La cruz que proviene de los crucificados

Las cruz comienza en la encarnación. Es el reflejo del amor, de la compasión, de la ternura de Dios por su pueblo pobre, oprimido, vejado. La cruz que proviene de la solidaridad con los pobres encuentra su dinamismo en el abajamiento del Hijo, que carga con el dolor del pueblo maldito y crucificado... Bajar a los suburbios de la humanidad, cargar con el dolor y el sufrimiento de los pobres en nuestros barrios, en nuestros pueblos, he ahí el reto de la fidelidad al Crucificado-Resucitado.

1. NUESTRAS RAÍCES: UN ARAMEO ERRANTE Y UN PUEBLO ESCLAVO
La elección de Dios, ya desde el principio, para llevar adelante su proyecto salvador se centró en un pueblo pobre, humilde, esclavo, crucificado. Aún cuando el pueblo ha tomado dimensiones de aparente grandeza, no ha sido más que para expresar la grandeza de Dios. El primer credo Israelita nos ayuda a tomar conciencia de ello. Allá en Egipto, aquel puñado de tribus se convirtieron “en una nación grande, fuerte y numerosa”, pero no dejaban de estar en tierra extrajera y dominados, como enseguida señala dicho credo. Y si Dios sacó a aquel pueblo de la esclavitud, nunca se pudo contar entre los imperios que en realidad dominaban la tierra. “Mi padre era un arameo errante. Bajó a Egipto y se estableció allí como emigrante con un puñado de gente.... Los egipcios nos maltrata-ron... nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor...y escuchó nuestra voz... El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso en medio de gran temor, señales y prodigios” (Dt 26,5-8).
Dios, desde le principio, ha querido dejarnos claro su opción para realizar su proyecto de salvación a toda la humanidad.
En esta realidad crucificada la fe echó sus raíces y se ha ido desarrollando y purificando a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Siempre la experiencia de fe más genuina se ha ido haciendo y se nos ha ido transmitiendo en un pueblo pobre, sencillo, crucificado: Esclavitud de Egipto/Liberación; Tierra prometida/destierros; reconstrucción del pueblo / y dominación del mismo por parte de los imperios de turno. El Siervo, el Resto, los anawin… siempre han sido una realidad teologal en la que Dios se ha volcado para hacer sus maravillas y para convertirlos en mediaciones de su voluntad liberadora, en signos de purificación y llamada a la conversión. Mediaciones pobres, sencillas, crucificadas, proféticas cuando el pueblo era infiel a la Alianza, y que ofrecen la posibilidad de renovarla: “Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”.
En el Nuevo Testamento, con Jesucristo y sus seguidores, esta dinámica adquiere su plenitud y dimensión más profunda. Así nos lo cuentan las crónicas:

2. NUESTRA IDENTIDAD SE EMPEZÓ A FRAGUAR EN UN PESEBRE
Cuentan las crónicas que un día estaban cenando el Padre, el Hijo y el Espíritu, y que al Padre se le veía preocupado. A penas había tomado bocado, cuando se levantó de la mesa con gesto preocupado; lentamente y como pensativo dirigió sus pasos a la ventana del cielo. Mientras, había cogido la servilleta por los dos extremos más separados, y con las manos, lentamente, iba enrollándola haciendo un tirabuzón. Se apoyó de espaldas a la ventana y terminó con la servilleta echa un nudo, después se volvió, se asomó por la ventana y se quedó contemplando la tierra como extasiado. Al poco tiempo se volvió hacia el Hijo y el Espíritu y les dijo: “No sé que hacer… me preocupa esa humanidad que con tanto amor la hicimos…, esa tierra que con tanto cariño creamos y … ¡qué desastre!. Se me rompen las entrañas al contemplar este espectáculo. La Luz que colocamos en el corazón de la humanidad la han convertido en tinieblas, y la libertad que pusimos en la tierra, la han encadenado…! Nos han abandonado a nosotros y ahora, mirad, se matan entre ellos; los más fuertes se han apropiado de la casa que hicimos para todos, a los más débiles los han mandado a la cuadra.. Los que recibieron más dones para compartirlos con el resto, se los han apropiado en exclusiva. La autoridad que recibieron para ponerla al servicio de todos, la utilizan para machacar y debilitar a los que tenían que servir en función de sus exclusivos intereses. Han puesto la casa patas arriba y han apagado el fuego que encendimos en su hogar. Los débiles y los que les han sido despojados, les tienen miedo. Y cuando estos recuerdan que son imagen nuestra e intentan hacérselo entender, los oprimen cada vez más. ¿Qué vamos a hacer? Hemos enviado a los profetas, pero …. No han reaccionado. ¡No sé! ¿A quién enviaré?”
Entonces el Hijo y el Espíritu se cruzaron una mirada, se levantaron sin decir palabra, se acercaron al Padre y el Hijo le miró de frente, puso su mano sobre el hombro del Padre y le dijo: “¡Envíame a mí!”. “Aquí estoy, Padre, para hacer tu voluntad”. Y el Espíritu dijo: “Si lo envías a Él, me tendrás que enviar también a mí”.
Al Padre se le iluminaron los ojos, se quedó de nuevo pensativo, les sonrió a los dos y dijo: “Tú, Hijo, eres la Palabra, eres mi Sabiduría, eres la expresión de mi interioridad, tu eres, es verdad, quien mejor podrá expresar nuestra Luz, nuestra Vida …. Tu, al ser la Palabra, podrás expresar, gritar, anunciar mejor que nadie mi Proyecto. A ellos les hemos dado la posibilidad de comunicarse, de relacionarse y para eso le dimos la palabra…. Pero te he de dar un cuerpo como el suyo, un cuerpo en el que te encarnarás y así…., ¡claro! Así se unirá en ti lo divino, nuestro, con lo humano suyo! Así tu serás, sin dejar de ser Dios, un hombre como ellos.” Y el Padre repetía una y mil veces: “Eso es, la Palabra encarnada en su humanidad, encarnada en los pobres, encarnada en los crucificados…”. Y mirando para el Hijo, le dijo: “Pero te daré un cuerpo de pobre… Tu serás pobre, asumirás desde la pobreza esa humanidad, la asumirás desde el deterioro, desde la debilidad, desde la cruz… , desde nuestros hijos predilectos, desde los que más sufren las consecuencias del desastre en el que han convertido la humanidad y la tierra… Sólo nos falta una cosa”. Y mirando para el Espíritu, le dijo: “Tu irás delante, habitarás en una mujer sencilla y pobre, en un pueblo pobre y sencillo. Eso es, la liberación la enviaremos encarnada en los oprimidos, la libertad, en los esclavos, la salvación, en la cruz… y todo este regalo lo acogerán en el compromiso. Así ellos serán sujetos, como los creamos. Eso es, nuestra fuerza liberadora aparecerá en la debilidad y nuestro amor se expresará en la Cruz. Pero es importante que, aunque nosotros trabajemos, que suden ellos. Están llamados a ser protagonistas también. Por eso, ya desde el principio, haremos las cosas así, a lo pobre, desde los pobres, desde los débiles y crucificados: la madre de Dios pobre, el pueblo de Dios pobre.. ” Y volviéndose al Hijo, le dijo: “Y tu nacerás de ella”… No había terminado de hablar el Padre cuando ya el Espíritu descendía hacia la tierra en busca de esa mujer que resultó ser María. Y el Hijo, tomó la mochila cargada con lo mínimo para el viaje y aguardó cola en la historia de la humanidad hasta que le tocara entrar en dicha historia..
Y mientras tanto… Dios seguía actuando en la historia, preparando el momento apropiado para que entrara su Hijo en ella. Y llegado el momento, el Espíritu visitó a María de Nazaret y habitó en ella. Y el Verbo de Dios tomó carne humana, carne de pobre y esclavo, naciendo en un pesebre, entre los despojos del mundo.

