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La eucaristía, el banquete de los pobreS
Artículo aparecido en la Revista "El Prado", nº 171

Autor: Xosé Xulio Rodríguez


El banquete de la eucaristía supone una gran novedad y también una ruptura en relación con los banquetes judíos e incluso con el mismo banquete de la Pascua. La misma novedad y ruptura que representa el Evangelio respecto a la Ley y al judaísmo.
Jesús y las primeras comunidades cristianas han vinculado estrechamente el banquete eucarístico con la vida de los pobres, y nos muestran que la Iglesia, si quiere celebrar la Eucaristía en el espíritu de la tradición recibida, ha de procurar con esmero ir a su encuentro para sentarlos en la mesa de la fraternidad y de la comunión.
El misterio de la Eucaristía es tan denso, tan rico en la vida de la Iglesia, que se puede contemplar desde dimensiones muy diferentes. En esta sencilla reflexión vamos a considerar la estrecha relación entre la Eucaristía y los pobres en la vida de la Iglesia, a partir sobre todo del ministerio de Jesús y de la vida de las primeras comunidades cristianas.

I.- LOS BANQUETES EN EL MUNDO JUDÍO
La Eucaristía, la Cena del Señor, es un banquete, aunque la realidad de la misma trasciende este nivel y tiene otras dimensiones muy importantes y significativas: memorial, sacrificio, sacramento, etc.
Para comprender la entraña del banquete de la Eucaristía es importante conocer el contexto, el significado, el valor y la importancia de los banquetes en la Palestina del siglo I.
Los banquetes tenían una gran resonancia y un gran significado social en el mundo judío, como se puede apreciar por la frecuencia con que aparecen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Sentarse a la misma mesa es signo de amistad, de comunión, de familia, de pertenencia a un grupo, a una comunidad, a una religión. Por eso era tan importante salvaguardar la pureza y se tenían muy en cuenta los límites y el denso capítulo de restricciones para no poner en peligro estos valores tan fundamentales para este grupo. Un pueblo tan celoso de su identidad y de su pureza, como es el pueblo judío, preserva y asegura, a través de las reglas de la mesa y de la comida, su identidad y exclusividad ante el riesgo de mestizaje con los otros pueblos. Las reglas de la mesa y de la comida normalmente reflejan y sostienen el orden interno, los valores y la jerarquía existentes en un grupo social (1 Cor 8,10-13).
La mesa, junto con el matrimonio, son los espacios que garantizan y preservan la identidad del pueblo judío frente a las mezclas (impurezas) que podían darse tanto en los alimentos como en la raza. Por esta razón todo el que hace una invitación ha de cuidarse muy bien de las personas a quines invita.
Conocer las costumbres, la normativa y todo lo que rodea la celebración de los banquetes es una ayuda para comprender también algunas de las dimensiones de la Eucaristía.
Las comidas, fiestas y banquetes tienen una fuerte componente social y cultural. La comida es un código que encierra mensajes de diferente nivel, sobre las relaciones sociales existentes en una sociedad, sobre la forma de jerarquía y estratificación (Lc 14,7-11), sobre las barreras establecidas con otros grupos (Lc 14,12-13) y sobre las condiciones en que éstas se pueden traspasar (Lc 19,7-10).
Además de la identidad, de la raza y de las motivaciones religiosas, en los banquetes se reflejan también componentes de índole económica y de estratificación social.
Las invitaciones a banquetes están minuciosamente estudiadas y calculadas. Se mueven en el ámbito de la estricta igualdad y reciprocidad (Lc 14,12-14): ‘te invito para que me invites’. Esto implica que las invitaciones son concedidas a aquellos que pueden corresponder, es decir, a los iguales socialmente hablando.
La comensalidad (1Entendemos por comensalidad lo que social y culturalmente estaba estipulado y admitido en torno a la mesa común: la elección de los invitados y también los límites y restricciones para compartir la mesa) interclasista era relativamente rara en las sociedades tradicionales. En las primeras comunidades cristianas, que son de naturaleza inclusiva y no exclusiva, se convirtió en un ideal que causó agudas fricciones en diversas ocasiones (Cf. 1 Cor 11,17-34). Aunque las comidas podían excepcionalmente incluir a personas de distinto rango social, lo normal era que tal cosa sucediese sólo en circunstancias especiales. Dado que la comida en común implicaba compartir una serie de ideas y valores, y también con frecuencia, una misma posición social, conviene preguntarse ¿quién come con quién? ¿Cómo está preparada la comida? ¿Dónde se sienta cada uno? ¿Qué comer...?
La relación exclusiva exigía una mesa exclusiva, mientras que la relación inclusiva requería una mesa inclusiva (Mt 8,11-12; 22,3.9).
Romper estas pautas era situarse en la marginalidad, perder la honorabilidad. Los banquetes de Jesús y de las primeras comunidades cristianas, particularmente la Eucaristía, se sitúan en este contexto. Rompen con la estricta reglamentación judía hipotecada a la Ley, a la pureza legal, y se abren a criterios y valores nuevos, que encuentran grandes resistencias, incluso en algunas comunidades cristianas de procedencia judía, para abrirse a la acción renovadora del Espíritu.
El banquete de la Eucaristía se enmarca en este contexto social, cultural y religioso. Los cristianos, a la luz de la experiencia pascual, han comprendido el misterio de Jesús, la novedad del designio de Dios, que rompe las barreas de la separación (Ef 2,14-16), la pureza ritual y el legalismo de los judíos, y se abre a lo universal, sentando en los lugares de privilegio de la mesa eucarística a los colectivos más pobres y desamparados, a quienes se anuncia el evangelio de forma preferencial (Lc 4,13-21; 7,21-23; Lc 14,13.21).

