HOMILIA 1º DE MAYO DE 2001

26 de abril. Textos del día.

Manolo Barco

 

Poco a poco el Galileo nos había ido convocando a unos y a otros desde los ambientes en los que solíamos estar: barrio, trabajo, parroquias… Parecía que él no distinguía mucho a la hora de plantearnos a todos: “veníos conmigo y os haré militantes obreros cristianos en el mundo obrero”. Pero parecía tener un criterio un tanto común, aunque no siempre lo tenía en cuenta: el pertenecer desde la cuna al mundo del trabajo, el de haber crecido en familias trabajadoras. Un puñado de hombres y mujeres nos vimos hermanados en torno al Galileo. Yo creo que ninguno sabíamos del todo a donde nos iba a llevar esa decisión primera; en aquel momento ni nos lo planteábamos.

El Galileo no nos largó ningún discurso. Nosotros dejamos algunas de las cosas que impedían seguir tras sus huellas y nos pusimos en camino tras él. Casi todos éramos de la Galilea, lo  mismo que él, de la Galilea de los gentiles, donde, en general, sus habitantes  no nos distinguíamos por nuestro forofismo religioso. Más bien, la mayoría de esta región, de este ambiente, nos distinguíamos por todo lo contrario. Además, nuestra formación sobre las Escrituras dejaba mucho que desear, pues nuestra escuela fue la sinagoga de nuestros pueblos en la que no siempre los Rabinos sobresalían por su buen conocimiento de las mismas. Sí que teníamos clara la esperanza y la necesidad del Mesías, pues la situación no se podía aguantar más. Por un lado los poderes políticos y económicos habían convertido en absoluto el dinero y la fuerza (la mammona, como denunciaba el Maestro al hablar del dinero, de las riquezas y de los  ricos, y el imperialismo del Faraón Romano, a los que se nos hacía llamarlo el Cesar, considerado como un Dios para los EEUU del imperio y para no pocos de los  pueblos sometidos a su poderío). Por otro lado estaba el nuevo poder pseudo-religioso de los nuevos Sumos Sacerdotes, Escribas,  Fariseos, Rabinos,  etc, etc, que en argot postmoderno son los nuevos brujos, los rapeler-eros, adivinos a sueldo que se mezclaban con el poder político y con la fuerza del dinero. Dinero, poder, corrupción, pseudo-religión hecha a su medida y que oprimía al pueblo sencillo y llano, … Esperábamos un Mesías que metiera en vereda a todos los que mantenían aquellas estructuras opresoras y de pecado y que resquebrajase las estructuras que nos hacían cada día la vida más inhumana, pues la persona humana no tenía valor alguno para ninguno de ese club de los siete.