3. RAÍZ Y FUNDAMENTO DE NUESTRA SOLIDARIDAD CON LOS CRUCIFICADOS
La raíz de nuestra solidaridad con los pobres, empobrecidos y crucificados de este mundo está en el amor radical de Dios en la Trinidad –como he recordado anteriormente-, revelado y realizado históricamente y en plenitud en el Verbo Encarnado y Crucificado.
El pueblo de Dios está llamado a realizar su misión en el mundo siguiendo a Jesucristo que se situó del lado de los últimos sirviendo la esperanza de los pobres, empobrecidos y crucificados. Así Jesucristo es el cumplimiento de la promesa de Dios (Lc 4,16-21). Él hace suya la causa de los pobres y crucificados hasta identificarse con ellos desde el pesebre al calvario. Nace pobre en el pesebre y muere como un maldito en la cruz y de esta forma abre para todos el camino de acceso hacia el Padre.
La Buena Noticia de Jesús (su vida y su palabra) nos invita a entrar en la lógica del amor, más allá de la justicia y de la solidaridad. Un amor que cuya fuerza radica en enriquecernos con su pobreza, “Ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8,9) y su debilidad, “Se dejó crucificar en su débil naturaleza humana, pero ahora vive por la fuerza de Dios. Así también nosotros, que compartimos con él su debilidad, compartiremos con él su poderosa vida divina” (2 Cor 13,4).
Entrar en esta lógica es una gracia, es acción del Espíritu que hemos dejar que la realice en nosotros: “El Espíritu del Padre que guió la vida y la misión de Jesús nos modela según su "condición de esclavo” y nos impulsa a seguir a Cristo, el cual, “por su Encarnación se unió a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivía” (AG 10). Esta gracia que la recibimos llenos de alegría, nos compromete en primer lugar a "ir con Cristo al pesebre para allí hacernos pobres” (Cons 9; VD 34). Pero al mismo tiempo es respuesta nuestra a dicha gracia: “Damos nuestra adhesión al Cristo de la Encarnación y del Pesebre, que nos llama a seguirle en su camino de pobreza y humildad; al Cristo crucificado que nos invita a comulgar en su ofrenda y en su misterio de Muerte y Re-surrección; al Cristo Pan vivificante de la humanidad, que nos da fuerza para entregarnos hasta el extremo para que los pobres a los que somos enviados puedan tener la vida”. (Cons 82).

4. CUANDO LOS CRUCIFICADOS SE PEGAN AL CORAZÓN

4.1 Acoger “la cruz que nos viene de los crucificados” empieza por la encarnación.
“La solidaridad del discípulo con los pobres ha de ser real y concreta” (A. Chevrier)
No existe verdadero amor a los crucificados, no hay verdadera encarnación entre ellos, no hay verdadera opción por los empobrecidos si no dejamos que sus vidas entren en nuestro corazón. Cuando nos dejamos configurar por ellos, poco a poco se va experimentando que empezamos a gozar y a sufrir con sus alegrías y tristezas, que sus vidas empiezan a importarnos más allá de lo puramente afectivo y funcional, más allá de cualquier razón ideológica o sentimental, más allá de su bondad o pecado, haciendo la experiencia de la verdadera compasión: vivir con-pasión nuestra vida y la suya. Así en su cruz nos vamos sintiendo también nosotros crucificados porque el amor realiza el gran milagro de la desprivatización y desapropiación de nosotros mismos.
Cuando esto nos sucede es cuando podemos reconocer en nuestras vidas que estamos entrando en el camino del discipulado, del seguimiento a Jesucristo ya que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón... La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia” (GS 1).
Podríamos decir que la cruz empieza en el abajamiento: abajarse dejando que los pobres nos den la mano, tiren de nosotros hacia abajo, ya que la ley de la gravedad que solemos tener es distinta a la ley física de la gravedad; la ley de gravedad que llevamos dentro es hacia arriba, hacia los primeros puestos, hacia “las poltronas”, hacia el triunfo, el aplauso, el orgullo, el dominio…; solamente si dejamos que los pobres nos ayuden a vencer esa ley de la gravedad, podremos experimentar que ese paso nos posibilita el siguiente: llegar a caer en el surco y dejarnos enterrar entre aquellos que han tirado de nosotros hacia abajo; es así como estaremos preparados para llegar a despojarnos de verdad, a vaciarnos hasta morir y dar fruto abundante. Este camino sólo podemos afrontarlo con Jesús (Flp 2,5-11).