II.- LOS BANQUETES DE JESÚS
Antes de centrarnos en la reflexión sobre la eucaristía, vamos a analizar los banquetes que Jesús organiza o en los que participa, tratando de descubrir algunos rasgos de novedad, que puedan ya apuntar hacia la singularidad del banquete eucarístico.
Jesús, profundamente encarnado en su pueblo y en su cultura, participa del rico significado y simbolismo de los banquetes de la Palestina del siglo I. Las referencias a la mesa, a las comidas son por esto muy numerosas en los evangelios.
Jesús participa en los banquetes, en los acontecimientos festivos del pueblo, de la gente de su condición. Se sienta a la mesa en la casa de alguno de sus discípulos (Mc 1,31). Acude a invitaciones que le hacen gente de su mismo status social, como los fariseos, sin embargo nunca es invitado por ningún sacerdote ni por los saduceos, que pertenecían a un rango superior (Lc 7,36; 11,37; 14,1; Jn 12,1-2). La tradición del evangelio de Juan presenta a Jesús participando en un banquete nupcial (Jn 2,1-12).

1 Superación de la estricta pureza legal
Algunos de estos banquetes, celebrados en lo que se puede considerar la normalidad, siguiendo las pautas sociales, apuntan ya hacia la heterodoxia, hacia la quiebra de la rígida a pureza ritual, tan arraigada en el pueblo judío. Se trata de banquetes celebrados en la casa o en presencia de los fariseos principalmente. Jesús es invitado por Simón el fariseo, y estando sentado a la mesa, una pecadora pública entra en la casa, le unge con perfume sus pies, los besa y los seca con sus cabellos ante la extrañeza del anfitrión (Lc 7,36-39; Jn 12,1-2; Mc 14,3-9). Esa misma perplejidad manifiesta otro fariseo, cuando observa que Jesús omite hacer las abluciones rituales de purificación antes de las comidas: “El fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer” (Lc 11,37-39).
La fuerte polémica de Jesús con los fariseos que nos describen los evangelistas refleja la pugna y el enfrentamiento que él y las primeras comunidades cristianas sostuvieron contra las autoridades judías en torno a las prescripciones de pureza legal, tanto en lo referente a las personas como a los alimentos y otras disposiciones: “Entonces los fariseos y unos magistrados de la ley... le dijeron: ¿Cómo es que tus discípulos no observan la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué no se lavan las manos para comer?... Llamando Jesús a la gente les dijo: Escuchad atentamente: lo que entra por la boca no mancha al hombre; lo que sale de la boca eso es lo que mancha al hombre...” (Mt 15,1-20).
Jesús, en lo concerniente a las reglas de la mesa, apunta a un comportamiento irrespetuoso, poco honorable para aquella cultura. Se muestra rompedor y desestabilizador del orden social; no tiene en cuenta las estrictas normas de reciprocidad, de estratificación social, de pureza legal.

