Testimonio de Ana Fonseca,

Religiosa de las

Hijas de San José,

en el mundo del trabajo

 

                      En principio, para situarnos, indico el contexto en que me muevo y desde el que hablo: Vivo, con dos compañeras más, en un pueblo de la ribera del Ebro en Navarra, tocando a la Rioja.

 

                      Trabajo en el sector de conservas vegetales cuando puedo, es un trabajo por campañas, que sabes cuando empiezas pero no cuando terminas. Y para trabajar seis o siete meses tienes que moverte en dos, y a veces hasta en tres, fábricas distintas. Estás siempre en la inseguridad, pues termina la campaña y a empezar otra vez de nuevo. Las condiciones de trabajo, sobre todo para la mujer, son muy duras.

 

                      ¿Desde donde estoy? Desde una familia religiosa con una misión muy concreta: evangelizar y promocionar el mundo obrero, desde el estilo y la espiritualidad de Nazaret. La faceta que nosotras, las josefinas, estamos llamadas a vivir en la Iglesia es: El seguimiento  de Jesús obrero en Nazaret, trabajando en el Taller y viviendo en familia.

                      Desde aquí, mi encarnación en el mundo obrero, en un trabajo sencillo y precario, desde el anonimato, sin protagonismos ni privilegios, como una más, viviendo las mismas situaciones de precariedad, paro, inseguridad, injusticia, humillación, etc... como lo viven mis compañeros, y sobre todo mis compañeras. Desde esta realidad, como sabéis, dura y compleja, cada día más precaria. Una intenta sencillamente estar desde unos valores y actitudes que van contracorriente, que son contraculturales; y no es fácil mantenerse en esa tensión.

 

                      Para nosotras, como religiosas obreras, tiene mucha fuerza el trabajo, sobre todo el trabajo sencillo y humilde. Es el lugar privilegiado  y específico de nuestra evangelización y oración, lugar para vivir con Dios y hacer realidad el Reino, lo que el trabajo no exprese en nuestra misión, difícilmente lo van a expresar nuestras palabras o Instituciones. Nosotras nos jugamos en él nuestro tipo de seguimiento , de consagración, de relación.

 

                      Por eso podemos decir, y yo así lo intento vivir, que Jesús obrero en Nazaret y el mundo trabajador pobre son los dos pilares donde encontramos la razón para vivir y entregar la vida por y con nuestros hermanos del trabajo. Estos dos pilares, o dos miradas, dos pasiones -a mí me gusta decirlo así- son imprescindibles para evangelizar, para ser presencia encarnada en él. Esta mirada o pasión por este  mundo obrero precario, pobre en toda su realidad, mirada de acogida, de misericordia. Sentir en tu propia carne que te duelen sus situaciones porque es algo tuyo, que te duelen y te urgen las ausencias de Dios en él.

La otra mirada o pasión es por Jesús de Nazaret, que pasó la mayor parte de su vida en un pueblo sencillo, realizando  un trabajo posiblemente precario, en unas relaciones sencillas con su  gente.

 

                      La identificación con este Jesús, con sus actitudes, su estilo de vida, sus criterios, te ayuda a descubrir el verdadero rostro de Dios encarnado en el meollo de   la vida. Un Dios que llora y goza, que sufre, trabaja, suda y celebra con el pueblo y sale al encuentro en lo pequeño y cotidiano de la vida y está empeñado en hacer historia de liberación con nosotros. Un Dios así, cercano, comprometido, amigo, que camina codo a codo con los  hombres y mujeres del trabajo, compartiendo la misma situación, es asequible a cualquiera; no son necesarios títulos, ni prestigio, ni grandes teologías; sólo dejarte coger por ese Dios y ser simplemente testigo de su amor, que es moverse más en el plano del ser que en el de tener o hacer.

 

                      Para mí, el descubrir a este Jesús obrero en el trabajo , en las relaciones sencillas, en la vida cotidiana, ha sido y sigue siendo la mayor alegría, lo que da sentido a toda mi vida como obrera, como mujer y como religiosa. Es ese Jesús el que me urge y me lanza hacia este mundo obrero para ser pequeña luz, que a veces ni se ve, y vivir pequeños gestos de amor, fraternidad, amistad...

 

                      Para vivir todo esto es necesario ir asumiendo "un menú", unas actitudes nada fáciles de digerir porque son contraculturales, porque son contraste. Las resumiría así:

 

                      *Ante un mundo insolidario e injusto: vivir gestos de fraternidad, de solidaridad; preservar la vida humana como el don más preciado, tan injusta e indignamente tratados en esta sociedad.

                      * Ante una sociedad desenfrenadamente consumista: vivir una vida austera, sencilla, poniendo al servicio de los demás nuestra vida, nuestra cualidades , nuestro tiempo, nuestros bienes...

                      * Ante un mundo tremendamente fraccionado, individualista: ser signos de comunión, de hermandad. Y rogar al Padre para que todos seamos uno y participemos en el banquete del Reino.

                      *Ante una cultura donde "todo vale" , la mentira, el soborno, el pisar al otro para subir yo...: ser verdad, transparencia en toda nuestra vida, trabajo,  relaciones...

                      En definitiva, es poner gestos de humanidad, de vida y de esperanza para crear un mundo obrero más humano y mas fraterno.

 

                      Hay que estar muy despiertos para descubrir las semillas del Reino que permanecen en el mundo obrero como un rescoldo que apenas se ve; valorar todo lo positivo, acompañar y acoger todos los gestos que generen vida, potenciar todas las alternativas que ayuden a liberar y humanizar este mundo, vengan de donde vengan. Eso sí, estando vigilantes para no ser manipulados, pero necesitamos unir energías y estimular a la participación en todos los ámbitos de la vida: social, política, sindical, movimientos, etc. En fin, creo que es importante ir caminando en ese codo a codo, haciendo pueblo con los hombres y mujeres del trabajo en todas sus facetas: familia, trabajo, cultura, religiosidad, fiesta, dolor lucha... desde unas relaciones sencillas, desde la igualdad.  Cuando se vive esto con hondura descubres una riqueza impresionante y un caldo de cultivo para evangelizar, con muchas posibilidades; pero es un proceso muy lento y por tanto debe ser paciente.

 

                      Muchas veces pienso que Jesús le preguntaría al Padre ¿qué hago yo en Nazaret, tantos años, haciendo lo que hace todo el mundo, teniendo capacidad para realizar muchas otras cosas más eficaces, con más compensaciones? pero permaneció en fidelidad, redimiendo desde abajo, desde lo vulgar. Yo también me hago esa misma pregunta: ¿por  qué aquí, en este trabajo, en este ambiente, cuando tengo otras posibilidades donde sería más eficaz, más valorada?  Pero siento la llamada y la urgencia de permanecer y poner todo lo que soy y tengo al servicio del mundo trabajador pobre. Lo mejor que tenemos como mujeres, como creyentes y como religiosas es el amor, y creo que es lo que más debemos dar, ser signos de comunión, de ternura... creando nuevos tipos de relación.

 

                      Para terminar, decir que nosotras, para hecer pastoral obrera, para evangelizar, no nos situamos ni nos identificamos en las coordenadas del poder, eficacia, admiración social, o en sólidas instituciones. Son nuestros los pequeños y pobres signos vividos en el trabajo, en la comunidad, en las relaciones, en el codo a codo de cada día.