4.2 Hacerse buen pan entre los crucificados para los crucificados
Es aquí donde comienza el verdadero amor que va a dinamizar, a mover, toda nuestra vida hacia un compromiso real. Es entonces cuando podemos convertirnos en verdaderos samaritanos. Sin este comienzo, sin dejar que los crucificados se peguen a nuestro corazón, sin dejar que sus vidas nos trabajen, sin hacernos en realidad discípulos de ellos, no podremos nunca ser verdaderos apóstoles. El dinamismo de este proceso es fundamental si no queremos convertir el compromiso liberador y la evangelización de los crucificados en pura cuestión ideológica o doctrinal. Sin el proceso espiritual (o interior) del samaritano no puede haber verdadero testimonio ni verdadero anuncio del Evangelio. El proceso del samaritano fue: Ver, padecer con, acercarse para vendar las heridas del que estaba tirado en cuneta de la historia. Ante los crucificados no podemos acercarnos sino es como lo hacen los anawin, como lo hizo el Siervo: “Escuchar como el discípulo para saber sostener al abatido” (Is 50,4). Será esa escucha la que nos vaya trabajando el corazón
Sólo podemos hacernos buen pan para los pobres si antes nosotros hemos aceptado y comido el pan que ellos nos ofrecen. Tal vez nos parezca poca cosa (cinco panes de cebada y dos peces, Jn 6,9), o tal vez sea un pan que nos sepa amargo, ya que su harina ha sido amasada con las hieles de la pobreza, del dolor, del sufrimiento... Más aún, posiblemente sea un pan que se nos atragante porque no suele pertenecer a la comida que desde pequeños nos educaron a tomar y, sobre todo, porque es una gracia que hemos saber pedir, acoger y agradecer.
Los pobres y crucificados, desde el primer momento se nos presentan ante nosotros como “reveladores” de su realidad, de la realidad de nuestra sociedad y de la realidad de Jesús-Crucificado. No somos nosotros los que con nuestros análisis y a fuerza de reflexionar vayamos “desvelándolos” y “conociendo la profundidad de sus vidas y su realidad capaz de movilizar nuestro corazón. No. Ellos tienen la fuerza de la sacramentalidad. A nosotros nos toca escuchar, acoger, dejar que sus vidas trabajen nuestro corazón. Ellos así empiezan ya a ser protagonistas y mediación de Dios hacia nosotros y ante nosotros, hacia la sociedad y ante la sociedad, hacia el sistema económico-cultural y frente al sistema, denunciando, llamando a la conversión, invitando a vivir de manera más humana, “enriqueciéndonos, en definitiva, con su pobreza y su cruz”. Y cuando esta forma de “comulgar con ellos” la acogemos y amasamos con la Palabra de Dios, en ellos descubrimos la presencia del Verbo Crucificado ofreciéndonos la fuerza de la Resurrección. En ellos, de esta manera, tenemos la posibilidad de encontrarnos con el Crucificado-Resucitado que nos invita a hacer experiencia pascual. Esa será la experiencia que, después, nosotros hemos de devolver a los crucificados. Así podremos ser testigos de la Buena Noticia de Jesucristo, llevar adelante la misión que se nos encomendado: la evangelización de los pobres y crucificados.
El dinamismo de Jesús de Nazaret no fue otro. Desde el principio asumió su condición de siervo, se acercó, acogió y asumió la cruz de los crucificados de la tierra. El evangelio nos presenta a Jesús entrando en este proceso y dinamismo que supone la Encarnación. Y fue así como se convirtió en pan entregado. Tanto en el silencio de Nazaret, como su actividad de la vida pública, Jesús dejó entrar dentro de sí la vida los pobres, de los oprimidos, de los que “no contaban nada a los ojos del mundo”. Se acercó, tocó, se identificó, asumió, fue acogiendo y cargando con las cruces de los demás y, en definitiva, amó concreta, afectiva y efectivamente. Acogió la pobreza de los crucificados, comulgó con las hieles de su vida y apuró el cáliz de los demás y el suyo hasta el final. Él es el Buen Pan.