2 Banquetes con marginados: publicanos, pecadores, mujeres... etc
Jesús, cuando es invitado, no tiene en cuenta la procedencia, la condición social, religiosa o moral de quien le invita. Su comportamiento es una amenaza para el orden social vigente. Conculca las reglas de la comensalidad, tan importantes para la pervivencia de aquel sistema. Por eso mismo la reacción de los dirigentes, de los grupos defensores y guardianes de la Ley son prontas y duras en muchas ocasiones.
Jesús acepta las invitaciones de gente que se consideraba impura, como los publicanos y pecadores. Los judíos, para evitar la impureza legal, no podían aceptar la invitación de gente corriente. Si invitaban a su casa a una persona de esa clase pedían al invitado que se pusiera un vestido ritualmente puro que le proporcionaba el anfitrión (Mt 22,11-12).
Jesús frecuenta la compañía, la casa y la mesa de publicanos y pecadores, de tal manera que se dice de él que come con publicanos y pecadores: “Y sucedió que estando a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con publicanos y pecadores?” (Mt 9,10-11; Lc 15,2). Jesús insta a Zaqueo a que le hospede en su casa, afirmando que un hombre impuro es también hijo de Abrahán: “Al verlo, todos murmuraban diciendo: Ha ido a hospedarse a casa de un pecador” (Lc 19,7).
Lucas nos presenta a un Jesús que acepta la hospitalidad y la mesa de dos mujeres. Las invitaciones y la hospitalidad no eran atribuidas a la mujer en aquella sociedad. Sólo el cabeza de familia, el varón podía hacer estos ofrecimientos. Aceptar la invitación de una mujer era visto como algo deshonroso. Era aceptar la invitación de alguien inferior, lo que atentaba contra el honor y las buenas costumbres: “Yendo de camino, entró en un pueblo; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa” (Lc 11,38-42). Esto nos muestra cómo desde muy pronto en las comunidades cristianas las mujeres acogen e invitan a su casa a los misioneros y evangelizadores itinerantes (Hch 16,15).

3 Las invitaciones y la distribución de los invitados
La discrepancia de Jesús en las reglas de la mesa abarca también a la distribución y colocación de los invitados, atentando así contra la jerarquización rígida que existía en el mundo judío donde era muy importante plantearse con quién se come y dónde se sienta cada uno.
Jesús rompe esta dinámica e introduce otros criterios. Invita a la gente a que ocupe los últimos lugares y no pugne por estar en los sitios de mayor relevancia (Lc 14,7-10), mostrando que en la mesa de la comunidad cristiana, el presidente de la misma ha de ser el que sirva a la comunidad (Jn 13,4-15; Lc 22,24-30).
Hemos de preguntarnos si en nuestras Iglesias, en nuestras eucaristías se ha introducido esta ruptura contracultural, provocadora, que ha invertido realmente el orden social o si nos hemos asimilado al protocolo tomado de diferentes modelos sociales a lo largo de la historia. ¿El presbítero, el obispo, sirven realmente a la comunidad? ¿Sirven la mesa de los pobres? En algunas celebraciones a veces da la impresión de que estamos rodeados de un grupo de servidores, y no se expresa tan claramente nuestra actitud radical de servicio (Mc 10,42-45).
Donde Jesús y las comunidades cristianas rompen tal vez más el consenso social es en la elección de los invitados. En el mundo mediterráneo del siglo I las invitaciones se hacían a aquellas personas que podían corresponder con otra invitación. La mesa cristiana es provocativa y desestabilizadora: “Cuando des un banquete no llames a tus amigos, ni a tus parientes, ni a tus hermanos, ni a tus vecinos ricos... Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso porque no te pueden corresponder...” (Lc 14,12-14; Cf. 1 Cor 11,20-22).
La Eucaristía apunta en esta dirección de gratuidad y revela cómo en el Reino de Dios están vigentes otros criterios: los pobres, los débiles, los últimos, los impuros, los marginados y malditos tienen el sitio de preferencia en la mesa.
¿Celebramos la Eucaristía en este espíritu? ¿Nuestras comunidades, nuestras Iglesias locales salen una y otra vez a buscar a los disminuidos y despreciados para que participen del banquete, porque realmente en su seno los últimos son los primeros? (Lc 13,29-30). He aquí una gran tarea, el apremio y la urgencia del amor de Jesucristo, todo un camino de conversión para que nuestra Eucaristía llegue a ser realmente en nuestras Iglesias el sacramento del amor (Jn 13,1).

