Pastor realiza de sí en favor de cuantos el Padre le ha confiado.
En el marco de la fiesta pascual, Jesús reveló a sus discípulos los secretos íntimos de su corazón: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22, 15-16). También compartió con ellos su alegría filial ante la hora de pasar al Padre. Alegría, que el mismo sufrimiento no podía arrebatarle: “Si me amaráis os alegraríais de que me fuera la Padre, porque el Padre es más que yo” (Jn 14, 28). Su paso por la cruz, tenía como horizonte la Promesa del Padre: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré” (Jn 16,7). El apóstol, sostenido e iluminado por el Espíritu, comparte el deseo, alegría y amor fecundo del Buen Pastor.

III LA ALEGRÍA PASCUAL DEL APOSTOL
Pablo alumbró las diferentes Iglesias entre dolores de parto. A los Corintios escribía: “Aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (Cf. 1 Cor 4,15).Y este alumbramiento nunca está definitivamente acabado, pues las seducciones del mundo se hacían sentir sobre la comunidad eclesial (6 La comunidad de Corinto hará sufrir al apóstol con sus divisiones, con su añoranza de asemejarse a los grandes de este mundo, con sus modos carnales de vivir, con su menosprecio de la Iglesia y de Cristo, pues humillaban a los pobres en sus asambleas eucarísticas.).
La solicitud (7 El apóstol comparte la solicitud de Dios por los suyos. Ésta comporta un estado de espíritu en que el servidor queda absorbido por el futuro de la comunidad. “Y a parte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿quién sufre escándalo sin que yo me abrase?” (2Cor 11,28-29; Cf. Rom 9,1-3)) de Pablo por las Iglesias se trasluce a lo largo y ancho de sus cartas. Era consciente que lobos crueles se infiltrarían en ellas; de su mismo seno emergerían hombres seductores (Hch 20,29-32). Era preciso permanecer vigilante y afrontar los combates necesarios. El apóstol es fiel a la Iglesia haciendo posible que ella sea fiel a la Alianza del Dios fiel.
No regateó esfuerzo alguno para comunicarles la totalidad del designio de Dios (8 Veamos, una vez más, el discurso de Pablo a los presbíteros de Éfeso: “Por esto os testifico en el día de hoy que yo estoy limpio de la sangre de todos, pues no me acobardé de anunciaros todo el designio de Dios” (Hch 20,26-27). Como los profetas, el apóstol no se acobardaba ante las resistencias y oposiciones que podía encontrar en el seno de la comunidades. No era hombre de rebajas.), tal como lo recibiera del Resucitado y de sus testigos designados por Dios (1 Cor 15,1-7). En efecto, el apóstol de las gentes mantuvo un gran combate para guardar la verdad liberadora del Evangelio en el seno de sus comunidades. La carta a los Gálatas lo refleja bien. Lucha con la comunidad, no contra ella, pues corre el riesgo de abandonar el Evangelio de la libertad. Hace frente a los hermanos que la seducen e inquietan. Dialoga con los que han sido puestos por Dios al frente de la Iglesia. Enfrenta las desviaciones de los responsables.
Grande fue su sufrimiento. Pero Pablo estaba cimentado en la cruz de su Señor, de tal manera que podía concluir su combate con esta lapidaria expresión: “Los que quieren ser bien vistos en lo humano, ésos os fuerzan a circuncidaros, con el único fin de evitar la persecución por la cruz de Cristo... En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva... En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús” (Gal 6,11-18). Pablo exhibe sus cicatrices (9 Cf. 2Cor 4,7-12; 6,4-5; 11,23-27; 1Cor 4,6-13; 1Tm 3,10-13... etc. ), como el Resucitado sus llagas (10 El Resucitado le dice a Tomás: “Acerca tu dedo y aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27).) para hacerse reconocer.
El apóstol de las gentes ve en los sufrimientos la marca del ministro auténtico del Evangelio. “Las características del apóstol se vieron cumplidas entre vosotros: paciencia perfecta en los sufrimientos y también señales, prodigios y milagros” (2 Cor 12,12). Nos encontramos en perfecta continuidad con el profeta Jeremías y el Siervo de Yahveh: “¡Hijos míos!, por quien sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros. Quisiera hallarme ahora en medio de vosotros para poder acomodar el tono de mi voz, pues no sé cómo habérmelas con vosotros” (Gal 4,19-20).