4.3 Morir con los crucificados para que tengan vida
Antonio Chevrier nos recuerda con sus palabras y su vida: “Estar con ellos, vivir con ellos y morir con ellos” (Carta 114).
Es así como vamos haciendo la experiencia de que empezamos a ser crucificados en la cruz de los hermanos. Es así como vamos haciendo la experiencia de lo que significa el dolor de las entrañas al descubrir y acoger a los crucificados (cfr Mt 9, 36).
Pero cuando los crucificados se nos pegan al corazón no solamente nos producen ese “sentimiento profundo” de comunión con ellos, sino que esa forma de comunión nos conduce, de alguna manera, el ser crucificados “con ellos”. A los faraones de siempre nunca les ha gustado que se apueste por aquellos a los que ellos han hecho víctimas de su poder o de su riqueza. La primera experiencia bíblica en este sentido la encontramos en Moisés. “Cuando ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos y comprobó su penosos trabajos y vio como un egipcio maltrataba a un hebreo...” (Ex 2,11). Reaccionó solidariamente, pero se dejó llevar por el miedo y huyó. El Faraón persigue a muerte a Moisés por haber tomado partido por su pueblo: “El faraón se había enterado también de lo sucedido y trataba de matar a Moisés” (Ex 2,15). Moisés tiene que huir a Madián y vivir la experiencia del exilio, una experiencia que debió de marcar profundamente a Moisés, pues, al tener a su primer hijo le puso de nombre Guersón “porque dijo: Soy emigrante en tierra extraña” (Ex 2,22). El acontecimiento por el que Moisés tuvo que huir al matar a un egipcio que estaba maltratando a un israelita, fue en un primer momento una reacción “desde las tripas”, una reacción “de la carne”. Sin embargo, después, ya huido, rehará dicha experiencia desde el descubrimiento del rostro de Dios que va a ser la que le hará asumir una responsabilidad que le llevará a recrear de manera totalmente nueva lo que significa y supone la cruz que es consecuencia de asumir la causa del pueblo crucificado.
Un cierto día, estando él huido, Dios se le presenta en la zarza que ardía y no se consumía y ahí se produjo un curioso y extraordinario encuentro... Moisés se acercó a la zarza y Dios le invita a descalzarse porque pisaba tierra sagrada. “Moisés entonces se cubrió el rostro con la mano, porque temía ver Dios” (Ex 3,1-6).
Se produce el encuentro y Moisés descubre en Yahweh al Dios de su pueblo y al pueblo oprimido en el corazón de Dios. En esta contemplación Moisés, además, escucha la voz de Dios, remitiéndolo al pueblo a colaborar en la liberación. Y Moisés, desde su nueva identidad -ya no es el huidizo, sino nueva criatura- ya no teme ver a Dios, ya no huye del Faraón ni de su pueblo, sino que asume y acepta la cruz que supone la obediencia a Dios y la opción por el pueblo crucificado, no sin resistencias por su parte “No me creerán ni me escucharán” (Ex. 4,1.8-9). Pero Dios le ha prometido “verás mi gloria” (Ex 33,19).
Los faraones de siempre tienen intereses contrapuestos a sus víctimas; el dios de los faraones suele ser un dios opuesto al Dios de los oprimidos y de aquellos que han optado por ellos (Ex 5,2-5). Más aún, cuando los crucificados intentan liberarse de su esclavitud, los faraones de siempre suelen imponer condiciones más duras de trabajo y aumentar la explotación (Ex. 5,6-18).
El proceso de configuración con ellos suele llevar a sufrir en propia carne la cruz de la que ellos, es verdad, llevan el mayor peso y sufren las más profundas consecuencias: “El Rey de Egipto les dijo: Vosotros, Moisés y Aarón, estáis apartando al pueblo de sus trabajos. Id a vuestras obligaciones” (Ex 5,4). La persecución que sufre el pueblo, la va a sufrir también quien ha apostado por su causa: “Los egipcios, los caballos y los carros del faraón, sus caballeros y su ejército, los persiguieron y les dieron alcance en el lugar donde estaban acampados” (Ex 14,9).
A los profetas también se les pegaron al corazón los crucificados, los pobres, los oprimidos y explotados. Todos los profetas manifiestan el amor de Dios al pueblo pobre y humilde, y se juegan la vida respondiendo a la llamada de Dios. Fueron mal vistos, desprestigiados, humillados, vejados , torturados…. Fue su amor a Dios y al pueblo humilde lo que les llevó a denunciar la infidelidad y abandono de Dios, la idolatría y la inhumanidad y por eso pasaron a ser contados entre los “indeseables”, haciendo la experiencia de la cruz. Nunca los profetas son aceptados por el poder opresor, por el poder que intenta por todos los medios mantener su estatus a costa de Dios y de los pobres: “Vete, vidente, márchate de Judá…” (Am 7,12).
Para los profetas el abandono de Dios, la infidelidad, la idolatría y la inhumanidad forman un todo inseparable. El abandono de Dios lleva a buscarse otros dioses, otros absolutos y romper las relaciones de fraternidad: “Hay en mi pueblo malvados que expían como el pajarero que se agacha y colocan trampas para cazar hombres. Como una jaula llena de pájaros, así están sus casas llenas de rapiñas. Así es como se hacen poderosos y ricos, prósperos y gordos; sobrepasan las medida del mal, no respetan el derecho, se aprovechan del huérfano y no defienden la causa de los pobres” (Jr 5,26-28). Esta denuncia que hace Jeremías va dirigida al pueblo en general, pero sobre todo a las autoridades. Lo mismo podríamos decir de los demás profetas: allá de donde provenía la infidelidad a Dios, la idolatría y la inhumanidad, allá dirigían sus denuncias y el anuncio del proyecto o de la Alianza de Dios. Por eso la cruz la sufrían siempre por la causa de Dios como expresión del amor a los crucificados. El mismo Jeremías se va a sentir “como cordero llevado al matadero” (Jr 11,19)
Ante los crucificados se suele “volver el rostro”, pues no tienen apariencia ni presencia, son despreciados, rechazados, se les cree heridos por Dios, son humillados, maltratados, sin defensa ni justicia, “abandonados a su suerte”, aunque, si son crucificados, es porque los crucifican (Is 53,1-9).
La lucha conjunta con los crucificados, contra el sufrimiento, supone, para quien asume su causa, vivir la cruz. Entonces es cuando empezamos a hacer la experiencia de que el sufrir la cruz con ellos por amor, es lo que da vida. Y también, que al haber dejado que su cruz se pegue a nuestro corazón, nos ha dado vida a nosotros, nos va transformando, nos va haciendo más humanos y más cristianos. Ellos nos acercan a la cruz de Cristo y nos ayudan a hacer la experiencia de la cruz de Cristo, que es una llamada a dejarnos cristificar, pues a la cruz de Cristo vamos de la mano de los crucificados de este mundo. Y es que Dios, al identificarse con los crucificados, se nos regala en ellos. “Cuanto hicisteis con uno de mis hermanos, a mi me lo hicisteis” (Mt 25,40).
Esta sacramentalidad de la cruz de los crucificados se convierte así en llamada, regalo y posibilidad de cristificación. Es en esta dinámica sacramental en la que nosotros nos sentimos impulsados a devolverles la experiencia liberadora y salvadora de la cruz de Cristo, o mejor, al Cristo Crucificado-Resucito al que ellos nos han dirigido. “Puesto que “Dios ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman”, queremos nosotros dejarnos enseñar por ellos, a fin de llegar a ser discípulos del evangelio de Jesucristo, en quien hemos sido establecidos como “servidores de una Alianza Nueva”. El Espíritu Santo nos apremia a compartir la vida de los pobres de la tierra y a descubrir en sus rasgos el rostro de Cristo, para poder acoger, en los pueblos a los que somos enviados, el Evangelio que tenemos el encargo de anunciarles” (Cons 14). Es así como somos constituidos en discípulos y apóstoles de los crucificados. Acoger la cruz de los crucificados por amor, siguiendo los pasos del Señor, nos urge a tomar el camino que él tomó para llevar adelante la voluntad del Padre: “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). “Para realizar la obra de Dios, que quiere reunir a todos sus hijos en un solo pueblo, somos llamados a configurarnos con Cristo en su caridad... Nosotros debemos reproducir, en el exterior y en el interior, las virtudes de Jesucristo, su pobreza, sus sufrimientos, su oración, su caridad. Debemos representar a Jesucristo pobre en su pesebre, a Jesucristo sufriente en su pasión, a Jesucristo que se deja comer en la santa Eucaristía». (Cons 47)