III.- LOS BANQUETES EN LAS PRIMERAS COMUNIDADES CRISTIANAS
Las primeras comunidades cristianas, vivificadas por el Espíritu del Señor resucitado se sienten impelidas a romper las rígidas normas de la comensalidad judía. Descubren que su mesa ha de estar abierta a personas de toda raza, clase y condición. El banquete de la Eucaristía es precisamente la celebración y la expresión de la comunión más plena y abierta entre los hombres y mujeres de cualquier lugar, tiempo y condición.
Las comunidades cristianas viven de la fe en Jesucristo, y poco a poco van descubriendo que la fuerza de la resurrección ha creado una humanidad nueva, derribando los muros del odio y de la división, haciendo un solo pueblo en reconciliación y fraternidad: “Porque
Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de la enemistad que los separaba. Él ha anulado en su propia carne la ley con sus preceptos y normas. Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz” (Ef 2,14-15¸Col 3,9-11).
Esta pretensión de las primeras comunidades se fue abriendo camino en medio de grandes dificultades y reticencias. La claridad de la luz pascual se encontró con los duros obstáculos de las reglas de pureza, de la tradición cultural y religiosa, ya que ponía en crisis todo un sistema de normas, de leyes, de tradiciones e incluso de creencias que le habían dado una gran seguridad, ahora amenazado y cuestionado.

1 La mesa se abre a los paganos
Muy pronto las comunidades cristianas de distinta procedencia encuentran dificultades para compartir la misma mesa. Las comunidades de procedencia hebrea entran en discrepancia con las comunidades de procedencia helenista, una discrepancia que va mucho más allá del simple servicio de las mesas (Hch 6,1-6). Pedro tiene dificultades para tomar el alimento que le sirven del cielo y para entrar en la casa de Cornelio, que era gentil, y por lo tanto impuro (Hch 9-10). Los partidarios de la circuncisión le reprochan a Pedro que haya entrado en casa de un incircunciso y haya comido con ellos: “Cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión se lo reprochaban, diciéndole: Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos” (Hch 11,2-3).
El concilio de Jerusalén revela también la gran escisión entre los cristianos helenistas y hebreos a causa de la comensalidad. Pablo en la carta a los Gálatas nos relata la hondura e intensidad de la crisis de Antioquia, en la que estaba en juego la libertad y la verdad del evangelio (Gal 2,1-14).

2 El banquete de la comunión
En la Iglesia está muy claro que la Eucaristía es el gran banquete de la fraternidad y de la comunión: “Unánimes y constantes, acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2,46).
Pero muy pronto las comunidades se replegaron sobre sí mismas a causa de intereses y divisiones. Como las primeras comunidades del Nuevo Testamento, también las nuestras tienen el peligro de replegarse sobre sí mismas, haciendo su propia capilla, su propia bandera, como recuerda el mismo Pablo: “Pues ante todo oigo que, al reuniros, en la asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte” (1 Cor 11,12; 1,11-12).
Cuando de forma habitual pequeños grupos tienen su eucaristía exclusiva, y no participan de la Eucaristía de la comunidad parroquial, cuando la acción evangelizadora y caritativa está desligada de la misión de la Iglesia local ¿se está celebrando la Eucaristía en el espíritu del amor sin fronteras de Jesucristo, en la comunión de la Iglesia?
Acoger a los que son tan diferentes, a los que nos resultan molestos, a los que piensan distinto exige todo un proceso de conversión, el despojo de tanta ideología que llevamos dentro, para derribar las fronteras y vivir la fraternidad, de manera real y concreta, no de una manera romántica, abstracta e indefinida. Por eso nuestro espíritu y nuestro corazón han de estar abiertos a todos, especialmente a los pobres, que siempre han de tener reservado en nuestras Iglesias un lugar de privilegio. Si esto no acontece la Eucaristía se convierte en una ofensa a la Iglesia y una vergüenza para los pobres: “Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido andrajoso; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: «Tú, siéntate aquí, en un buen sitio»; y en cambio al pobre le decís: «Tú, quédate ahí de pie», o «Siéntate a mis pies». ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?” (Sant 2,2-4; Cf.1 Cor 11,20-22).