En efecto, el Apóstol asumía el papel de padre y madre con relación a sus comunidades. Su preocupación principal era el crecimiento de los llamados en Cristo. “Amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habíais llegado a ser muy queridos. Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravoso a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios” (1 Tes 2,8-9) ¡Qué importante descubrir el sentido de una auténtica paternidad y maternidad en el ejercicio mismo del ministerio sacerdotal! ¡Qué luz arroja para pensar el celibato apostólico! No renuncia el presbítero a la fecundidad, pero unificado en Cristo, consagra sus energías vitales a consolidar la fe de los hermanos. Fidelidad a la Iglesia y realización personal son vistas así en una nueva luz.
“Efectivamente, no corresponde a los hijos atesorar para los padres, sino a los padres atesorar para los hijos. Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado?” (2 Cor 12,14-15). Los padres encuentran gozo en trabajar para sus hijos. He aquí un hecho expresivo. Un señor de mi pueblo había trabajado mucho para ofrecer un futuro a su familia. Su hijo derrochaba en juergas los laboriosos ahorros. Alguien le preguntó: ¿Para qué te ha servido tanto trabajo, sufrimiento y ahorro? Y el padre contestó sin vacilar: “Puedes estar seguro: he gozado más ahorrando para mi hijo, de lo que él puede disfrutar malgastándolo”. El padre había vivido desde el amor y su alegría era infinitamente más grande. Y esto mismo sucede en quien sirve a la comunidad desde el amor. Jesús, animado por el amor del Padre, dará su vida, cierto, entre gritos y lágrimas (Heb 5,7-8), pero también con un gozo inmenso: “Ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada” (Jn 17,13; Cf. Jn 15,11; 16,16-22).
Insistamos en esta alegría pascual del Apóstol, para mejor descubrir su fuente y proyección. Dos textos pueden servirnos como punto de partida. En la carta a los Filipenses, tras recalcar cómo la vida fraterna es imposible sin hacer suyos los sentimientos de Cristo, Pablo afirma: “Y aun cuando mi sangre fuera derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe, me alegraría y congratularía con vosotros. De igual manera también vosotros alegraos y congratulaos conmigo” (Flp 2,17-18; Cf. 3,20-21). En la cadencia de la muerte de Cristo, el Apóstol se entrega gozoso al servicio de la fe de sus comunidades (11 Cf. Flp 3,1-21. Aunque este texto se toma de ordinario en la perspectiva del discípulo, conviene no perder de vista la perspectiva apostólica. He aquí su conclusión: “Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros. Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lagrimas, como enemigos de la cruz de Cristo...”).
“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me concedió en orden a vosotros para dar cumplimiento a la Palabra de Dios...” (Col 1,24-25s). Este segundo texto expresa magníficamente los motivos profundos de la alegría pascual y dinámica del Apóstol. Sufre con gozo, pues se siente asociado a los sufrimientos del Siervo, quien engendra a su Cuerpo, la Iglesia, en el hoy sin ocaso de su Pascua. De este Cuerpo, por gracia, fue hecho ministro para llevar a cumplimiento la Palabra; tal es la misión recibida del Dios y Padre de Jesucristo. Ve en los sufrimientos de la misión la garantía de una gracia singular: Ha sido asociado a la manifestación del Misterio entre los gentiles: “Que es Cristo entre vosotros , la esperanza de la gloria” (Col 1,27).
Como lo recuerda la carta a los Efesios, la alegría pascual brota, en última instancia, de la comunión con los trabajos del Verbo para engendrar el Hombre Nuevo, que es la Iglesia: “Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad” (Ef 2,14-16). El ministro del Evangelio, asociado a la misión de Cristo, encuentra, por tanto, en la participación a los padecimientos de su carne, una fuente inagotable de alegría.
¿Cómo es esto posible, pues la razón se ciega, se pierde y asusta ante la cruz? Sólo entenderá, respondería el Apóstol, quien haya hecho la experiencia del amor de Cristo. La inteligencia del corazón penetra más profundo que la razón y la misma Ley. “En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios; con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,19-20). El apóstol lleva en su cuerpo el morir de Cristo para comunicar vida (Cf. 2 Cor 4,10-12). En él se prolonga la pasión del Esposo para presentarse una Esposa sin mancha ni arruga (12 La pasión de Dios se reflejaba en la acción apostólica de Pablo. “Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados cual casta virgen a Cristo” (1Cor 11,2) Los celos, pasión de amor, introduce inevitablemente el sufrimiento en la vida del apóstol.)