5. LOS CRUCIFICADOS TAMBIÉN FABRICAN CRUCES

5.1 Las cruces que nos vienen de las resistencias de los crucificados a entrar en los procesos de liberación.
Antes de nada hemos de reconocer y asumir la responsabilidad que tenemos todos en la cruz que viven los crucificados de este mundo, tanto individual como comunitaria, colectiva y estructuralmente. Hay muchas formas de colaborar en la construcción de cruces con las que tienen que cargar los empobrecidos de este mundo: la colaboración directa con la injusticia, la explotación, la opresión, el desprecio, la indiferencia… la colaboración indirecta con las estructuras de pecado y con los sistemas económicos-sociales-políticos-culturales-ideológicos expresada en nuestra forma de vivir y de situarnos ante la realidad; o en la manera de pensar y gestionar nuestra voluntad en mil y un detalles; o en la incoherencia resultante de lo que decimos y las posturas y actitudes concretas que tomamos; o en haber llegado al cinismo de intentar unir o reconciliar en nosotros lo irreconciliable (el ser “pirómanos y querer hacer de bomberos a la vez”). Creo que hemos de abordar este punto con humildad, como unos perdonados.
Por otro lado, no está escrito en ningún lugar, y menos en el libro de la vida, que los crucificados, por el hecho de serlo, no aporten también ellos cruces a los demás...No entramos en una cuestión moral, sino en experiencia de una realidad que día a día también vivimos. Como cristianos seglares, religiosas, religiosos o sacerdotes, en la opción por los crucificados no sólo somos crucificados por la solidaridad con las cruces con las que nuestros hermanos tienen que cargar, sino que también hacemos la experiencia de que ellos, la mayoría de las veces sin ellos saberlo, y no dándose cuenta, nos van colocando otro tipo de cruces, distintas a las que ellos sufren.
Hacer día a día la experiencia de vivir con los empobrecidos y crucificados no es lo mismo que el romanticismo de la opción –si es que se puede llamar así- por ellos cuando los tenemos lejos. Y no solamente vivir, sino realizar la misión encomendada entre y con ellos. El hecho de concretar la opción haciéndose presentes en su vida y ambiente es motivo de gran gozo, pero al mismo tiempo de no pocos sufrimientos. A los pobres, empobrecidos y crucificados no los podemos idealizar (ideologizar) tanto por su bien y crecimiento como por el nuestro. La persona humana se desarrolla y crece en las relaciones humanas concretas y reales, pero nunca en las relaciones –permítaseme la palabra- “virtuales”. Desde las relaciones de vecindad hasta las relaciones que se van fraguando en un proceso educativo-evangelizador, donde el compromiso y la lucha por la liberación es un elemento muy importante, son relaciones muy ricas, cargadas de experiencias gozosas pero también “martiriales”. Se apuesta por la liberación y descubres que los hermanos se resisten a dar un paso. Se trabaja por el protagonismo de todos, por el protagonismo de los empobrecidos, y descubres que les ha ganado la dependencia de las fuerzas que esclavizan. Se opta por servir los procesos en los que vayamos juntos creciendo como personas y como pueblo, y te das cuenta de que apuestan por el mínimo esfuerzo y por intentar sacarse las castañas del fuego por sí solos o, en el peor de los casos, que se las saques tú. Se intenta que vayan tomando conciencia de su origen, de su identidad más profunda, sin avergonzarse de ello, sino valorándola y queriéndola, y te sorprendes viendo cómo aspiran a pensar y vivir como aquellos que les han hecho renegar de su historia, de sus orígenes y de su cultura. Se procura que den un paso para no vivir como mendigos (no solo en el sentido económico, sino en cuando a derechos humanos) de lo que en justicia se merecen, y te encuentras desconcertado viendo cómo están tan instalados en la mendicidad que la propuesta le suena a músicas celestiales. Se emplean todas las fuerzas para ayudarles a superar las ideas y vivencias tergiversadas sobre Dios y la fe, y te toca hacer la experiencia de la impotencia al ver que prefieren a ese dios que más que ser respuesta a sus profundas aspiraciones y cuestionamiento liberador, les esclaviza y crucifica aún más. Se pone todo el empeño para que descubran la fuerza de Dios en la debilidad, y te encuentras con su cuestionamiento: “¿Dónde está Dios? ¿Acaso no nos ha abandonado? Y con unas u otra expresiones te vienen a decir: “Que esté Dios con los pobres y crucificados… tal vez sí o tal vez no, pero es seguro es que almuerza en la mesa del patrón”. Y así podríamos ir haciendo memoria de tantas y tantas realidades que uno las recibe como verdaderas cruces.
Las causas más profundas de todas estas realidades no están en los hermanos con los que nos hemos solidarizado y por los que hemos optado, sino que provienen y son potenciadas y alimentadas por estructuras y circunstancias que les han ido configurando de esa manera, y provocan esas posturas que tanto nos hacen sufrir. Es verdad que los procesos liberadores y evangelizadores suponen mucho tiempo, muchas energías gastadas, muchos esfuerzos, mucha gratuidad, mucha lucidez, mucha oración, mucha búsqueda común, mucha fe y mucha gracia de Dios, sobre todo en ambientes y culturas determinadas (como pueden ser los que tenemos en esta Europa occidental) marcadas por un sistema dominante donde la persona humana, en la práctica, no tiene a penas ningún valor. Es verdad que este panorama afecta a todos, pero mucho más a los que sufren sus consecuencias. Sin embargo percibimos cantidad de signos de esperanza, que son verdaderos signos de un nuevo Pentecostés, expresión de la acción de la presencia del Crucificado-Resucitado. Estas “cruces” nos van convirtiendo, haciendo morir a nosotros mismos (lo mismo que a ellos) a muchas cosas que antes nos impedían abrirnos más y mejor a la conversión.
A pesar de todo tampoco podemos negar la responsabilidad de cada uno, la responsabilidad que, en todas esas realidades apuntadas, tienen los crucificados. Ellos también son llamados (son sujetos de derechos y también de deberes) a dar el paso que pueden dar desde donde están. Negarles esto sería negarles su ser de sujetos y, por lo tanto, el protagonismo que Dios les ha dado en la historia, en la sociedad y en la Iglesia.