Sin haber recibido apenas alguna instrucción teórica de lo que íbamos a hacer con él, el Galileo nos invitó a acompañarle por los caminos de aquella Galilea, la nuestra. Fue en las sinagonas de los pueblos y en las plazas y calles donde el Maestro ayudaba a entender las Escrituras de manera muy distinta a la de los otros nuevos Rabinos y a la interpretación que de las mismas hacían los fariseos-repel-eros. Proclamaba la llegada del Reino (algo  que chocaba frontalmente con la ideología,  comprensión de  la vida y formas de hacer y gestionar la vida que tenían los ricos y poderosos). Al mismo tiempo, y como si formara una profunda unidad, lo que decía en las sinagogas con  lo que hacía, iba liberando al pueblo de la enfermedad del individualismo, de la falta de conciencia obrera, de la ceguera que impedía al pueblo darse cuenta del por qué le sucedían y nos sucedían aquellas cosas, de la  resignación y de la pérdida de conquistas que a lo largo de la historia había hecho el mundo obrero. Iba liberando al mismo tiempo las Escrituras de la manipulación con la que el poder establecido las interpretaba, pues no pocos de ellos, hasta han querido imponer a los seguidores del Mesías, a la Iglesia, la manera de hacer el Reino de Dios. Lo vimos poner en pié a no pocos que estaban tirados en la cuneta de la historia y dio la palabra (hizo hablar) a no pocos mudos  a los que el miedo les había dejado la lengua pegada al paladar. A mi me sorprendió la fuerza con que liberó a los endemoniados, a los que el sistema de pecado les había ganado para su causa porque el sistema se había impuesto por la fuerza a ellos. También le  vimos, ya desde el comienzo, el curar a ciegos de nacimiento, a esos ciegos que, si estaban así, era porque el sistema pseudo-religioso no les había dejado ver la verdad, la verdad de sus vidas, la verdad de su pueblo, o lo que es lo mismo, el amor derrochado por Dios en el pueblo. Nunca he visto a nadie tan contento una vez curado de su ceguera… Simón, a quien después el Maestro le pondría el nombre de Pedro, me dijo en un aparte: “Todos estos gestos liberadores que hace el Maestro a personas concretas, no son más que signos de lo que hay detrás de Él y de lo que está haciendo con todo el pueblo. ¿No ves que eso  mismo  está haciendo con nosotros? Nos va liberando de esas mismas enfermedades a nosotros mismos”. Yo me paré a reflexionar y me di cuenta de que, lo que Pedro decía, también me pasaba a mí. Se nos iba anunciando el camino por el que íbamos a caminar y como, la liberación que él traía, ya la empezábamos a vivir como experiencia propia.  Y según íbamos acogiendo la Buena Noticia del Evangelio, nosotros nos íbamos identificando cada vez más con el Mesías o, por lo  menos, nos sentíamos llamados a ir tomando poco a poco  sus posturas ante la  vida, ante lo que vivía todo el pueblo; íbamos entrando en una comprensión de la vida que se nos antojaba cada vez con más sentido. Íbamos descubriendo que la verdad, el amor  la solidaridad no pueden quedar encadenadas por la injusticia y que la justicia del  Enviado de Dios, del Galileo, empezaba por aquellos que más sufrían las consecuencias del sistema de pecado y del pecado propio.

La gente se le iba uniendo cada vez más. Pero eran gentes como nosotros:  trabajadores y trabajadoras sencillos y pobres, necesitados de liberación y salvación.

Llegamos a una pequeña montaña, el Galileo se sentó, estaba cansado. Cansado no tanto de andar, sino cansado de liberar.  La liberación  también agota, come muchas energías. Desgasta. Entonces nos acercamos al Maestro el puñado de mujeres y hombres que nos había llamado y él, después de un rato  concentrado, con la cabeza entre sus manos y apoyando sus codos en las rodillas y pareciendo estar en contacto con alguien a quien nosotros no veíamos y que después nos dijo que era el Padre, empezó a decirnos: “Dichos los que optan por los pobres haciéndose pobres en su interior y su exterior.. esos tienen a Dios  por Rey. Dichosos los que construyen la paz, los que tienen hambre y sed de justicia….estos SERAN SACIADOS, los que tienen el corazón tan limpio que  saben descubrir las semillas del Reino en el corazón de la vida cotidiana y en la acción liberadora por los demás… (esos van a ver a Dios); dichosos los perseguidos por ser fieles al Reino y por mi causa…”

A todos se nos iluminaron los ojos, aunque no terminábamos de entender aquello que decía, pero sí que sacamos en claro que El era bienaventuranza para la tierra encadenada y que nosotros estábamos llamados a ser también bienaventuranza para los demás en una sociedad marcada por el dinero, el poder, la cultura competitiva e individualista en la que la persona ha sido relegada al tercer o cuarto lugar.

Yo me había quedado concentrado rumiando todo lo que había escuchado y, como proyectándome en el futuro, empecé a repasar los últimos  hechos de mi cuaderno de vida y a las personas y colectivas que en ellos intervenían.  Y cada vez que entraba más en ellos y en esta  contemplación de la Palabra de Dios, descubría a más personas y grupos que estábamos escuchando al Galileo y  empecé  a reconocer los rostros concretos de no pocos trabajadores de Sintel que resisten y mantienen la lucha apostando  la dignidad de la persona por encima de las leyes y estructuras neoliberales, y aparecieron las mujeres y familias de estos trabajadores, sentadas a los pies del Galileo, escuchando, mientras hacían manualidades con sus manos, jerséis de punto, etc para sobrellevar la dureza del encierro. Y descubrí a no pocos colectivos en torno a la Delegación de Migraciones y a otros colectivos, cristianos y no cristianos, apostando por la dignidad de los trabajadores inmigrantes. También vi a personas y grupos de parroquias trabajando la solidaridad y los miembros de los distintos movimientos trabando sus campañas sobre la temporalidad laboral juvenil o los trabajadores y trabajadoras en la economía sumergida. Y escuché una vez, después de los análisis que vamos haciendo, tan importantes para luchar contra la injusticia y como  mediaciones de la evangelización, a más de uno y de una expresando la dureza en la lucha por la justicia al entender que la causa arranca de un Goliat enorme que nos sitúa a los demás como ese pequeño David. Pero no siempre tenemos la confianza suficiente para asumir y creer el final de la historia de David y Goliat. Y en estas, de nuevo la voz del Galileo:

“Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…”. Y  en ese momento, a más de uno eso le sonaba, cuando menos, a una gran paradoja. ¿Cómo ser luz si la sombra del sistema nos ha hecho ciegos? ¿Cómo  ser sal si por más que nos esforzamos hasta nuestra saliva nos sabe amarga?

Y  el Galileo insistiendo: “Vosotros sois la sal y la luz, que brille vuestra luz para iluminar a todos los de la casa…” . Y entonces unos y otros empezamos a descubrir que el Crucificado-Resucitado lleva consigo las marcas de la Cruz, de todos los crucificados del mundo, de todos los crucificados del mundo obrero y que con esas marchas el Resucitado ha marchado al cielo, se los ha llevado consigo… Y ahora empezamos unos y otros a recordar, a revivir,  signos de vida, signos  de fe y confianza que nos hacen entenderlos como gestos de esperanza. Gestos que van trabajando el corazón del mundo del trabajo, del obrero y de los militantes obreros cristianos; que nos van cambiando, que nos van haciendo más solidarios, que nos van ayudando a ver cada vez mejor las trampas y las grietas del sistema endiosado, que nos hacen descubrir, en la vida normal y cotidiana, que el amor vence al odio; la solidaridad, al individualismo; la apuesta de la vida, a los mecanismos  de muerte; el trabajo militante, al esfuerzo de sacerdotes y monaguillos del sistema, pues todos ellos no son más que fachada sin corazón  y cuando no hay corazón, no  hay vida. Todo eso son signos, sacramentos, que significan y producen más fruto del que aparentemente podemos ver. Como Jesucristo, el Galileo, sacramento del amor del Padre que, en la Cruz, venció a la muerte y a sus secuaces. Y que si el Galileo resucitó, también hoy la apuesta por la justicia, el amor, la solidaridad va a resucitar.

En un aparte, allá en la montaña vi a Rufino (Predidente de HHT), a Santi  (Presidente de la HOAC), Jesús (Responsable de los EPPOs en la Delegación), María Ángeles (Religiosa en el equipo de la Delegación) y a Rosi (Responsable de zona de JOC) que comentaban: “Como trabajadores de la Evangelización del mundo Obrero tal vez tengamos que escuchar a Pablo, que adelantándose al tiempo, también ha aparecido  aquí en la montaña; mira, es el que está allá hablando con un grupo de trabajadores inmigrantes. Hace un momento  que nos ha recordado cómo él se presentó para hacer ese trabajo del evangelio entre los  gentiles: “No me presenté con alardes de elocuencia o de sabiduría, pues nunca me he preciado de conocer otra cosa que a ese, al Galileo, a Jesucristo y a este crucificado.  Me presenté débil, asustado y temblando… y fue así como se manifestó la fuerza del Espíritu… Nosotros, creedlo, tenemos una sabiduría, pero no como la de este mundo, ni la de los poderes de este mundo ni  la de los que  lo gobiernan, ellos  están abocados a la destrucción. Tienen los pies de barro. Nuestra sabiduría es la sabiduría de los pobres de Yavé y los poderosos de este mundo  no pueden acceder a ella a pesar de ser tan fuertes..”

Y entonces se escuchó una  voz que decía: “Noviembre de1887, sindicalistas ahorcados por defender la dignidad de los trabajadores. Fiesta del 1º de Mayo. Lucha y celebración de la dignidad del mundo obrero. S. José Obrero, trabajador sencillo, padre de Jesús, Hijo de Dios, el Obrero de Nazaret y Señor de la Historia.