IV CONCLUSIONES PARA EL MINISTERIO PREBITERAL
De este rápido recorrido por las Escrituras, saquemos ahora algunas conclusiones, para la vida y el ministerio de los presbíteros, llamados a pastorear el Pueblo de Dios.
1) Instrumento de la fidelidad de Dios
La infidelidad, como lo atestigua la experiencia, aparece como algo congénito a la historia «de los santos por vocación» (Rom 1,7; 1 Cor 1,2). Y esta constatación conduce, en ocasiones, al presbítero a un cierto desánimo, perplejidad y crispación. Soñó con una comunidad acabada y perfecta; olvidó que Dios la edifica día tras día. El compromiso de su amor fiel (13 El Dios de la Alianza no cesa de trabajar para conducir a los llamados a la comunión con su Hijo (Cf. 1 Cor 1,9), a su Reino (Cf. Col 1,9-14), a la perfección del Hombre Nuevo, a la plenitud del amor (Cf. Ef 4,1-24). El pastor es un servidor de este designio de Alianza. La acción de gracias del Apóstol se apoya en la acción fiel y constante del Señor (Cf. Flp 1,3-6). En la infidelidad de los suyos, brilla con más fuerza la fidelidad de Dios (Cf. 2 Tm 2,8-13).) no elimina el carácter progresivo de la persona, mucho menos del pueblo elegido. El don del Espíritu posibilita a la libertad determinarse en el curso de la historia. Las contradicciones e infidelidades de la Iglesia son una razón de más para que el pastor se adentre en el movimiento de la fidelidad de Dios.
El pastor permanece en comunión con el Mayoral, si desarrolla su fidelidad mansa, paciente, dolorosa y activa. Esta fidelidad divina es una verdadera pasión, como vimos, e introduce a sus servidores en los dolores del alumbramiento. El amor toma sin cesar la iniciativa para salir, convocar y sostener a la Iglesia en marcha. No condena. Busca, por todos los medios, llevar a término la obra comenzada por Dios. El servicio le hace renunciar a su propio interés, aún el plano espiritual, para marchar al paso del pueblo. Es el camino de la caridad apostólica. (14 Pablo, profundamente apasionado por Cristo, veía la muerte como una ganancia, pero ante las necesidades de la comunidad de Filipos decide permanecer entre ellos.)
Llamado a cultivar la fidelidad de la Alianza, el presbítero fue convocado para ser instrumento libre de la fidelidad de Dios. Y esto supone apostar por el «trabajo fecundo» de que habla Pablo.

2) El combate de la verdad
Como colaboradores del Espíritu de la verdad, los ministros del Evangelio deben posibilitar el ingreso de la comunidad eclesial en la verdad plena. Fueron asociados a la suerte y misión del «Testigo (mártir, en griego) Fiel y Veraz» (Ap 3, 14; 1, 5; Jn 18, 37); sean, pues, conscientes de los trabajos y sufrimientos que les aguardan. Guiar una comunidad a la Verdad, supone, en todo momento, un combate con el mundo que en ella se alberga.
Esta lucha por la verdad liberadora, por llevar a la comunidad hacia horizontes dilatados, exige una gran disciplina de escucha y estudio de las Escrituras, de la Tradición, del Magisterio; una resistencia profética ante el deseo, consciente o inconsciente, de un pueblo a fabricarse dioses a su medida; un trabajo constante de discernimiento, para mesurar todo a la luz de la Pascua del Hijo; una sumisión incondicional al testimonio apostólico; una «tensión cordial», sin juicios, con quienes no realizan la verdad.
Defender la verdad del Evangelio es un gran servicio a la libertad de la Iglesia, pero, como lo recuerda la experiencia de apóstoles, confesores y doctores, lleva consigo un martirio lento y continuo. La incomprensión de la comunidad, las intrigas de los hermanos, los procesos de intenciones, las dudas y ambigüedades de los mismos Responsables del pueblo profético..., todo contribuye a acrecentar el sufrimiento en este gran combate por la Verdad.