5.2 Moisés, testigo paciente de estas cruces
Este tipo de cruces, o parecidas, también se las colgaron los empobrecidos a Moisés, a los profetas, a Jesús de Nazaret, a todos aquellos que a lo largo de la historia han optado por los empobrecidos, por los crucificados y por los pobres, ofreciéndoles gratuitamente el amor en forma de compromiso liberador y salvador centrado en Jesucristo.
Las cruces que tenemos que llevar, unas duelen más que otras, no por el peso de las mismas, cuanto por el amor y cariño que tenemos a los que nos las ponen en los hombros. El cuestionar y denunciar a los mismos pobres sobre su responsabilidad no les suele gustar, lo mismo que nos pasa a los demás: “¿Por qué golpeas a tu compañero?”, dijo Moisés al agresor al ver a dos hebreos riñendo. Y la respuesta del agresor fue: “¿Quién te ha constituido jefe y juez entre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?” (Ex 2,13-14). Tampoco el pueblo entendía el proyecto liberador que a Moisés le había encomendado Dios. Más aún, lo interpretó mal, no lo aceptó y contestó a Moisés: "Vosotros habéis sido los causantes del odio del faraón y de sus consejeros, habéis puesto una espada en su mano para que nos mate (Ex 5,20-21)
Al pueblo de Israel también le costó ponerse en camino hacia la liberación. La idea de Dios que Moisés le ofrecía, no le daba mucha confianza, pues preferían seguir con su idea tergiversada. Moisés les presenta al Dios que está por encima del poder de los egipcios, un Dios que les ha escuchado y que le propone una liberación, en la que ellos han de sudar para conquistarla. Pero de los crucificados ha huido la esperanza y las fuerzas. Entrar en un proceso tal les parece imposible: “Moisés dijo esto a los israelitas, pero ellos no le escucharon, debido al desaliento que les causaba su dura esclavitud” (Ex 6,9).
Dios quiere que el pueblo tome conciencia de quién es, de su historia y origen. Él le ha manifestado su amor, donde el pueblo tiene el fundamento, pero eso lleva dificultades y esfuerzos, y los israelitas se niegan a creer en los resultados. Los medios con los que se encuentran los ven desproporcionados: no tienen agua, les falta el alimento y…. Han gritado a Moisés para que les saque las castañas del fuego. “Entonces el pueblo se puso a murmurar contra Moisés” (Ex 15,24). Pero la culpa también se la cargan a Dios: “¿Por qué nos ha sacado de Egipto para hacernos morir de sed?” (Ex 17,3). Por eso prefieren las ollas de carne de Egipto y seguir mendigando al faraón lo que por justicia se merecían, que apostar por la conquista de la tierra donde podrán dejar de “mendigar”. La propuesta de la libertad les resulta más difícil que la esclavitud que ahora añoran: “Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y nos hartábamos de pan” (Ex 16,3). Y le achacan a Moisés el haberles engañado. Nunca la libertad la entendieron a un precio tan alto como el que estaban pagando ahora: “¿No había cementerios en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto? ¿No te decíamos que nos dejaras tranquilos sirviendo a los egipcios; que era mejor servirlos a ellos que morir en desierto?” (Ex 14, 11-12)