IV.- LA EUCARISTÍA, EL BANQUETE DE LOS POBRES
La eucaristía es el banquete del Reino, el sacrificio y la entrega de Jesús por toda la humanidad. Por esta razón es también el banquete de los pobres, ya que expresa la comunión más plena, abierta y universal.
Las primeras comunidades cristianas sitúan la eucaristía en estrecha relación con el mundo de los pobres y también con gestos de Jesús a favor de las multitudes hambrientas, cansadas y perdidas (Mc 6,34-35).

1 La multiplicación de los panes
El relato de la multiplicación de los panes está redactado y presentado por los evangelistas en un contexto eucarístico. Con esto se está expresando la estrecha relación que se da en la Iglesia primitiva entre la eucaristía y la suerte de los pobres. Jesús toma el pan y realiza los mismos gestos que en la última cena, mostrando cómo los pobres a quienes se les anuncia el evangelio han de estar sentados en la cena del Señor:
“Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los fueran sirviendo” (Mc 6,41).

“Y mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió, y dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad, comed, éste es mi cuerpo” (Mt 26,26).
El cuarto evangelio subraya la continuidad entre la eucaristía y la multiplicación de los panes al situar el gran discurso eucarístico a continuación del gran signo a favor de las multitudes hambrientas, resaltando el alimento, el pan que el pueblo debe buscar de manera especial: “Esforzaos, no por conseguir el alimento transitorio, sino el permanente, que da la vida eterna. Este alimento os lo dará el Hijo del hombre, porque Dios Padre lo ha acreditado con su sello” (Jn 6,27).

2 El Reino de Dios como banquete
La sección de Lucas sobre los banquetes y el banquete del Reino nos sitúa en el mismo espíritu de la última cena, tal como nos la presenta el IV evangelio y el mismo Lucas. El que preside la mesa asume la tarea de los siervos: “Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27; Cf. Jn 13,4-15).
Por esta misma razón son los siervos los encargados de buscar a los invitados para que se llene la mesa del banquete: “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos... Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entren hasta que se llene mi casa” (Lc 14,21-23).
A este banquete son invitados los últimos, los pobres y marginados de la ciudad (14,21), pero hay una segunda invitación que refleja la universalidad, la apertura, la novedad provocadora del banquete eucarístico. La invitación a los que están fuera de la ciudad, a los impuros, a los que no son del pueblo de Dios, para que entren y formen parte de él (14,23).
Los invitados a la mesa son los mismos destinatarios del anuncio de la Buena Nueva (Lc 4,14-30). Por esto mismo en las comunidades cristianas hemos de preguntarnos si nuestras eucaristías se corresponden con el banquete del Reino que prefigura la Eucaristía. ¿Cómo se manifiesta la preocupación y solicitud para salir a buscar a los pobres, marginados, a algunos grupos de extranjeros, a los desahuciados para que se sienten y participen de la mesa eucarística? La celebración de la Eucaristía, la fracción del pan, como en las comunidades primitivas, ha de estar estrechamente ligada al ministerio de la caridad (Charitas) y al anuncio del evangelio (Hch 2,42-47).
Celebrar la Eucaristía implica romper todas las fronteras y abrirse a los hermanos, acoger en el seno de la comunidad la complejidad de sus vidas, sus sufrimientos y sus luchas; abrir el corazón y reaccionar ante la suerte de los pobres. Tendremos que estar atentos a la tentación de replegarnos sobre nosotros mismos, de refugiarnos en nuestro bienestar, de buscar el calor y el acomodo de los que son más cercanos a nosotros, de instalarnos donde nos encontramos a gusto. Pablo denuncia esto y les recrimina muy severamente a los corintios esta actitud insolidaria, que rompe la fraternidad y la comunión (1 Cor 11,20-27). Se trata de algo seguramente muy actual en nuestras Iglesias y grupos cristianos.