Santa Teresa de Jesús, con su realismo y plasticidad acostumbrada, habla de «contradicción de buenos». Ahí incluía a sus confesores, amigos, y prelados. Comentando una entrevista con el entonces fray Pedro de Alcántara, escribe la santa: “Húbome grandísima lástima. Díjome que uno de los mayores trabajos de la tierra era el que había padecido, que es contradicción de buenos, y que todavía me quedaba harto, porque siempre tenía necesidad, y no había en esta ciudad quien me entendiese...” Y añade : “Porque como quien me tenía mayor voluntad, me hacía toda la guerra” (Vida, C. XXX). Teresa enseñaba, al mismo tiempo, cuán preciso era luchar con humildad, obediencia, paciencia y amor. Entendía que si la verdad era de Dios, nadie podría resistirla, aunque sí demorar su realización. El sacerdote debe entrenarse para este combate de la verdad en el seno de la comunidad eclesial. Y este entrenamiento incluye renuncia a las propias opiniones y comunión con la fe apostólica del Pueblo de Dios. Es necesario presentar la totalidad del designio de Dios, con fidelidad y coraje.
Trabajar para que un pueblo «escuche la verdad», «camine en la verdad», «realice la verdad», es decir, viva y sea de la verdad, no puede hacerse sin compartir las contradicciones de Cristo, la Verdad personal de Dios.

3) Vigilancia: No duerme ni reposa el guardián de Israel
¡Qué difícil aceptar la vigilancia como tarea y oficio! Los pastores deben velar en la noche las ovejas que les fueron confiadas. Puestos al frente de la casa del Señor, deben servir a todos según sus necesidades, en el momento oportuno. Su vocación y misión es la comunión con el Dios siempre atento al pueblo pobre y oprimido.
En la noche oscura, ve venir al lobo y sale a su encuentro para hacerle frente. Es un riesgo grande. Pero más delicado, si cabe, es discernir y desenmascarar a los falsos hermanos, profetas y apóstoles, provenientes de las filas de la comunidad eclesial y que seducen y engañan a las ovejas de Dios. Esta misión reclama un estado de descentramiento, de despojo tal que ya no le importa su gloria o reputación. Semejante vigilancia pastoral es imposible sin una honda disciplina y soledad. Tal es la muerte e inmolación que A. Chevrier propone en el mural de Saint-Fons para dar la vida. “El sacerdote es un hombre crucificado. Cuanto más muerto se está, más vida se da”.
La vigilancia profética, por otra parte, reclama un auténtico compromiso contemplativo en la oscuridad de la fe. El pastor oteará en los acontecimientos, en el corazón de las personas y comunidades, los caminos de la llegada del Señor, para señalar su presencia a cuantos viven inmersos en las tinieblas. Su ministerio profético es acoger, discernir y proclamar la palabra que Dios dirige hoy a los suyos. Y esto supone frecuentar el desierto y la montaña, como lo hiciera el Buen Pastor. ¡Que importante vivir con amor el ministerio de la vigilancia! Es preciso entrenar la sicología del presbítero para tan rudo combate.
«Vivir para los demás», «desarrollar la comunidad», tal es la gracia del sacerdocio ministerial, si realmente es vivida en comunión con Jesús. La carga puede, en ciertos momentos, aparecer demasiado pesada; así lo recuerda la historia de Moisés y de Jeremías, de todos los servidores de Dios.

4) El servicio de la comunión
El Buen Pastor destruyó, en su propia carne, el muro de la enemistad, creando de los dos pueblos antagónicos al Hombre Nuevo, que es la Iglesia. Entre los bautizados: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Esta unidad, siempre amenazada por las tendencias del hombre viejo, debe ser proclamada, cultivada y defendida por los llamados a encabezar la marcha del pueblo peregrino en la historia. La comunión es don y tarea. La Iglesia, como todo organismo vivo, se desarrolla entre tensiones vitales.