5.3 La cruces que vienen de las contradicciones que vive el pueblo, y de la misión
Tanto los procesos actuales de los pobres, como los procesos que siempre han realizado a lo largo de la historia, son procesos “pobres”. Es decir, lentos, sin relevancia aparente, largos, poco valorados, aparentemente “ineficaces”…. Procesos que a los mimos pobres les cuesta reconocer como mínimamente eficaces y que a nosotros nos conducen también a hacer la experiencia de la cruz.
Procesos que aún, a nivel de fe, nos cuesta aceptarlos por lo que tienen de “contradicción”. Dios elige a los pobres para que colaboren con Él en la implantación de su Reino. Ha apostado por ellos para llevar adelante su plan liberador a través de ellos, tanto en el mundo como en la Iglesia. Nos cuesta reconocer la apuesta de Dios. Nos cuesta reconocer, a los más pobres y a nosotros, la misión encomendada por Dios. Es lógico. El sufrimiento y la realidad que viven les dificulta -y nos dificulta en la práctica- creer en la llamada que les ha hecho, que nos ha hecho. Nos encontramos entre la llamada de Dios y la realidad que les oprime y nos desconcierta, entre la compasión de Dios y la injusticia que se padece. Dios nos dice una cosa y la realidad parece demostrarnos lo contrario. Así le sucedió al pueblo de Israel. (Cfr Mester, Carlos, “La pasión del pueblo que sufre” ).
Dios lo llamaba para establecer el derecho sobre la tierra (Is 42,14), pero la realidad llevaba al pueblo a decir: "Dios desconoce mi derecho" (Is 40,27).
Dios lo esco-gió "de acuerdo con la justicia" (Is 42, 6), pero el pueblo se sentía tratado sin justicia por el propio Dios y gritaba: "Hazme justicia" (Lam 3,59).
Dios lo llamaba para unir a su pueblo (Is 42,6), pero los hechos lleva-ban al pueblo a decir: "Como ganado que se lleva al matadero, tú nos entregas para ser desparramados entre los pueblos" (Sal 43,12).
Dios lo escogió para ser la luz de las naciones (Is 42,6), pero el pueblo decía: "Dios me hace vivir en las tinieblas como un difunto enterrado hace mucho tiempo" (Lam 3,6).
Dios lo llamaba para abrir los ojos a los ciegos (Is 42,7), pero al propio pueblo le faltaba la luz en los ojos: "¿Quién es ciego, sino mi Siervo?" (Is 42,19).
Dios lo llamaba para liberar a los prisioneros (Is 42,7), pero el propio pueblo gemía en la esclavitud y decía: "Cargando el yugo al cuello somos perse-guidos, sin que nos conceda el mínimo descanso" (Lam 5,5).
Dios lo convidaba para cantar la alegría (Is 54,1), pero el pueblo se perdía en la tristeza y decía: "La paz me fue roba-da, ya no sé lo que es ser feliz" (Lam 3,17).
Dios decía: "No tengas miedo, porque yo estoy contigo" (Is 41,10), pero el pueblo rezaba: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando-nado? (Sal 21,1).
Dios mandaba que el pueblo observara los hechos para descu-brir en ellos las seña-les de su presencia (Is 41,1-5; 42,18-25), pero el pueblo no percibía nada y tenía que oír el insulto de los otros que decían: "¿Dónde está tu Dios?" (Sal 4,11).
Dios pedía que mirase hacia el frente y confiase en el futuro (Is 42,9), pero el pueblo se ence-rraba en su pasado y lloraba de nostal-gia: "Vivo hoy de nos-talgias que me conmue-ven profun-damente" (Sal 41,5).
5.4 Las cruces también nos vienen del pecado de los crucificados
No idealizar a los crucificados es algo objetivo y algo que hemos de tener en cuenta para colaborar en la liberación y evangelización de los mismos. Son también herederos del pecado original y de las consecuencias históricas que produce en todos y, lógicamente, también en ellos.
Los crucificados también son víctimas de la tentación. El egoísmo y el individualismo ha hecho mella igualmente en ellos. Va unido a esa tentación de “sálvese el que pueda”, ignorando que la respuesta a situaciones difíciles, cuando además las causas son estructurales y comunes a todos, han de ser respuestas comunitarias y colectivas, y que, de no ser así, el veneno sigue en la raíz, en el corazón. La conversión siempre va orientada hacia el amor (Dios es amor) y al compartir. Lo que no se comparte se pudre dentro y crea una infección en todo el cuerpo. “Algunos guardaron algo para el día siguiente; pero se llenó de gusanos y se pudrió. E hizo que Moisés se irritara contra ellos” (Ex 16,20)
Lo que más nos cuesta a todos, y no menos a los pobres es llegar a entender y a descubrir que el Dios liberador es aquel que nos acompaña aún en nuestras cruces. Esto siempre ha sido y sigue siendo un escándalo “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” (Ex 17,7) Eso mismo pasó al pueblo en el destierro. Pensaba que Dios les había abandonado en el exilio. Nunca se podían imaginar que Dios se hubiera hecho un exilado con ellos. Pero no pudieron acoger la liberación y el trabajar por ella hasta que el pueblo no descubrió que Dios se había hecho un desterrado con ellos. Hasta que no se descubre la fuerza de Dios actuando en la debilidad, hasta que no se llega a entender que la salvación nos llega por Crucificado-Resucitado, todo se vive como una tragedia. Esa fue la gran prueba también para los discípulos ante el anuncio de Jesús: “Mirad, subimos a Jerusalén, y todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del Hombre, se va a cumplir. Será entregado a los paganos, escarnecido, ultrajado, lo matarán, pero al tercer día resucitará. Ellos no entendieron nada de esto: aquel lenguaje le resultaba totalmente oscuro. Y no podían entender el sentido de las palabras” (Lc 18,31-34). Eso fue lo que escandalizó a todos cuando llegó el momento.
El amor de Moisés al pueblo le lleva a interceder por él ante Dios en unos términos duros, donde se refleja el reconocimiento de la obcecación del pueblo, el dolor de Moisés por el pecado del pueblo y al mismo tiempo la comprensión de Moisés de que si Dios no les acompaña, no van podrán seguir adelante (Ex 32,9-13.31-32). Ese pecado del pueblo llega a su máxima expresión en la ceguera del mismo que le impedía darse cuenta del derroche del amor de Dios, conduciéndolos hacia la liberación (Dt 1,32). Cruces para Moisés, pero también para el mismo Dios al no ver correspondido mínimamente el derroche de su amor (Dt 1,34). Es la cruz que echa sobre los hombros de Jesús aquella muchedumbre para la que puso la mesa en el desierto, pero que no reaccionó ante su entrega y no confió en él: “Lo que Dios quiere de vosotros es que creáis en aquél que él ha enviado… Pero vosotros, como ya os he dicho, no creéis, a pesar de haber visto” (Jn 6, 29.36). La falta de fe y de confianza del pueblo y de los crucificados en el Mesías Siervo que trae la salvación es una de las cruces más duras que sufre el mismo Jesús tanto en su vida pública como en el último momento antes de pasar a las manos de Padre (Mc 9,10; 15 32).
En el fondo son las cruces que vienen de los crucificados cuando no escuchan, no responden a la propuesta de liberación y salvación, cuando no confían en ellos, en los que están como ellos, en los que optan y les acompañan, ni en Dios, que ha hecho la apuesta por ellos desde su misma situación.