3 La Cena del Señor y la mesa de los pobres.
Como ya hemos indicado la fracción del pan, la mesa eucarística revela cómo las comunidades cristianas, siguiendo el camino de Jesús se ocupan y se preocupan de la suerte de los pobres; comparten con ellos los bienes y se sientan a la misma mesa (Hch 2,42-47; 6,1-6). Esta experiencia se refleja también en el ministerio de Pablo, que nos recuerda cómo sus comunidades se vuelcan en atender las necesidades de los pobres, particularmente a causa de la carestía que estaba sufriendo la comunidad de Jerusalén (Gal 2,10; 2 Cor 8-9).
La fracción del pan era una mesa abierta donde se compartía todo y los pobres no pasaban necesidad. En la celebración eucarística la comunidad refuerza su caridad, solidaridad, el espíritu de comunión de vida y de bienes.
Este impulso y este dinamismo comunitario muy pronto se fue erosionando. Muchos cristianos se fueron acomodando más al espíritu del mundo que al Espíritu del resucitado que animaba y daba vida a las comunidades. Instalados en la comodidad, en el privilegio las comunidades pueden llegar a celebrar la cena eucarística lejos del espíritu de comunión, de fraternidad, de servicio y amor a los pobres, llegando a convertir en simulacro la cena del Señor. ¿No será éste el gran sacrilegio en el que pueden incurrir muchas de nuestras celebraciones?
Pablo narra la última cena en este contexto de división, de desigualdad, de despreocupación por la suerte de los pobres en la comunidad de Corinto. Sus palabras son muy incisivas e interpelantes, también de viva actualidad para nosotros, para que la vida y la misión de la Iglesia sean creíbles: “El caso es que cuando os reunís en asamblea, ya no es para comer la cena del Señor, pues cada cual empieza comiendo su propia cena, y resulta que, mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. Pero ¿es que no tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿En tan poco tenéis la Iglesia de Dios, que no os importa avergonzar a los que no tienen nada?” (1 Cor 11,20-22).
La tradición, que hemos recibido de celebrar la cena del Señor, sitúa la celebración de la Eucaristía en el espíritu de comunión, de una comensalidad y fraternidad tan abiertas, que han de llevarnos al encuentro de los pobres y marginados, en quienes Jesús está presente, para celebrar con gozo esta Buena Nueva: el paso de la muerte a la vida, de la incredulidad a la fe, porque los pobres son los privilegiados, los llamados a ocupar los primeros puestos en la mesa del Señor, en nuestras eucaristías. ¿Son nuestras misas camino, intento, proceso que nos lleva en dirección a esta meta?