Para garantizar la comunión en la Verdad, el pastor se empeña en la construcción de una fraternidad donde los pobres tengan un lugar de preferencia, tal como lo estableció el designio divino. La presidencia eucarística exige tomar la defensa de los excluidos en la comunidad (15 Pablo denuncia que una celebración de la Eucaristía en que los pobres son humillados y dejados de lado es un auténtico menosprecio de Cristo y de la Iglesia (Cf. 1 Cor 11,17-34). Defendió a los débiles en la fe (1 Cor 8,1-13) y enseñó que Dios había dado más dignidad a los que carecían de ella (1 Cor 12,22-26).). Y no se hará sin entrar en confrontación dolorosa con los fuertes, con ciertos líderes de la misma comunidad. Sueñan ingenuamente algunos en un servicio a la comunidad al margen de tensiones y conflictos. Cierto, los presbíteros deben ser, en todo momento, agentes de reconciliación, pero ésta exige de todos andar en la verdad y realizarla. La caridad y la verdad deben encontrar en el pastor su conjugación exacta, y ello acarrea conflictos. Se exige de él la ternura de la madre y la entereza del padre.
Mutilada estaría la comunión si los diversos carismas no se desarrollasen en armonía y complementariedad. Y sabemos con cuanta facilidad un servicio, ministerio o carisma tiende a imponerse sobre los otros. El servidor de la unidad debe trabajar con perspicacia, pedagogía y decisión, si quiere cultivar la diferencia y colaboración de todos en la edificación del único Cuerpo de Cristo. Diversidad y comunión proceden del Espíritu de libertad. La lucha contra la uniformidad y la dispersión es combate exigente y permanente. ¿Cómo garantizar que los bautizados en el Espíritu colaboren como miembros de un solo Cuerpo? El ministro de la Comunión vive así la alegría de complementar lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

5) Servicio, fecundidad y alegría en el combate apostólico
El pastor del pueblo peregrino luchará todos los días contra la tendencia de éste a instalarse en los valores de la cultura dominante, en las alianzas con los poderosos del mundo, en el tiempo presente. También este combate es doloroso, pero lo reclama la naturaleza escatológica de la Iglesia. Es un auténtico servicio a la esperanza del mundo.
La tentación de instalación reviste formas complejas y sutiles. La mentalidad farisaica lo hace en la ley; la honradez humanista en el compromiso ético; el celo religioso en los medios de conquista... etc. El pastor velará para que todos acojan la Palabra y se dejen lavar los pies, condición para compartir la herencia del Resucitado. Luchará también para hacer salir a la comunidad al encuentro del mundo en actitud de diálogo y servicio amoroso. La sacramentalidad de la Iglesia en el mundo está en “«significar y actualizar el amor de Dios por los hombres” (GS 45).
Después que el Buen Pastor fuera resucitado de entre los muertos, la ley de la entropía quedó abolida. La fecundidad del grano de trigo es verdadera en Cristo y en sus apóstoles. Quien carece de esta convicción de fe, pronto abandonará el combate del amor o se crispará en la lucha estéril de la ideología. Conviene saberlo y ayudarse en punto tan delicado. Esta opción por los fecundos oprobios de Cristo, es posible gracias a la fe contemplativa. Santa Teresa escribía con pasión: “Mirad que importa esto mucho más que yo os sabré encarecer. Poned los ojos en el Crucificado, y se os hará todo poco. Si su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con sólo palabras? ¿Sabéis qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien, señalados con su hierro, que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado la libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como Él lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña merced” (Moradas VII, C. IV).
En la contemplación de la fe amorosa, el Espíritu descubre a los apóstoles, día tras día, la verdad y felicidad que encierra el comentario de Jesús al lavatorio de los pies: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘el Maestro y el Señor’ y decís bien, porque los soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto seréis dichosos si lo cumplís” (Jn 13,12-17). He aquí la fuente de la alegría pascual del apóstol. ¡Qué lejos estamos de un sacerdocio puramente funcional! ¡Qué hermoso es un sacerdote a la manera de los apóstoles, pero qué exigente por otro lado!
Para terminar, me permito parafrasear esta expresión Santa Teresa: “Creedme, que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor, y tenerle siempre consigo, y no hacerle mal hospedaje, no dándole de comer” (Moradas VII, C. IV). El servicio fiel a la Iglesia reclama que en nuestras vidas anden juntas contemplación y acción. Tal es el camino de la alegría pascual para los llamados a «cargar alegre y amorosamente cada día con la cruz que proviene... de la fidelidad a la Iglesia»


Antonio Bravo

Actualización lunes, 28 noviembre 2005 a las 20:06:46
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