6 LA CRUZ Y LA TENTACIÓN
Como Jesús en los comienzos de su ministerio, como el pueblo de Israel en el desierto también a nosotros nos asalta la tentación de abandonar el camino de la cruz. Esa tentación puede llevarnos a la inhibición o al abandono, instalándonos en la popia comodidad, o a buscar otros caminos más “eficaces”, más brillantes y exitosos.
Cuatro pueden ser las tentaciones que pueden estar en el fondo de la diversidad de pruebas con las que nos encontramos a la hora de llevar la cruz que proviene de la solidaridad con los pobre.
Reaccionar contra la llamada que Dios nos hace
Los pobres y crucificados, lo mismo que los que optamos por ellos, a veces reaccionamos “contra la llamada de Dios”: “Hoy tú nos rechazas e insul-tas, no asumes el liderazgo de nuestras batallas. Tú nos haces retroceder delante de nuestros enemigos. Estamos siendo explo-tados por los que nos odian. Como ganado llevado al matadero, tú nos entregas, para ser desparramados entre los pueblos. Sí. Vendiste tu gente por poco dinero, y sin querer ganancia alguna en el precio de la venta” (Sal 43,10-13; Is 49,14).
Vivir la cruz como escándalo y locura
La cruz que nos viene de los crucificados, que es medio de salvación, se torna en escándalo y locura (1 Cor 1,22-25) en un ambiente y cultura en que “la apuesta por los perdedores aparece como la mayor debilidad humana y sicológica”. Por otro lado somos testigos de la experiencia que no pocos pobres honrados experimentan cuando ven que sólo medran “los que se manchan las manos”.. : “¿De que me sirve vivir en la honestidad? ¿Para qué sirve conservar limpias mis manos? ¿Sólo para recibir injurias todo el día y recibir reproches cada mañana?” (Sal 72,13-14).
La desesperanza y la falta de confianza y de fe
Tenemos la tentación de que se nos pegue al corazón la desesperanza y la falta de fe de los pobres y crucificados. Los oídos se nos llenan de gritos que saben a esclavitud. Nos abren su corazón y entendemos realmente lo que significa la experiencia del desánimo… Y entonces a todos nos cuesta descubrir la presencia dinamizadora de Dios. “Dios me hace vivir en las tinie-blas. Ya no veo ninguna salida” (Lam 3,6.7).
Acomodarse en la nostalgia
Siempre los crucificados han hecho la experiencia de la esperanza, pero también de la más cruda y dramática realidad. Ha habido momentos en los que el pueblo crucificado creyente se ha topado con la sensación de que “todo parecía acabarse” y, haciendo memoria de otros momentos históricos, ha hecho la experiencia de la nostalgia asentándose y acomodándose en ella. Mientras el pueblo ha vivido en el exilio su tentación era esta: “Sentados a los bordes de los ríos de Babilonia, -llorábamos de nostalgia por nuestra tierra... Pero, ¿como podíamos entonar cantos de nuestro Dios, le-jos de él, en una tierra extranjera?” (Sal 136,1-4). Los mismos discípulos de Jesús, una vez que el Mesías había muerto en la cruz se sienten tentados y acechados por la desesperanza, la falta de confianza y la nostalgia. Los de Emaús son una prueba de ello. En el camino de vuelta de Jerusalén, al encontrarse con el Crucificado-Resucitado, su diálogo expresa perfectamente dicha nostalgia (Lc 24,19-22).
Ante estas tentaciones, una y otra vez nos sale al encuentro el Señor Resucitado, la Palabra de Dios para ayudarnos a superar dichas tentaciones y para posibilitarnos hacer experiencia espiritual y pascual.
Es desde Cristo Crucificado, fuerza y sabiduría de Dios, desde donde se nos anima a resistir a la tentación y a descubrir el sentido y la inteligencia de la fe que nos impulsa a seguir aceptando la cruz que nos viene de los crucificados; a dejarnos crucificar con los crucificados para dar vida. Pablo nos recuerda que “Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan la sabiduría nosotros predicamos a un Cristo crucificado.. que para los que han sido llamados… es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,21-24). Este es Cristo, el Buen Pastor, quien “da la vida por sus ovejas”. Es Él, y de esta manera, el que ha venido para que “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10-11).
La cruz que nos viene del amor a Jesucristo y a los crucificados de este mundo nos hace morir a muchas cosas que llevamos dentro, que nos estorban. La cruz nos hace más humanos, más evangélicos; nos hace entrar en la novedad el proyecto liberador de Dios sobre la historia, que vivimos desde la fe, lo celebramos en los sacra mementos y lo hacemos vida en la acción, la oración y el trabajo de cada día.

Manolo Barco
Madrid

Actualización miércoles, 6 septiembre 2006 a las 22:26:40
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