4 Al servicio de la mesa de los pobres
Jesús rompe los moldes sociales y religiosos del mundo judío en lo que se refiere a la mesa y a los banquetes, mostrando la novedad radical del Reino de Dios. El banquete de la Eucaristía ha de reflejar de la forma más clara y nítida esta novedad.
En la mesa de la Eucaristía no rige la norma de la estricta reciprocidad, de invitar a quien pueda corresponder, sino que prima la gratuidad: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, a tus hermanos, parientes o vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te inviten a ti... más bien...invita a los pobres, a los lisiados y a los ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte. Recibirás tu recompensa cuando los muertos resuciten” (Lc 14,12-14; Cf. Lc 6,34-36). No sólo se sientan a la mesa los amigos, los del mismo grupo de parentesco, sino también los excluidos, los extranjeros: “Sal en seguida a la plaza y calles de la ciudad y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, a ciegos y cojos” (Lc 14,21). Los que estaban excluidos, ahora son invitados y se sentarán a la mesa: “Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios” (Lc 13,29).
Esta preocupación inclusiva de romper fronteras, de derribar diferencias y divisiones, ¿hasta qué punto está presente y latente en la vida de nuestras Iglesias, en la preparación y celebración de nuestras eucaristías y en toda la acción pastoral?
En el banquete de la eucaristía se subvierte el orden social. Los pobres ocupan el lugar de privilegio, y el que preside se convierte en el servidor de la mesa. Para ir al encuentro de los pobres es necesario hacerse pobre como Jesús (Flp 2,6-7; 2 Cor 8,9). Toda la comunidad, pero especialmente el que preside la Eucaristía, el presbítero o el obispo han de sumergirse en el servicio y en la entrega, hasta llevar en su vida las marcas del Siervo de Dios. Lejos de las aspiraciones del sistema y de la emulación de las modas y autoridades del mundo, ha de descender al último lugar para llegar a ser grande: “Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Si uno quiere ser el primero, que sea el ultimo de todos y el servidor de todos” (Cf. Mc 9,33-37). Por eso el que preside la eucaristía ha de cargar con la cruz, con las angustias y sufrimientos del pueblo, para presidir la mesa en el nombre de Jesucristo. Él ha de ser buen pan, ha de dar su vida para poder decir con Cristo: “esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.
El que preside la comunidad y la mesa eucarística es alguien que ama apasionadamente a su pueblo, que sufre y goza con él, que está integrado y enraizado en su entraña más profunda. Como Jesús, mira a su pueblo hambriento de pan, pero también de la Palabra: “Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas... Y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando” (Mc 6,34-44).
Estos gestos y esta entrega son el humus, el clima y el espíritu en el que se ha de celebrar y presidir la Eucaristía para que sea realmente el memorial del Señor, para que actualice los gestos y vivencias de Jesús en la última cena: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1); “con ansia he deseado comer esta cena pascual con vosotros antes de padecer” (Lc 22,15).

5 “Entregado por vosotros”
Presidir la mesa de la Eucaristía implica consagrar la vida a Jesucristo y a las comunidades, amándolas hasta el extremo. Este amor total, hasta dar la vida, ha de embargar la vida del pastor. Este amor, además, hace feliz y fecundo el celibato. Es un amor que da la vida y que da vida: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas... el Padre me ama porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad” (Jn 10,11.17-18).
El amor al pueblo es gratuito, sacrificado, lleno de desvelos; muchas veces poco reconocido; un amor que también conoce lo que son las lágrimas, como nos refleja el mismo ministerio de Jesús: “Cuando se fue acercando, al ver la ciudad lloró sobre ella, y dijo: ¡Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados” (Lc 19,41-42).
El amor a nuestro pueblo nunca ha de faltar, ni siquiera cuando aparece el rechazo, las crisis y el mismo abandono, cuando la comunidad subestima el pan de vida, que es la donación plena de Jesucristo, y busca otro alimento, cosa que ocurre con tanta frecuencia. Por eso el que preside la mesa ha de templar la fe y el amor en los momentos críticos: “Desde entonces muchos de sus discípulos ya no iban con él. Jesús preguntó a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,66-69).
Reunir a los pobres en torno a la Eucaristía significa servirles antes el banquete de la Palabra y hacer con ellos el camino de la fe. Este es el gran reto, pues sabemos que muchos pobres también prefieren otro pan, que desean el bienestar del mundo, que se han convertido al sistema más que a Jesucristo: “Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis hasta saciaros. Esforzaos, no por conseguir el alimento transitorio, sino el permanente, el que da vida eterna” (Jn 6,26-27).
Presidir la mesa del Señor demanda que la Palabra sea nuestro primer alimento (Mt 4,4; Apc 10,9-10; Jn 15,3), para llegar a ser buen pan que alimente la vida de nuestro pueblo, de manera que éste pueda alimentarse de Cristo Pan de vida, y vivir la vida nueva que nace de la fe, del Evangelio: “Porque, aunque tuvierais diez mil maestros en la fe, padres no tenéis muchos: he sido yo quien os ha hecho nacer a la vida cristiana por medio del evangelio” (1 Cor 4,15; Gal 4,19). Movido por ese amor, que hace vivir con gozo el celibato, el que preside la Eucaristía ha de ser el siervo que sale a buscar a los pobres, a los que están fuera, en los márgenes y en la periferia, para que se llene la mesa: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil: también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10,16).

Xosé Xulio Rodríguez

Actualización sábado, 5 junio 2004 a las 22:17:16
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